La nueva datación por uranio y torio de costras de calcita sitúa el motivo por delante de los registros europeos y refuerza la idea de que las primeras imágenes acompañaron las migraciones por Wallacea hacia Sahul
En lo profundo de una cueva de piedra caliza en Indonesia, un negativo de mano en ocre rojo ha abierto una discusión de alcance global sobre dónde y cuándo empezó el impulso humano de dejar imágenes. Un equipo encabezado por Adhi Agus Oktaviana y Maxime Aubert ha fechado la fina costra mineral que cubre el motivo y concluye que tiene al menos 67.800 años. El resultado, publicado en Nature, desplaza la frontera del arte rupestre datado con mayor solidez y descoloca, una vez más, el viejo guion que situaba el origen del arte en Europa.
La clave del hallazgo no está en el pigmento, sino en lo que ocurrió después. Con el paso de milenios, el agua cargada de minerales fue depositando sobre la pared pequeñas formaciones de calcita (espeleotemas) que, en algunos puntos, cubrieron parcialmente la pintura. Esas costras contienen trazas de uranio que se desintegran en torio a un ritmo conocido. Al medir la proporción entre ambos elementos, el equipo obtiene una fecha para el momento en que se formó la costra y, por tanto, una edad mínima para lo que queda debajo. Es un matiz importante. La pintura puede ser más antigua, pero no más joven que el mineral que la sella.
El motivo se localiza en la cueva de Liang Metanduno, en la isla de Muna. Los investigadores analizaron varias plantillas de manos y otros signos en distintos puntos y concluyeron que casi todas las muestras estudiadas pertenecen al Pleistoceno. La más antigua es una mano parcialmente cubierta por espeleotemas coraloides (un crecimiento mineral con aspecto de pequeño coral). El estudio subraya que esta forma de datación es conservadora y que el registro disponible depende, además, de qué pinturas quedaron recubiertas por calcita en condiciones aptas para el análisis.
La comparación con Europa llega de inmediato, pero conviene hacerla con precisión. En cueva de Maltravieso, en Cáceres, una plantilla de mano fue datada mediante el mismo enfoque de uranio y torio en una costra carbonatada con una edad mínima de 66.700 años. Aquella publicación, en 2018, alimentó la hipótesis de que parte del arte rupestre europeo pudo ser obra de neandertales. Ahora, el nuevo registro indonesio supera ese umbral por un margen en torno al millar de años y vuelve a recordar que la cronología del arte paleolítico no sigue una línea única ni un eje geográfico exclusivo.
Más allá del número, el panel aporta un detalle que intriga a los especialistas. Uno de los dedos aparece estrechado y rematado en punta, como si la silueta buscara deliberadamente un aspecto de garra. El equipo interpreta esa rareza como un rasgo estilístico propio de la región, una señal de que no se trata solo de “marcar presencia” con una mano, sino de manipular la forma para producir un efecto reconocible dentro de una tradición local. Esa idea es relevante porque sugiere transmisión cultural, es decir, aprendizaje social y repetición de patrones, no un gesto aislado.
El hallazgo también se lee en clave de migraciones. Sulawesi forma parte de Wallacea, el cinturón de islas situado entre los antiguos continentes de Sunda (gran parte del sudeste asiático actual) y Sahul (la plataforma que unía Australia y Nueva Guinea durante los periodos de nivel del mar más bajo). Llegar a Sahul implicó cruces marítimos, planificación y, probablemente, navegación a la vista entre islas. Que hubiera grupos capaces de producir símbolos tan temprano en ese corredor refuerza la hipótesis de que aquellos desplazamientos no fueron meras derivas, sino movimientos con un componente organizado y con bagaje cultural.
Aun así, los autores y varios comentaristas introducen cautelas. Datando costras se obtiene una edad mínima, no el instante exacto del trazo, y el registro depende de condiciones geológicas que favorezcan la formación posterior de calcita. También queda abierta la atribución precisa del autor biológico, porque la datación describe el arte, no la especie que lo pintó. Con todo, el peso del conjunto (presencia humana temprana en la región y coherencia con otros hallazgos de arte rupestre indonesio) inclina el argumento hacia grupos de humanos modernos que ya circulaban por esas islas en fechas muy antiguas.
El resultado deja, además, una conclusión práctica. Si en isla de Indonesia aparece un motivo tan antiguo en un panel tenue y parcialmente oculto, es plausible que otros sistemas de cuevas del área contengan arte aún más remoto o, al menos, más diverso de lo que se ha estudiado. Eso convierte la investigación en una carrera doble, científica y de conservación, porque el arte rupestre es extremadamente vulnerable a la humedad, la cristalización salina, la actividad humana y la presión turística.
En la redacción de esta pieza se han seguido las pautas de claridad, atribución y sobriedad recomendadas por el Manual de estilo del diario.El estudio ha sido publicado en Nature.










