En 1991, el cosmonauta ruso Serguéi Krikaliov despegó para una misión más o menos rutinaria. Tenía que pasar unos cinco meses en una estación espacial que giraba a unos cientos de kilómetros de altura, ver amanecer y anochecer sobre la Tierra varias veces al día y volver a casa. Lo que no sabía es que, cuando tocara de nuevo el suelo, el país al que había despegado ya no existiría.
Desde la órbita, las fronteras no se ven. Los bloques políticos sí. Krikaliov dejó una Unión Soviética en crisis y regresó a un mapa nuevo, con otro gobierno, otra bandera y otra economía. Su historia se ha contado muchas veces como una curiosidad política, como el relato del “último ciudadano soviético” que flotaba en silencio mientras abajo se derrumbaba todo. Hoy también se puede leer como un recordatorio incómodo: el planeta es uno, pero la forma en que lo gestionamos cambia a una velocidad que a veces ni entendemos.
Una misión que se alargó mientras el mundo se deshacía
Krikaliov despegó en mayo de 1991 en la Soyuz TM-11 rumbo a la estación espacial Mir. El plan inicial era claro, unos cinco meses en microgravedad, una rotación de tripulación y vuelta a casa. Lo que llegó fue otra cosa. Desde tierra empezaron los recortes, las dudas y las órdenes de “aguanta un poco más” porque no había dinero ni calendario para el relevo.
Mientras él seguía reparando sistemas y haciendo experimentos, el rublo se desplomaba, las repúblicas soviéticas declaraban su independencia y hasta el alquiler del cosmódromo de Baikonur se convirtió en un problema. Llegó a plantearse vender la propia estación Mir para tapar agujeros en las cuentas públicas. Desde la perspectiva de alguien que vive pendiente de la factura de la luz, puede sonar lejano, pero el fondo es muy parecido. Cuando el dinero aprieta, los proyectos a largo plazo y la ciencia suelen ser los primeros en tambalearse.
Arriba, el trabajo no se detenía. Krikaliov siguió haciendo salidas al exterior, revisando paneles solares, rehaciendo cableados. Abajo, el 25 de diciembre de 1991, la Unión Soviética se disolvía. Cuando por fin regresó en marzo de 1992, llevaba 312 días en órbita y más de 5.000 vueltas completas a la Tierra.
De héroe soviético a pieza clave de la nueva cooperación espacial
La historia podría haber terminado ahí, como una anécdota gris de la era postsoviética. Sin embargo, Krikaliov no se quedó en el símbolo. Se convirtió en una pieza importante de la nueva etapa de cooperación internacional que dio forma a la Estación Espacial Internacional.
Ese laboratorio que hoy orbita a unos 400 kilómetros de altura es fruto de un programa de la Estación Espacial Internacional en el que participan agencias de cinco grandes bloques espaciales. Personas que, en otros contextos, estarían en bandos opuestos, comparten pasillos estrechos, aire reciclado y horarios imposibles. Krikaliov formó parte de la Expedición 1, la primera tripulación permanente que vivió y trabajó allí.
Desde esa plataforma se han observado fenómenos luminosos como los “duendes rojos” en la alta atmósfera, exactamente como cuenta este reportaje sobre la Estación Espacial Internacional y los TLE. También se ha vigilado el deshielo de los polos, los incendios gigantes y las nubes de contaminación que se acumulan sobre las grandes ciudades. Para quien mira desde esa ventana, la Tierra se parece menos a un tablero de ajedrez político y más a un sistema cerrado al límite.
Lo que nos dice hoy la historia del “último ciudadano soviético”
En los últimos años hemos sabido de objetos que llevaban décadas orbitando la Tierra en silencio como una cuasi-luna, de estallidos de rayos gamma lejanísimos y de superlunas que llenan los cielos, como las que se anunciaban para 2025 en este repaso de fenómenos astronómicos. Todo eso pasa bajo la misma órbita en la que Krikaliov se preguntaba qué demonios estaba pasando en su país.
Su caso también recuerda otro problema menos visible: lo que dejamos flotando. Satélites muertos, fragmentos de cohetes, restos de misiones antiguas. Esa basura espacial que Europa quiere “pescar” con una gran garra robótica puede convertir ciertas órbitas en zonas casi inutilizables si no se actúa a tiempo. No se trata solo de proteger misiones futuras, también de cuidar esa franja de cielo donde se apoyan muchos sistemas que usamos sin pensar, desde el GPS hasta parte de las comunicaciones.
Visto desde arriba, el planeta es un solo disco azul. Visto desde abajo, hablamos de “punto de no retorno”, de deshielo acelerado, de un reloj biológico del planeta que se agota. A Krikaliov le cambió el pasaporte mientras daba vueltas a la Tierra, pero la atmósfera que protegía su nave era la misma que hoy se recalienta. Lo que hacemos con ella no entiende de fronteras.
Tal vez por eso su historia sigue apareciendo cada vez que se discute si vale la pena invertir en estaciones espaciales, observación de la Tierra o misiones en colaboración. El propio Krikaliov ha reconocido que, desde arriba, la fragilidad del planeta se ve de otra manera y que aquella temporada en el espacio le hizo ver con más claridad lo conectados que estamos, nos guste o no. No es solo una cuestión de orgullo tecnológico. Es una forma de entender que, igual que la órbita baja se puede llenar de chatarra, el clima y los ecosistemas tienen límites que no conviene ignorar.
Hoy, mientras seguimos sumando misiones, nuevas estaciones y proyectos en órbita, la experiencia de este cosmonauta nos pone delante una idea sencilla. Los países pueden cambiar de nombre, de bandera o de bloque geopolítico en cuestión de meses. La Tierra, en cambio, responde a otras reglas, mucho más lentas y mucho más tercas. Y eso, al final, también es una lección ecológica.
La historia detallada de aquellos meses en órbita y del regreso a un país distinto, contada por el propio Krikaliov, ha sido publicada en la entrevista oficial de la NASA.











