El sector de la construcción es uno de los grandes olvidados cuando hablamos de cambio climático, aunque los edificios donde vivimos, trabajamos y compramos concentran alrededor de un tercio de las emisiones de CO2 del planeta. A esto se suma que aproximadamente la mitad de los edificios que existirán en 2050 aún no se ha levantado. Lo que decidamos construir hoy marcará las próximas décadas, por eso cada vez más expertos miran a los rascacielos de madera como una pieza clave para descarbonizar las ciudades.
Descarbonizar el ladrillo no consiste solo en aislar mejor o llenar las azoteas de paneles solares. También hay que recortar el carbono incorporado en los materiales. Aquí la madera juega con ventaja. Producir una tonelada de madera genera alrededor de 33 kilos de CO2, mientras que la misma cantidad de cemento supera los 260 kilos y el acero nuevo se acerca a los 700. Si el bosque de origen se gestiona bien, ese carbono queda almacenado mientras dura el edificio y la huella se desploma frente a una estructura equivalente de hormigón o acero.
Para aprovechar ese potencial no se usan tablas sueltas, sino productos de madera masiva como la madera contralaminada o el laminado encolado. Son paneles y vigas fabricados en taller que llegan a obra casi listos para montar, lo que acorta plazos, reduce camiones, ruido y residuos y facilita el control de calidad. La madera además es un aislante natural, ayuda a mantener la casa fresca en verano y caliente en invierno y eso se nota tanto en el confort como en la factura de la luz.
Persisten dudas razonables sobre la seguridad. La imagen de una estructura de madera ardiendo sigue muy presente, pero los grandes elementos estructurales se comportan de otra manera. La capa exterior se carboniza y protege el interior resistente, lo que permite alcanzar tiempos de resistencia al fuego comparables a los del acero, con rociadores automáticos y núcleos de hormigón como refuerzo. En zonas sísmicas, la ligereza de la madera reduce las fuerzas que tiene que soportar la estructura y facilita diseños más flexibles.
Los ejemplos construidos muestran que ya no hablamos de teoría. En Ascent MKE, en Estados Unidos, se levanta una torre residencial de unos 87 metros y 25 plantas que el Consejo de Edificios Altos reconoce como el edificio híbrido de madera más alto del mundo. En Brumunddal, en Noruega, el edificio Mjøstårnet, de 18 plantas y 85,4 metros, mantiene el título de la torre totalmente de madera más alta. En Viena, la torre HoHo Wien y, en Skellefteå, el centro cultural Sara Kulturhus se mueven entre los 75 y los 84 metros y demuestran que también oficinas, hoteles y equipamientos públicos pueden apostar por la madera en altura.
Estos proyectos no son caprichos de laboratorio. En conjunto muestran que la tecnología está madura y que el reto se centra en la regulación, la formación de mano de obra y la disponibilidad de madera de origen sostenible. En la Unión Europea, las normas energéticas empiezan a exigir que se midan las emisiones a lo largo de todo el ciclo de vida del edificio, lo que abre la puerta a que materiales de baja huella como la madera ganen peso frente al hormigón y el acero. Cada vez más arquitectos hablan de construir con recursos locales, desde la madera hasta la piedra o la tierra, siempre con criterios de gestión responsable y evitando el simple lavado verde.
Para quien se pregunta cómo será la vivienda que compre dentro de diez o quince años, la respuesta dependerá de decisiones que se están tomando hoy en los despachos de urbanismo y en las normativas. La madera en altura no es una solución mágica, pero sí una herramienta potente si se combina con eficiencia energética, energías renovables y rehabilitación del parque ya construido. Lo que está claro es que seguir levantando torres de hormigón y acero con emisiones disparadas no encaja con un planeta que quiere limitar el calentamiento.
El último informe Global Status Report for Buildings and Construction 2024 2025 ha sido publicado en UNEP Global Status Report 2024 2025.













