Esto no es ciencia ficción: las profundidades oceánicas están siendo invadidas por nubes invisibles de destrucción

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Publicado el: 27 de enero de 2026 a las 23:37
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Nódulos polimetálicos sobre el fondo oceánico en una zona de minería submarina del Pacífico

Los metales que hacen posible móviles, baterías y coches eléctricos no caen del cielo. Cada vez que hablamos de la transición energética, alguien mira hacia el fondo del océano y piensa en los nódulos polimetálicos que alfombran las llanuras abisales del Pacífico. Ahora, un nuevo estudio publicado en Nature Communications aporta algo que hasta ahora faltaba en este debate, datos detallados de cómo se dispersan las columnas de sedimento cuando entra en acción una máquina minera a 4 500 metros de profundidad.

Estos nódulos se encuentran en zonas como la Clarion Clipperton, en el Pacífico oriental, a profundidades de entre 3 000 y 6 000 metros. Se forman muy lentamente, durante millones de años, a partir de metales disueltos en el agua o liberados cuando se degrada materia orgánica en el sedimento. Contienen níquel, cobalto y cobre, metales considerados críticos para baterías y otros componentes de la economía descarbonizada, lo que aumenta la presión para explotarlos.

El trabajo lo firma un equipo internacional del proyecto europeo MiningImpact, junto con el Instituto Federal Alemán de Geociencias y Recursos Naturales. Los investigadores aprovecharon una prueba industrial con un vehículo recolector preprototipo en la zona Clarion Clipperton, operado por la empresa Global Sea Mineral Resources, para seguir la columna de sedimentos en tiempo real. Durante 41 horas, el aparato trabajó a 4 500 metros de profundidad, recorrió unos 20 kilómetros y removió un área cercana a 34 000 metros cuadrados, el equivalente aproximado a cinco campos de fútbol en el fondo marino.

La escena, vista desde los instrumentos, recuerda a una nevada al revés. Detrás del colector se formó una corriente densa de partículas en suspensión que se escurrió por las partes más inclinadas del relieve hasta unos 500 metros más abajo. A partir de ahí, tomaron el mando las corrientes naturales cercanas al fondo, que empezaron a arrastrar la pluma de sedimentos finos horizontalmente. Cerca de las huellas de la máquina, las concentraciones de partículas llegaron a ser hasta diez mil veces superiores a las naturales, aunque volvieron a niveles habituales en unas catorce horas. La mayor parte del material se quedó pegada al lecho marino, a menos de cinco metros de altura, mientras que una fracción más fina viajó hasta abandonar el área de monitoreo, a unos 4,5 kilómetros del punto de extracción.

Para saber dónde termina todo ese barro, el equipo combinó sensores en plataformas fijas, vehículos submarinos autónomos y operados a distancia, además de un mapeo tridimensional de alta resolución del fondo. El resultado es un mapa milimétrico de las huellas. Dentro de la zona minera se retiraron los nódulos y al menos los cinco centímetros superiores del sedimento. En las inmediaciones, hasta unos cien metros de distancia, se formó una nueva capa de sedimento redepositado de alrededor de tres centímetros de grosor, suficiente para cubrir por completo el hábitat de los nódulos. A partir de ahí, la capa se hace más delgada, pero sigue presente como un velo fino que se extiende hacia el exterior.

Puede parecer poca cosa, tres centímetros de barro sobre el fondo. Sin embargo, en las llanuras abisales la vida funciona a cámara lenta. La mayoría de los organismos son pequeños invertebrados que viven en los primeros centímetros del sedimento, y el ritmo al que se acumula material nuevo es muy bajo. Estudios previos en antiguas zonas de prueba en la Clarion Clipperton y en la cuenca del Perú indican que la biodiversidad y funciones básicas del ecosistema pueden quedar alteradas durante siglos tras una perturbación única.

La nueva investigación no entra a valorar si debe haber minería en aguas profundas o no. Lo que hace es poner números a un riesgo que hasta ahora se conocía de forma bastante difusa, la propagación de las columnas de sedimento generadas por la actividad minera y la extensión de la alfombra de redeposición. Estos datos son clave para diseñar planes de gestión ambiental y sistemas de vigilancia que permitan saber, por ejemplo, qué áreas quedarían cubiertas de sedimento y qué zonas deberían considerarse especialmente sensibles. La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos discute en estos años las reglas que se aplicarían a una posible explotación comercial, mientras aumenta el número de voces que piden una moratoria o una pausa de precaución.

En la práctica, esto significa que la discusión sobre estos metales ya no es solo una cuestión de reservas y precios. También entra en juego lo que estamos dispuestos a hacer con ecosistemas remotos que nadie verá jamás en persona, pero que sostienen una parte importante de la biodiversidad marina. Para quienes miran la factura de la luz o el catálogo de coches eléctricos, puede parecer un debate lejano. Sin embargo, las decisiones que se tomen hoy sobre la minería en aguas profundas marcarán durante generaciones el estado de esos fondos oceánicos que tardan millones de años en formarse y solo horas en alterarse.

El estudio completo ha sido publicado en la revista Nature Communications y puede consultarse en este enlace a la versión oficial del artículo original en inglés, disponible en la web de la editorial científica Nature Communications.

Foto: Geomar


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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