Durante años hemos imaginado al Tyrannosaurus rex como undepredador que hacía temblar el suelo a cada pisada. Un nuevo estudio del College of the Atlantic, publicado en la revista Royal Society Open Science, cuestiona esa imagen. Según sus datos, este dinosaurio de varias toneladas caminaba y corría apoyando primero los dedos de los pies, con una marcha más parecida a la de las aves actuales que a la nuestra.
¿Qué significa esto para entender cómo vivía y cazaba el rey de los dinosaurios? La forma de apoyar el pie condiciona la velocidad que podía alcanzar y el esfuerzo que soportaban huesos y músculos en cada zancada. En un animal de este tamaño, ese detalle marca qué presas puede atrapar y cuánta energía gasta en cada carrera.
Para reconstruir el paso del T. rex, el equipo analizó cuatro esqueletos muy completos, entre ellos el famoso fósilSue expuesto en el Field Museum, y tomó medidas detalladas de las piernas y los pies. Después introdujo esos datos en ecuaciones que se usan para estimar la velocidad de animales actuales y los comparó con huellas fósiles atribuidas a tiranosaurios.
Con ese material modelaron tres formas posibles de pisar apoyando primero el talón, la mitad del pie o las puntas de los dedos. Cuando compararon los modelos con las huellas y con el movimiento de humanos y avestruces, la opción que mejor encajó fue la de “ir de puntillas”. Las marcas más profundas de los rastros se acumulan bajo los dedos y no en el talón, una pista clara de que el peso caía sobre la parte delantera del pie.
Esa forma de caminar permite dar más pasos en menos tiempo y, según los autores, habría aumentado la velocidad máxima estimada en torno a un veinte por ciento frente a un T. rex que apoyara todo el pie. Traducido a números, el estudio sitúa las velocidades entre cinco y once metros por segundo, unos dieciocho a cuarenta kilómetros por hora según el tamaño del animal.
Los ejemplares jóvenes se quedarían en la parte alta de ese rango y los adultos masivos en la baja. Por eso los investigadores plantean que un juvenil podría dedicarse a perseguir presas pequeñas y rápidas, mientras que un adulto de varias toneladas se centraría en herbívoros grandes y más torpes. El menú cambiaría con la edad y también la forma de cazar.
Fuera del equipo, otros paleontólogos ven el hallazgo como un paso más en la “avificación” del T. rex. El especialista de la Universidad de Edimburgo Steve Brusatte, que no participa en el trabajo, lo resume con una imagen muy gráfica “sería algo parecido a un pollo de ocho toneladas cacareando por el corral”.
La clave, además, refuerza una idea que los expertos repiten desde hace años: las aves no dejaron atrás a los dinosaurios, son sus descendientes directas. Igual que ya se han documentado plumas y huesos con forma de horquilla en diferentes especies, ahora la forma de pisar del T. rex se suma a la lista de rasgos compartidos entre estos gigantes del Cretácico y las aves que vemos hoy en cualquier corral o parque.
Quedan incógnitas, desde la velocidad real que alcanzaba cada individuo concreto hasta cómo se traducía este estilo de marcha en una persecución sobre el barro de un bosque cretácico. Pero el mensaje de fondo es claro: el rey de los dinosaurios se parece cada vez más a un ave gigante que a un monstruo torpe de película.
El estudio completo se ha publicado en la revista Royal Society Open Science.







