Hace 7.300 años, la caldera Kikai, en Japón, protagonizó una erupción gigantesca que hoy se cita como una de las mayores del Holoceno. Ahora, un equipo liderado por la Universidad de Kobe ha encontrado señales de que el sistema que alimentó aquel episodio vuelve a llenarse, aunque lo hace en silencio y bajo el océano.
La clave es una «imagen» del subsuelo obtenida con técnicas sísmicas y un despliegue poco habitual de instrumentos en el fondo marino. Los investigadores han localizado una gran zona con material parcialmente fundido a poca profundidad y proponen un modelo de «reinyección» de magma que también sirve para entender a otros gigantes, como Yellowstone oToba. La pregunta inevitable es si habrá una supererupción mañana, pero la respuesta es no y lo importante es qué señales conviene vigilar.
Magma a poca profundidad
Los científicos detectan que las ondas sísmicas viajan más despacio justo bajo la caldera, un indicio clásico de rocas muy calientes o con fundido. Con esa pista, sitúan un gran reservorio de magma entre 2,5 y 6 kilómetros de profundidad, muy cerca si pensamos en la escala de la corteza terrestre.
Aquí viene el matiz que cambia la lectura del titular. No se trata de un «lago» totalmente líquido, sino de una mezcla, algo parecido a una papilla de cristales y fundido. El estudio estima que la parte realmente fundida ronda el 3 al 6 por ciento, con un límite de alrededor del 10 por ciento, lo que encaja mejor con un sistema que se recarga poco a poco.
Una ecografía del fondo marino
Kikai es, en gran parte, un volcán de caldera submarino. Y eso, lejos de ser un obstáculo, es una ventaja para hacer campañas sistemáticas, como explica el geofísico Nobukazu Seama cuando señala que «la ubicación bajo el agua nos permite realizar estudios sistemáticos a gran escala».
Para «escuchar» lo que hay debajo, el equipo realizó un perfil sísmico de 175 kilómetros con 39 sismómetros colocados en el fondo marino y pulsos generados con cañones de aire comprimido desde un buque científico. Al comparar cómo viajan esas ondas en distintas zonas, los científicos dibujaron la forma del reservorio y su tamaño, que en el perfil estudiado se aproxima a un trapecio y tiene al menos la anchura de la caldera interna.
El domo de lava
Otra pieza del puzle estaba a la vista desde hace tiempo. En el centro de la caldera se ha ido formando un nuevo domo de lava durante los últimos 3.900 años. Además, análisis químicos indican que esos materiales recientes no coinciden con los expulsados en la gran erupción de hace 7.300 años, así que no parece un simple «resto» del pasado.
Seama lo resume así cuando afirma que «el magma que ahora está en el reservorio bajo el domo de lava probablemente sea magma recién inyectado». El domo central supera los 32 kilómetros cúbicos de volumen, lo que implica que, como mínimo, esa cantidad de fundido ha entrado al sistema desde hace 3.900 años y a un ritmo medio superior a 8,2 kilómetros cúbicos por cada mil años. Si ese ritmo medio se mantuviera (solo como orden de magnitud), reunir un volumen comparable al de la gran erupción (133 a 183 kilómetros cúbicos en equivalente de roca densa) sería del orden de 16.000 a 22.000 años.
Qué significa para la vigilancia
La erupción Kikai Akahoya expulsó un volumen enorme de magma, estimado en 133 a 183 kilómetros cúbicos en equivalente de roca densa, y por eso se la considera probablemente la mayor del Holoceno. Otros trabajos han calculado que el volumen total de depósitos pudo ser mayor al incluir materiales submarinos, algo clave en un volcán que está, en buena parte, bajo el mar.
En la práctica, el objetivo es afinar las señales que preceden a una actividad volcánica extrema, antes de que llegue el momento de cerrar aeropuertos o de emitir avisos por ceniza. El estudio apunta a que seguir cambios en la velocidad de las ondas sísmicas puede ser un indicador importante y relaciona este patrón con otras calderas gigantes con reservorios someros, como Yellowstone, donde se han descrito sistemas a profundidades parecidas pero con porcentajes de fundido más altos.
Lo más valioso de este trabajo es que pone números y forma a un proceso que a menudo se explica de manera vaga. Que un supervolcán «se recargue» no significa que esté a punto de estallar, pero sí que su sistema es dinámico y que merece vigilancia continua, y eso se nota en la calidad de las alertas.
El estudio ha sido publicado en Communications Earth & Environment.








