Hace unos 9500 años, en la base de un monte de granito en el norte de Malawi, un grupo de cazadores recolectores encendió una gran hoguera para despedir a una mujer adulta. No era una fogata cualquiera. Nuevos análisis demuestran que construyeron una pira funeraria, controlaron el fuego durante horas y manipularon el cuerpo con un cuidado que obliga a replantear lo que sabíamos sobre las sociedades de la Edad de Piedra en África. Según un estudio publicado en la revista científica Science Advances, se trata de la cremación intencional más antigua conocida en África y de la pira con un adulto más antigua documentada en el mundo.
Una pira en la base de un monumento natural
El escenario es el yacimiento Hora 1, un abrigo rocoso al pie del monte Hora, un gran afloramiento de granito que se eleva sobre el valle del río Kasitu y funciona como un hito visual en el paisaje. El lugar estuvo ocupado durante más de veinte mil años y se convirtió en un espacio funerario para distintos grupos entre unos dieciséis mil y ocho mil años atrás. Hasta ahora, los entierros documentados eran inhumaciones de cuerpos completos, sin quemar, lo que convierte esta cremación en una excepción muy llamativa dentro de una misma tradición de uso del lugar.
Los investigadores describen Hora 1 como un ejemplo de lo que llaman un lugar persistente, un punto del territorio al que se vuelve generación tras generación para hacer cosas muy específicas. En este caso, despedir a los muertos a la sombra de un monumento natural que formaba parte de la memoria colectiva del grupo.
Quién era la persona cremada y qué hicieron con su cuerpo
En la gran masa de cenizas y carbón de la pira, el equipo recuperó unos ciento setenta fragmentos de hueso humano. El análisis apunta a una persona adulta de baja estatura, probablemente una mujer de entre ciento cuarenta y cinco y ciento cincuenta y cinco centímetros, con huesos gráciles pero brazos relativamente robustos, señal de mucho trabajo manual.
Los patrones de fractura y decoloración de los huesos indican que el cuerpo se quemó cuando todavía conservaba tejidos blandos, seguramente pocos días después de la muerte. Varias piezas presentan marcas de corte hechas con herramientas de piedra en las extremidades, compatibles con descarnado o desarticulación. Y hay un detalle que ha llamado mucho la atención de los especialistas. No aparecen fragmentos de cráneo ni dientes, que normalmente se conservan bien en una cremación. La explicación que proponen los autores es que la cabeza pudo retirarse antes de colocar el cuerpo sobre la pira, quizá para usarla en otros rituales de recuerdo y veneración de los antepasados, algo que también se ha documentado en otros yacimientos de la región.
Fuego controlado, trabajo compartido
Cremar un cuerpo en una pira abierta no es tan sencillo como encender una hoguera y marcharse. El estudio calcula que fue necesario reunir al menos treinta kilogramos de leña y vegetación seca y mantener el fuego a temperaturas superiores a quinientos grados durante varias horas. Las capas de ceniza compactada, microlaminadas como un pastel de finas hojas, muestran que los asistentes fueron añadiendo combustible de forma continua.
Además, en la zona central de la pira aparecieron concentraciones de pequeñas puntas de piedra y lascas que no se ven en el resto del yacimiento. Los autores plantean que podrían haberse colocado de forma deliberada junto al cuerpo como parte del ajuar funerario. Todo este esfuerzo conjunto encaja mal con la idea de grupos de cazadores recolectores simples y poco organizados.
Como recuerda el equipo, la cremación es muy rara entre sociedades de este tipo porque consume mucha energía, tiempo y combustible. Hasta este hallazgo, las primeras cremaciones claramente documentadas en África se situaban en torno a tres mil trescientos años atrás, ya asociadas con pastores y productores de alimentos.
Lo más llamativo es que la historia no termina con la pira. Siglos antes ya se habían encendido grandes fuegos en ese mismo punto del abrigo y, durante varios cientos de años después de la cremación, otras generaciones volvieron a hacer hogueras exactamente sobre el lugar donde ardió la mujer. No hay más cremaciones, pero sí un uso reiterado del fuego que mantiene vivo el recuerdo del evento en la memoria comunitaria.
Fuego, paisaje y memoria en clave actual
Qué significa todo esto para quienes miramos hoy el pasado desde un planeta en crisis climática. En gran medida, que la relación entre comunidades humanas, fuego y paisaje viene de muy lejos. Hace casi diez mil años, un grupo móvil de cazadores recolectores ya era capaz de coordinar trabajo, gestionar combustible y convertir un promontorio rocoso en un espacio cargado de memoria y simbolismo.
En la práctica, estos resultados obligan a matizar la imagen de unas sociedades africanas antiguas poco complejas. También recuerdan que nuestros rituales en torno a la muerte, desde las cremaciones modernas hasta los cementerios verdes que empiezan a aparecer, siempre han tenido impacto sobre el entorno, ya sea por el uso de leña o por el consumo energético. La pregunta no es solo cómo nos despedimos de los nuestros, sino qué tipo de huella dejamos en el paisaje cuando lo hacemos.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Science Advances y puede consultarse en la web oficial de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia







