La aduana localizó en el puerto de San Petersburgo una roca atribuida al meteorito Aletai y valorada por las autoridades en unos 323 millones de rublos; la Fiscalía investiga un presunto contrabando de recursos “de importancia estratégica”
Las autoridades aduaneras rusas aseguran haber impedido la exportación al Reino Unido de un fragmento de meteorito de varias toneladas que viajaba declarado como “escultura de jardín”. El hallazgo se produjo durante el control de un contenedor marítimo en el puerto de San Petersburgo, donde los inspectores detectaron discrepancias entre la descripción oficial de la carga y su naturaleza real, según la versión difundida por el Servicio Federal de Aduanas.
La pieza, que los informes disponibles sitúan entre 2,5 y 2,8 toneladas, fue atribuida tras un peritaje al meteorito de Aletai, uno de los mayores conocidos de su tipo, y las autoridades estiman su valor en torno a 323 millones de rublos (unos 4,2 millones de dólares al cambio citado en la comunicación oficial). La Fiscalía ha abierto una investigación penal, aunque el comunicado no precisa quién intentó sacar el fragmento del país ni qué intermediarios participaron en la operación.
Un objeto científico tratado como mercancía sensible
El caso ilustra un cruce de intereses cada vez más frecuente entre coleccionismo, mercado internacional y ciencia. Los meteoritos no son solo rarezas de escaparate; para la investigación planetaria son archivos físicos del sistema solar primitivo, con información sobre su composición y su historia térmica. Esa utilidad explica que instituciones científicas y museos compitan por piezas singulares, y también que proliferen ventas privadas con trazabilidad irregular.
La aduana rusa enmarca el intento de exportación dentro del contrabando de bienes “de importancia estratégica”, una categoría que, en la práctica, convierte el fragmento en algo más que una roca valiosa. El detalle importa porque sugiere que el expediente no gira únicamente sobre un eventual fraude documental, sino sobre el control estatal de determinados recursos y bienes naturales, con posibles consecuencias penales para los implicados.
La ruta del Aletai y las preguntas abiertas
El meteorito Aletai fue hallado en 1898 en la región china de Xinjiang y se asocia a grandes masas de hierro meteórico, codiciadas por su espectacularidad y por su rareza. En este episodio, la carga iba supuestamente destinada al Reino Unido y pretendía cruzar la frontera como un elemento decorativo, un camuflaje que encaja con un patrón clásico de la economía sumergida, reducir el valor declarado y rebajar la atención de los controles.
Queda por conocer, sin embargo, la procedencia inmediata de la pieza dentro de Rusia, el itinerario previo del fragmento y el destinatario final. Tampoco se ha detallado si el meteorito iba a un comprador privado, a una galería o a una institución, ni si existía documentación de propiedad o de importación anterior desde terceros países. Esa falta de datos impide, por ahora, medir la dimensión real del caso, más allá del golpe mediático de una cifra millonaria y un peso descomunal.
Entre la ética científica y el mercado global
El trasfondo es incómodo. El comercio de meteoritos no es ilegal por definición en muchos países, pero suele chocar con debates éticos sobre patrimonio natural y acceso público a materiales de investigación. Cuando una pieza termina en manos privadas sin garantías de conservación o de disponibilidad para estudios, la comunidad científica pierde una oportunidad de analizarla, y los Estados pierden control sobre bienes singulares cuya extracción y circulación rara vez está bien regulada.
En ese terreno gris, el episodio de San Petersburgo actúa como síntoma. No solo de una posible operación de contrabando, sino de un mercado transnacional que empuja a camuflar, fragmentar y mover objetos científicos como si fueran decoración de jardín.
El comunicado oficial ha sido publicado en el Servicio Federal de Aduanas de Rusia.










