Una campaña del buque Chikyu (récord de 7.906 metros) identifica una arcilla pelágica muy frágil en la falla, asociada a un deslizamiento de 50 a 70 metros cerca de la fosa
La clave del terremoto y tsunami de 2011 en el noreste de Japón no estaría solo en su magnitud, sino en el “dónde” y el “cómo” de la rotura. Una campaña científica en la fosa de Japón ha recuperado testigos y registros del límite entre placas a una profundidad inédita (7.906 metros), y sitúa el foco del comportamiento extremo del seísmo en una delgada franja de arcilla muy débil que facilitó que la ruptura alcanzara la zona más somera de la falla y empujara el fondo marino con una eficacia devastadora.
El trabajo, realizado en 2024 a bordo del buque de perforación Chikyu dentro de la Expedición 405 del programa internacional de sondeos oceánicos (JAMSTEC), sostiene que la megafalla “prefiere” desarrollarse en el techo o la base de una capa de arcilla pelágica, allí donde cambian bruscamente las propiedades físicas entre sedimentos y rocas. Ese encaje genera una superficie de rotura estrecha y de baja fricción, un “plano de desgarro” capaz de concentrar el deslizamiento en la parte más superficial de la interfaz entre placas.
La consecuencia es conocida y, a la vez, difícil de explicar durante años. El terremoto de Tōhoku (magnitud 9,1) fue uno de los mayores medidos instrumentalmente, pero lo que desconcertó a muchos modelos fue el tamaño del desplazamiento cerca de la fosa, con un pico estimado de 50 a 70 metros en el tramo más somero de la falla. Ese “empujón” es el que eleva el fondo marino en pocos segundos y multiplica el potencial tsunamigénico del evento, un mecanismo que terminó desencadenando olas gigantes, una crisis humanitaria y el accidente nuclear de Fukushima Daiichi.
La investigación, además, tiene una dimensión técnica que no es menor para la geociencia. El 21 de septiembre de 2024, el proyecto alcanzó el récord mundial de “perforación científica oceánica más profunda”, certificado por Guinness, al completar esos 7.906 metros de tubería en operaciones de sondeo y registro durante la campaña. Es un hito que permite muestrear y medir, con menos intermediarios, la zona donde se decide si una gran rotura se detiene en profundidad o si, como en 2011, “sube” hasta el borde del océano.
Los investigadores describen esa capa de arcilla como material “excepcionalmente débil”, producto de sedimentos finísimos depositados durante millones de años en el Pacífico y arrastrados después bajo Japón por el avance de la placa oceánica. En ese contexto, la arcilla queda “encajada” entre estratos más resistentes, lo que acentúa el contraste mecánico. Según Ron Hackney (ANU), esa configuración habría permitido que, una vez liberada la tensión acumulada durante siglos, la ruptura se propagara con muy poca resistencia hacia la parte más superficial de la falla, aumentando la deformación del fondo marino y el tamaño del tsunami.
El resultado refuerza una idea que gana peso en la sismología de subducción. No todos los márgenes tectónicos son iguales, y la presencia o ausencia de materiales especialmente débiles cerca de la fosa puede inclinar la balanza entre un gran terremoto “convencional” y otro capaz de producir un levantamiento submarino extremo. El estudio lo plantea en términos de diagnóstico comparado. Si se identifican sedimentos análogos en otras zonas de subducción, como las próximas a Sumatra, podrían afinarse las evaluaciones de peligro costero, aunque los autores subrayan que harían falta nuevas perforaciones para comprobarlo.
La investigación también llega acompañada de un documental divulgativo que recorre el trabajo a bordo del Chikyu y el desafío de operar en una de las fosas más profundas del planeta. En el trasfondo, la pregunta es estratégica para un país que convive con el riesgo sísmico. Japón no puede evitar los terremotos, pero sí puede acotar mejor qué fallas tienen capacidad de “romper hasta el borde” y generar tsunamis desproporcionados. Este sondeo apunta a que, a veces, la diferencia decisiva puede estar en una capa de arcilla de apenas unos metros que actúa como bisagra geológica de una catástrofe.
El estudio ha sido publicado en Science.







