A seis kilómetros bajo la superficie del océano, donde no entra la luz y la presión lo complica todo, Japón ha conseguido algo que hasta ahora era más teoría que realidad. El buque científico Chikyu recuperó sedimentos del fondo marino cerca de Minamitorishima(Minamitori), en una prueba que busca acceder a “lodo” rico en tierras raras.
El movimiento tiene una lectura clara para la transición verde. Sin metales como el disprosio o el neodimio, fabricar motores de coches eléctricos y aerogeneradores es más caro y más difícil. Pero aquí aparece la gran pregunta: ¿de verdad compensa abrir una nueva frontera extractiva en ecosistemas que apenas conocemos?
Un ensayo histórico con el barco Chikyu
La prueba se ha desarrollado dentro de la zona económica exclusiva de Japón, alrededor de Minamitorishima, a unos 1.900 kilómetros de Tokio. Según la información difundida, el Chikyu empezó las operaciones de recuperación a finales de enero y confirmó la primera extracción el 1 de febrero, completando trabajos en tres puntos antes de regresar a puerto para analizar el material.
El propio Gobierno japonés ha rebajado la euforia con un mensaje prudente. En una comparecencia oficial, el ministro Akazawa recordó que la “industrialización” de esta minería debe esperar a comprobar todo el proceso (extraer, separar, refinar) y a ver si las cuentas salen de verdad, más allá del logro técnico.
Del coche eléctrico al imán de la turbina
Cuando hablamos de “tierras raras” no hablamos de un capricho tecnológico. Metales como el disprosio y el neodimio se usan en imanes de alto rendimiento que hacen más eficientes los motores de vehículos eléctricos, y también están presentes en componentes clave de la eólica y de mucha electrónica cotidiana.
La Agencia Internacional de la Energía (AIE) lleva tiempo advirtiendo de un riesgo muy simple de entender: si la oferta de minerales no acompaña, la transición puede volverse “más cara, más lenta o menos eficiente”. Y en su análisis de mercados, también alerta de cadenas de suministro concentradas y vulnerables a restricciones comerciales.
Una reserva estimada para siglos, con matices
La idea de que en esa zona del Pacífico hay muchísimo material no nace de la nada. Investigadores de la Universidad de Tokio estimaron en 2018 que el área estudiada alrededor de Minamitorishima podría superar los 16 millones de toneladas de óxidos de tierras raras, y plantearon que parte de esos elementos podría cubrir “cientos de años” de demanda anual global según los cálculos del trabajo.
Ahora bien, conviene no perder el suelo bajo los pies (aunque estemos hablando del fondo marino). Una cosa es la estimación geológica y otra el “cuánto se puede extraer” de forma realista, con costes, energía, impactos y permisos. De hecho, Japón todavía tiene que analizar con detalle el volumen y el contenido del material recuperado en esta prueba antes de sacar conclusiones comerciales.
La presión geopolítica acelera el proyecto
Este proyecto no solo va de tecnología, también va de dependencia. Japón ha intentado reducir su exposición a China en materias primas estratégicas, y la presión ha aumentado con restricciones y tensiones diplomáticas. Reuters recoge que el país ha bajado su dependencia global de tierras raras chinas desde niveles cercanos al 90% a alrededor del 60% en los últimos años, aunque sigue siendo vulnerable en algunos materiales concretos.
En paralelo, Estados Unidos y Japón han anunciado un plan de acción sobre minerales críticos y una cooperación específica en recursos del fondo marino, con un grupo de trabajo y un paquete de proyectos (incluyendo reciclaje y otras materias primas). También han hablado de medidas como “suelos” de precio para evitar distorsiones de mercado.
El gran interrogante ambiental del fondo marino
La minería submarina no es como abrir una zanja en tierra y ya está. Aquí hablamos de remover sedimentos, generar plumas, introducir ruido y luz artificial en zonas donde todo funciona a un ritmo lentísimo. Y lo más delicado es que los efectos pueden durar décadas, incluso cuando el impacto inicial parece “pequeño”.
Hay datos que enfrían cualquier entusiasmo automático. Un estudio sobre impactos simulados de minería en el fondo marino observó que 26 años después la zona seguía siendo ecológicamente distinta en diversidad y composición de fauna. Por eso, no sorprende que el debate político vaya por detrás con el freno puesto: la propia Autoridad Internacional de los Fondos Marinos reconoce que 40 países han pedido una “pausa precautoria o moratoria”.
Qué debería vigilarse antes de dar el salto comercial
El siguiente paso clave no es un titular, es una prueba industrial. Japón planea ensayos a mayor escala a partir de 2027 con sistemas capaces de recuperar del orden de 350 toneladas de sedimento al día, y parte del trabajo será medir impactos ambientales durante la operación. Si se hace, la transparencia de esos datos (y quién los revisa) será casi tan importante como los kilos de mineral obtenidos.
Y hay otra pieza que a veces se pierde en la conversación. La transición verde no se sostiene solo “sacando más”, también se sostiene reciclando mejor y diseñando productos para durar, repararse y recuperarse. De hecho, el plan de cooperación anunciado entre EE. UU. y Japón incluye iniciativas de reciclaje de tierras raras, algo que puede aliviar presión sin tocar ecosistemas profundos. ¿Qué significa esto para alguien que quiere un coche eléctrico o simplemente cambiar de móvil? Que el futuro dependerá tanto de nuevas fuentes como de cómo usamos lo que ya tenemos.
La comparecencia oficial se ha publicado en el Ministerio de Economía, Comercio e Industria de Japón.











