Cuando pensamos en una cascada, lo normal es imaginar un salto de agua entre rocas, espuma blanca y un mirador lleno de gente. Pero la más grande del mundo no está en tierra firme. Está en el Atlántico Norte, escondida bajo el mar, entre Groenlandia e Islandia.
Se conoce como la catarata del estrecho de Dinamarca y no es solo una rareza geográfica. Es una pieza importante de la gran circulación oceánica que reparte calor, nutrientes y también carbono por el planeta. Y por eso los científicos la miran con lupa.
Una catarata que no se ve
Aquí no hay agua «cayendo» en la superficie. Lo que ocurre es un descenso gigantesco por el fondo marino, de unos 11.500 pies, que son aproximadamente 3,5 kilómetros. Es más de tres veces la altura del Salto Ángel, el mayor salto de agua en tierra.
La NOAA explica que esta serie de cataratas submarinas comienza a unos 650 metros bajo la superficie y desciende hasta unos 3.000 metros de profundidad, cerca del extremo sur de Groenlandia. Todo ese movimiento pasa desapercibido sin instrumentos.
El secreto está en la densidad
La pregunta sale sola, ¿cómo puede «caer» agua dentro del agua? La clave es sencilla, el agua fría es más densa que el agua cálida, así que tiende a hundirse cuando se encuentran.
En el estrecho de Dinamarca, el agua muy fría que llega desde los mares nórdicos se topa con agua más templada del mar de Irminger. Al ser más densa, esa masa fría se hunde y se mueve pegada al fondo.
Luego entra en juego el relieve. La Universidad de Barcelona resume el «acantilado» submarino de forma muy gráfica, en pocos kilómetros se pasa de unos 500 metros a más de 3.000 metros de profundidad, lo que acelera la corriente y genera el efecto cascada.
Un caudal que se mide en millones
En divulgación se suele citar un caudal de «más de 123 millones de pies cúbicos por segundo», que equivale a más de 3,5 millones de m³ cada segundo. Es una cifra difícil de imaginar sin parar un momento.
Los estudios oceanográficos lo expresan a menudo en Sverdrups (Sv), una unidad habitual en corrientes marinas. Un Sv equivale a 1.000.000 de m³ por segundo, y un trabajo en Journal of Physical Oceanography sitúa el transporte medio del desbordamiento del estrecho de Dinamarca en torno a 3,2 Sv (con variabilidad apreciable).
Esto también explica por qué los números pueden variar según el periodo observado y el método de cálculo. En el fondo, se trata de un sistema vivo, con cambios a escala de días, estaciones y años.
La «cinta transportadora» que ayuda a estabilizar el clima
Esta catarata forma parte de la Circulación Meridional de Retorno, conocida popularmente como la «cinta transportadora» oceánica global. Es un sistema que mueve calor y agua a escala planetaria y ayuda a estabilizar el clima.
La NOAA recuerda que esta circulación también es clave en los ciclos de nutrientes y de dióxido de carbono. Las aguas superficiales suelen ir pobres en nutrientes y CO₂, pero se «recargan» cuando se mezclan con aguas frías y profundas. De ahí depende, en buena parte, la base de la cadena alimentaria marina.
¿Y esto qué significa para alguien que vive en Europa? No es que una sola corriente «controle» el tiempo, pero sí ayuda a explicar por qué el Atlántico Norte es un engranaje decisivo en el reparto de calor. Ese calor (o su falta) acaba influyendo en lo que notamos, incluso en ese invierno más suave o en el verano pegajoso que ya todos reconocemos.
Un sistema sensible al calentamiento global
Aquí llega la parte delicada. El IPCC explica que la AMOC se espera que se ralentice en un clima más cálido, y una de las razones es la «dulcificación» del océano por deshielo de Groenlandia, cambios en el hielo marino del Ártico y más precipitación sobre mares del norte. Ese aporte de agua dulce hace el agua menos densa, y así cuesta más que se hunda.
Esto no significa que el sistema vaya a «apagarse» mañana. De hecho, el propio IPCC insiste en que hay variabilidad natural y que las tendencias a largo plazo son difíciles de separar si no hay registros suficientes.
Pero sí apunta a un mensaje claro, si cambia la forma en que el océano produce y exporta aguas densas, cambia el reparto de energía. Y eso puede traducirse en efectos regionales sobre el tiempo y el clima, incluidos cambios en la evolución del calentamiento en partes de Europa, y en patrones de precipitación y tormentas en el Atlántico Norte.
Cómo se vigila una cascada invisible
Como no se puede «ver» a simple vista, hay que medirla. La Universidad de Hamburgo describe un seguimiento basado en instrumentos fondeados, con perfiladores acústicos de corrientes (ADCP) y sensores hidrográficos que registran el flujo.
Según ese mismo centro, el desbordamiento se monitoriza casi de forma continua desde 1996, con una serie temporal que cubre de 1996 a 2021 (con datos horarios y algunos huecos por pérdidas de instrumentación). Ese tipo de vigilancia es la que permite separar el ruido diario de posibles cambios de fondo.
Además, una campaña liderada por la Universidad de Barcelona quiso ir un paso más allá y mirar lo que no siempre se estudia, el papel de la catarata en el transporte de sedimentos y su capacidad para modificar el relieve del fondo. Sus responsables lo resumían así, «explorar aspectos que aún son desconocidos».
La ficha divulgativa oficial más reciente sobre esta catarata submarina ha sido publicada por el National Ocean Service de la NOAA.







