Científicos franceses piden a España y otros países de Europa que se preparen porque la corriente del Atlántico está a punto de colapsar y las consecuencias son desastrosas

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Por HoyECO
Publicado el: 30 de abril de 2026 a las 20:33
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Vista del océano Atlántico con costas rocosas, ilustrando la zona afectada por el debilitamiento de la corriente AMOC.

Hay una razón por la que gran parte de Europa disfruta de inviernos relativamente suaves para su latitud. En buena parte, ese “colchón” lo pone el Atlántico a través de un sistema de corrientes gigantesco llamado AMOC, que mueve calor y también influye en lluvias, tormentas y ecosistemas marinos.

Ahora llega un aviso difícil de ignorar. Dos trabajos publicados en abril de 2026 apuntan a un debilitamiento mucho mayor de lo esperado para finales de siglo y, además, encuentran señales coherentes de descenso en mediciones directas del océano. No significa que Europa vaya a congelarse mañana, pero sí que el reloj corre y que conviene entender qué está pasando.

Una “cinta transportadora” que regula el clima

La AMOC (Atlantic Meridional Overturning Circulation) es un sistema de corrientes del Atlántico que lleva agua cálida hacia el norte en superficie (incluida la Corriente del Golfo) y devuelve agua fría hacia el sur en profundidad. Su motor principal es la diferencia de temperatura y salinidad, lo que en ciencia se conoce como circulación termohalina.

Lo sorprendente es su escala y su lentitud. NOAA recuerda que el “viaje” completo de una porción de agua dentro de esta cinta global puede tardar alrededor de 1.000 años, aunque eso no impide que cambios en su intensidad tengan efectos notables en décadas. Y eso se nota.

Por qué el calentamiento global la debilita

Cuando el Atlántico norte se calienta y se vuelve menos salado, al agua le cuesta más hundirse. Ese hundimiento es clave para “cerrar el ciclo” de la AMOC, así que si falla, todo el sistema se ralentiza. El aporte de agua dulce por deshielo (como el de Groenlandia) y los cambios en el ciclo del agua (más precipitaciones en latitudes altas) empujan en esa misma dirección.

El IPCC ya venía avisando de la tendencia general. En su evaluación de referencia (AR6) concluye que la AMOC “muy probablemente” se debilitará a lo largo del siglo XXI y que, además, el agua dulce del deshielo de Groenlandia podría reforzar ese debilitamiento.

Lo nuevo en 2026, menos incertidumbre y peor pronóstico

Hasta ahora, el gran problema era el abanico de resultados. Algunos modelos proyectaban un descenso moderado y otros un desplome mucho más fuerte, lo que dejaba espacio para interpretaciones cómodas. El estudio liderado por Valentin Portmann intenta reducir esa dispersión con “restricciones observacionales”, es decir, comparando qué modelos se parecen más a lo que el océano realmente muestra y cuáles se desvían.

El dato que está encendiendo las alarmas es el rango final. El trabajo estima que, bajo un escenario intermedio de emisiones (SSP2-4.5), la AMOC podría debilitarse en torno a un 51% con una incertidumbre mucho menor (±8% con un nivel de confianza del 90%), lo que coloca el descenso probable en torno al 43-59% hacia 2100. En el propio artículo se compara con el promedio de modelos, que sugería un 32% (±37%) y por tanto “se quedaba corto” en magnitud y era mucho más difuso.

Aquí hay un matiz importante para el lector. No es solo que el número sea más alto, es que la incertidumbre se estrecha, y eso cambia cómo se planifica. Si el sistema se acerca a un umbral, esperar a “tener certeza” puede salir caro.

Las boyas del Atlántico también están viendo un descenso

El segundo estudio, liderado por Qianjiang Xing, se apoya en algo muy tangible, series largas de datos de cuatro líneas de fondeos (boyas e instrumentos) a lo largo del borde occidental del Atlántico norte, entre 16,5°N y 42,5°N. Analizan el transporte asociado a la rama profunda y encuentran un descenso coherente en las distintas latitudes durante las dos últimas décadas.

El trabajo pone cifras a ese cambio. En la línea MOVE (16,5°N) observan la mayor caída en el transporte de vuelco profundo en el borde occidental, con una tendencia de 0,67 ± 0,13 Sv por año entre 2000 y 2022 (con incertidumbres al 95%). Un “Sv” (sverdrup) equivale a un millón de metros cúbicos por segundo, una unidad habitual para hablar de corrientes oceánicas.

Además, el estudio entra en un detalle que ayuda a entender por qué medir la AMOC no es tan simple. En 26,5°N, la serie total del programa RAPID muestra un descenso de 0,09 ± 0,08 Sv por año entre 2004 y 2023, pero la señal del borde occidental es más fuerte y puede quedar parcialmente compensada por cambios en el borde oriental. Por eso los autores plantean que el borde occidental puede ser un buen indicador de debilitamiento, aunque no capture toda la película.

La pregunta clave, debilitarse no es lo mismo que colapsar

Cuando se habla de “colapso”, mucha gente imagina un apagón instantáneo del clima europeo. En la práctica, el colapso sería un cambio abrupto y persistente del sistema, y una gran ralentización ya sería seria aunque no llegase a cero. ¿Qué significa esto en la práctica para alguien que vive en la UE? Que no hace falta un colapso total para notar impactos en lluvias, temporales o nivel del mar.

Aquí conviene ser honestos con lo que se sabe y lo que no. El IPCC considera “muy probable” el debilitamiento, pero mantiene una confianza media en que no ocurra un colapso abrupto antes de 2100, es decir, lo ve improbable aunque no lo descarta con certeza absoluta.

Y hay debate científico real sobre el ritmo. Por ejemplo, la Met Office (en un trabajo comunicado en 2025) defendía que un colapso en este siglo es poco probable, aunque insiste en que el debilitamiento sí es muy probable y traerá retos. Al mismo tiempo, otros expertos consultados por medios internacionales advierten de que algunos resultados nuevos podrían situar al sistema más cerca de un punto de inflexión de lo que se pensaba.

Qué puede implicar para Europa y para España

La AMOC influye en temperaturas y precipitación en Europa, y también en fenómenos como los monzones tropicales o la actividad de huracanes atlánticos, según resume el panel climático de la Met Office. Así que, si se debilita con fuerza, no hablamos de un cambio local, hablamos de una pieza del dominó climático.

En escenarios de fuerte ralentización o parada, el informe divulgativo de la Met Office sobre el AMOC (basado en evaluaciones del IPCC) menciona impactos como cambios grandes en la lluvia tropical, más tormentas invernales sobre Europa y un aumento del nivel del mar en la cuenca del Atlántico norte que podría llegar hasta medio metro adicional, además de la subida ya esperada por el calentamiento global. Para España, esto se traduce en una pregunta incómoda para la planificación costera y del agua, porque el riesgo no solo es “cuánto sube el mar”, sino cómo cambian las tormentas y los patrones de lluvia en un país que ya convive con sequías y episodios de lluvias extremas.

Y hay un efecto menos visible, pero igual de importante. NOAA recuerda que la AMOC también transporta nutrientes que sostienen la vida marina, así que una alteración prolongada puede reordenar ecosistemas y pesquerías. Eso, en el fondo, termina llegando al plato y al empleo, sobre todo en regiones costeras.

Lo que conviene tener en cuenta desde ya

La primera idea es simple, pero clave. La AMOC se mide con series relativamente cortas a escala climática (la monitorización continua en algunas latitudes comenzó en 2004), así que cada año de datos cuenta y mejorar la vigilancia es parte de la solución.

La segunda es la de siempre, pero aquí se vuelve muy concreta. Reducir emisiones de CO2 y frenar el calentamiento limita el empuje que está debilitando el sistema (más calor, más agua dulce, menos densidad). No es solo una meta abstracta, es una forma de alejar puntos de inflexión que luego son muy difíciles de revertir.

El estudio principal del que hablamos ha sido publicado en Science Advances.


HoyECO

Equipo editorial de ECOticias.com (El Periódico Verde), integrado por periodistas especializados en información ambiental: naturaleza y biodiversidad, energías renovables, emisiones de CO₂, cambio climático, sostenibilidad, gestión de residuos y reciclaje, alimentación ecológica y hábitos de vida saludable.

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