La ciencia pone fin al debate y confirma si los hijos heredan la inteligencia del padre o de la madre

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Publicado el: 11 de abril de 2026 a las 23:32
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Bebé alimentándose con biberón en brazos de su madre, relacionado con el desarrollo cognitivo infantil y la herencia de la inteligencia.

Cuando un niño saca buenas notas o resuelve un rompecabezas a la primera, aparece la pregunta de siempre. ¿A quién ha salido, al padre o a la madre? En internet circula una respuesta rápida y tentadora, que la inteligencia “viene de la madre”.

El problema es que la ciencia no funciona con atajos. La genética de la inteligencia es un puzle enorme y el entorno también empuja, desde lo que pasa en casa y en el cole hasta algo tan cotidiano como el aire de la hora punta.

Por qué se señala a la madre

La idea suele apoyarse en biología básica. Las mujeres tienen dos cromosomas X y los hombres uno, así que, si “los genes de la inteligencia” estuvieran sobre todo en el X, parecería lógico mirar a la madre. Suena convincente, pero se queda corto.

El cromosoma X sí tiene un papel importante en el cerebro y en algunos trastornos del neurodesarrollo. Un análisis en Nature Communications describe que el X está enriquecido en genes asociados a rasgos neurológicos y, en particular, a discapacidad intelectual, convulsiones y problemas de lenguaje.

Y hay un detalle que se olvida a menudo. Los niños reciben su cromosoma X de la madre, pero las niñas reciben un X de la madre y otro del padre, así que el padre también aporta X. Además, los estudios recientes sobre genética de la inteligencia apuntan a miles de variantes repartidas por todo el genoma, no concentradas en un solo cromosoma.

Lo que dice la genética de verdad

Cuando los genetistas hablan de inteligencia, no buscan un “gen mágico”. Hablan de diferencias entre personas en habilidades como aprender, razonar o resolver problemas, y de cómo esas diferencias se relacionan con miles de pequeñas variaciones en el ADN.

Una revisión clínica reciente lo resume con una cifra que impresiona por lo pequeña. Cada locus genético individual explica una parte mínima de la variación (menos del 0,02%), por eso se usan “puntuaciones poligénicas” que suman miles de variantes a la vez. Incluso así, estas puntuaciones explican solo una fracción de las diferencias entre personas, del orden del 7% al 10% para inteligencia en poblaciones de ascendencia europea, según esa revisión.

También es importante entender qué significa “heredable”. Un trabajo muy citado con gemelos observó que la heredabilidad de la capacidad cognitiva general aumenta con la edad, del 41% en la infancia a cifras en torno al 66% hacia el final de la adolescencia. Pero heredabilidad no es destino, porque describe variación en una población y en un contexto, no una sentencia individual.

El entorno también hereda, pero no en genes

Aquí es donde la conversación se vuelve más útil. La inteligencia se construye también con ambiente, con educación, con sueño, con alimentación y con esa estimulación diaria que muchas familias conocen bien, desde leer un cuento hasta hablar de lo que pasó en clase.

Un ejemplo reciente llega desde Barcelona. Un estudio liderado por ISGlobal y la Universitat de Barcelona analizó 168 parejas madre hijo de la cohorte BiSC y estimó la exposición durante el embarazo a contaminantes urbanos como NO₂, carbono negro y PM2,5, teniendo en cuenta casa, trabajo y desplazamientos. Para medir el desarrollo cognitivo usaron seguimiento ocular, con pruebas a los 6 meses y una reevaluación a los 18 meses.

Los investigadores observaron que, a mayor exposición prenatal, el rendimiento en memoria de reconocimiento tendía a ser peor, medido como una menor preferencia por la novedad en la prueba visual. “Este enfoque proporciona una medida más objetiva y directa”, explicó Carmen Peuters, primera autora del trabajo. Jordi Sunyer, coordinador del proyecto, apuntó a posibles mecanismos como que algunos contaminantes crucen la placenta y activen inflamación y estrés oxidativo en el feto.

Qué significa esto para familias y ciudades

Si alguien busca una respuesta simple, la frase “la inteligencia es de la madre” da titulares. Pero en la práctica sirve de poco, porque ni la genética es un reparto de méritos entre progenitores ni el día a día de un niño se decide solo en el ADN. ¿De verdad queremos reducirlo a una sola persona cuando sabemos que el contexto deja huella?

Para las familias, la idea clave es quitar presión y ganar margen de acción. Mejorar el entorno significa apostar por hábitos que sostienen el aprendizaje y, cuando se pueda, reducir exposiciones evitables, como el humo en casa o los trayectos más cargados de tráfico si hay alternativas. No siempre se puede elegir, y por eso la parte pública importa.

Para las ciudades, la lectura es clara. Si la contaminación del aire se cuela en una etapa tan sensible como el embarazo, las políticas de movilidad y calidad del aire no son solo “cosas de pulmones”, también son una inversión en desarrollo infantil. 

El estudio ha sido publicado en Environmental Pollution.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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