A miles de kilómetros de cualquier ciudad y enterrada bajo unos treinta metros de nieve y hielo, una vieja base militar estadounidense ha reaparecido en las pantallas de la NASA. Se llama Camp Century y vuelve a estar en el mapa por algo más que su pasado nuclear. Es un recordatorio muy gráfico de cómo el calentamiento global puede despertar residuos que se creían encerrados para siempre.
El hallazgo llegó casi por casualidad durante un vuelo científico sobre el norte de Groenlandia en abril de 2024. Un equipo del Laboratorio de Propulsión a Chorro viajaba en un avión Gulfstream de la agencia mientras probaba un radar especial llamado UAVSAR, diseñado para ver a través de la capa de hielo y medir su espesor junto al lecho rocoso. En medio de un paisaje aparentemente uniforme, los datos mostraron una firma muy clara. Al comparar esa imagen con planos históricos, los científicos comprobaron que encajaba con la antigua base militar. El experto en hielos de la NASA Alex Gardner lo resumía así, “estábamos buscando el lecho del hielo y de repente aparece Camp Century, al principio no sabíamos qué era”.
Camp Century, la ciudad bajo el hielo, se construyó en 1959 por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos en una zona remota de la capa de hielo de Groenlandia. Bajo la superficie se abrió una red de túneles de casi tres kilómetros, con galerías paralelas donde se instalaron módulos prefabricados para dormir, trabajar y vivir durante meses en condiciones extremas. La base funcionó con uno de los primeros reactores nucleares portátiles del mundo, e lPM 2A, y formaba parte del proyecto Iceworm, que estudiaba la posibilidad de esconder misiles en el Ártico en plena Guerra Fría. El plan se abandonó en 1967 y la nieve siguió cayendo hasta dejar las estructuras a unos treinta metros bajo la superficie actual del hielo.
Cuando el ejército se marchó no se llevó todo. Edificios, chatarra, combustible, aguas residuales y parte del legado del reactor quedaron atrapados en el hielo. Un estudio científico publicado en 2016 en la revista Geophysical Research Letters estimó que en el subsuelo del campamento permanecen alrededor de doscientos mil litros de diésel y veinticuatro millones de litros de aguas residuales, además de una cantidad no bien conocida de residuos radiactivos de baja actividad y compuestos químicos como los PCB, contaminantes muy persistentes que se acumulan en los ecosistemas polares. El problema no es solo lo que hay, sino dónde está, porque Camp Century se encuentra relativamente cerca del borde de la capa de hielo de Groenlandia, una zona especialmente sensible al calentamiento.
Aquel trabajo iba un paso más allá. Con modelos climáticos, los investigadores calcularon que hacia finales de este siglo la zona podría pasar de ganar nieve cada año a perderla por fusión. Si el hielo empieza a adelgazar de forma continuada, la tumba helada para residuos militares dejaría de ser tan segura. Parte de esos materiales podría acabar quedando expuesta en superficie o desplazarse con el agua de deshielo hacia el océano, con un impacto todavía difícil de cuantificar.
Desde entonces han llegado matices importantes. Un estudio posterior del Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia revisó los escenarios con datos más recientes y concluyó que, con las proyecciones climáticas disponibles hasta 2100, el hielo seguirá enterrando la base y el agua de fusión no alcanzará los residuos. En otras palabras, no parece probable que Camp Century se destape ni que libere su contenido antes de final de siglo. Aun así, los propios autores recuerdan que los modelos solo cubren unas pocas décadas y que la evolución de la capa de hielo más allá dependerá en buena medida de cuánto se caliente el planeta durante este siglo.
La nueva imagen de radar de la NASA encaja en este contexto. No se tomó para buscar bases secretas, sino para poner a prueba instrumentos como UAVSAR, que funcionan casi como una ecografía aplicada al hielo. Al emitir ondas de radio y medir cuánto tardan en rebotar, estos sistemas permiten trazar mapas tridimensionales del interior de las capas de hielo y del contacto con la roca. Gardner insistía en un punto clave, sin conocer bien ese espesor es muy difícil prever cómo responderán Groenlandia y la Antártida a océanos y atmósfera que se calientan deprisa y eso limita mucho la capacidad para estimar el aumento futuro del nivel del mar.
¿Qué significa todo esto para alguien que solo escucha hablar de olas de calor, subida del mar o deshielo del Ártico? Significa que el calentamiento global no solo derrite glaciares lejanos que vemos en documentales. También empieza a poner en cuestión decisiones tomadas hace sesenta años, cuando se daba por hecho que el hielo era una caja fuerte eterna para residuos militares o industriales. Lo que se enterró confiando en un clima estable puede volver a la superficie en un planeta que cambia rápido.
Para quienes viven lejos del Ártico, la historia de Camp Century puede sonar a anécdota de la Guerra Fría rescatada del baúl de los recuerdos. Sin embargo, el mismo calentamiento que dispara la factura de la luz en olas de calor extremas también acelera el deshielo en la capa de hielo de Groenlandia y aumenta la presión sobre estos cementerios ocultos de residuos. Cuanto más frenemos las emisiones de gases de efecto invernadero hoy, menos probabilidades habrá de tener que abrir dentro de unas décadas este tipo de cajas de Pandora bajo el hielo.
El comunicado oficial de la NASA con las nuevas imágenes de radar de Camp Century y los detalles de este hallazgo se ha publicado en la página del Observatorio de la Tierra de la agencia espacial estadounidense.
Foto: NASA







