En los últimos años se ha vuelto habitual escuchar hablar de “ríos atmosféricos” cada vez que un temporal deja lluvias torrenciales en la costa del Pacífico, en Europa o en otras zonas de latitudes medias. No es solo una etiqueta mediática. Un nuevo estudio liderado desde la NASA confirma que estos ríos en el cielo ya han cambiado de forma clara en un planeta más cálido. Y no para poco.
Qué son los ríos atmosféricos y por qué importan
Los ríos atmosféricos son bandas alargadas y relativamente estrechas de aire muy húmedo que transportan grandes cantidades de vapor de agua desde los océanos hacia los continentes. Cuando esa humedad se descarga, suele hacerlo en forma de lluvias muy intensas y persistentes.
Según distintos trabajos científicos, estos sistemas son responsables de una buena parte de la precipitación extrema en las latitudes medias del planeta, especialmente en las costas occidentales de América y Europa.
En la práctica, un río atmosférico es ese episodio en el que encadenamos varios días de lluvia intensa, viento del océano y alertas por desbordamiento de ríos. Un solo evento puede aliviar una sequía, pero también provocar inundaciones graves en pocas horas.
Qué ha analizado el nuevo estudio
El trabajo The Changing Nature of Atmospheric Rivers, firmado por Lexi Henny y Kyu Myong Kim, utiliza tres grandes bases de datos climáticas globales conocidas como reanálisis (ERA5, MERRA 2 y JRA 55). Sobre ellas aplican varios métodos de detección de ríos atmosféricos del proyecto internacional ARTMIP, además de variantes desarrolladas por el propio equipo.
El periodo estudiado abarca desde 1980 hasta 2019 en el conjunto ARTMIP y hasta 2023 con sus propios métodos. Es decir, más de cuarenta años de “ríos en el cielo” rastreados punto por punto a escala global.
El objetivo es sencillo de formular, aunque complejo de medir. Ver si los ríos atmosféricos ya muestran la huella del calentamiento global que la teoría física anticipa. El razonamiento es conocido. Un aire más cálido puede contener más vapor de agua, así que los sistemas que se alimentan de esa humedad tienden a hacerse más húmedos.
Más área y más humedad, pero cambios sutiles en la intensidad media
Los resultados apuntan a un mensaje claro. Entre 1980 y 2023 el área total ocupada por ríos atmosféricos en el planeta ha aumentado alrededor de entre 6 y 9 %. El contenido de vapor integrado a lo largo de la columna de aire ha subido aproximadamente entre 1,5 y 2,5 %.
En cambio, el transporte de vapor hacia delante, que combina viento y humedad, ha crecido menos de 1 % en promedio y algunos indicadores ligados al viento en niveles bajos y a la convergencia de humedad muestran incluso ligeros descensos.
A primera vista puede sonar contradictorio. Más humedad, pero sin un aumento claro en la “fuerza” media del sistema. Sin embargo, los autores explican que parte de esta aparente paradoja se debe a que los ríos atmosféricos ahora ocupan más superficie. Si se fija la atención solo en los puntos más intensos, el panorama cambia.
Los episodios más extremos se intensifican más deprisa
Cuando el equipo se centra en las zonas con condiciones más extremas dentro de cada río atmosférico, las tendencias se vuelven más llamativas.
En los puntos de máxima intensidad, el transporte de vapor y el contenido de agua han crecido entre unas tres y seis veces más rápido que el promedio. Además, al acotar solo las rejillas más intensas, encuentran aumentos de alrededor de 3 a 4 % en ese transporte de vapor, de 4 a 6 % en el contenido de humedad y de hasta 6 a 10 % en la convergencia de humedad, que es un indicador clave de lluvias fuertes.
Traducido a un lenguaje más cotidiano. No todos los ríos atmosféricos se han convertido en monstruos, pero los tramos más potentes dentro de ellos sí están ganando músculo. Y cada vez cubren más territorio. Para quien vive en una región expuesta, esto se traduce en más probabilidad de encadenar episodios de lluvias intensas y de que los días más lluviosos sean todavía más extremos.
Qué significa esto para el riesgo de inundaciones
Los ríos atmosféricos cumplen una función clave en el reparto del agua. Rellenan embalses, recargan acuíferos y riegan bosques enteros. Pero cuando llevan más vapor y descargan sobre cuencas urbanizadas, laderas quemadas por incendios o valles ya saturados, el resultado son inundaciones súbitas, corrimientos de tierra y daños en infraestructuras.
El estudio de la NASA refuerza la idea de que el perfil de la precipitación extrema en las latitudes medias se está inclinando hacia eventos más húmedos y más extensos. No es una proyección lejana, es lo que ya se ha observado en las últimas décadas.
Para la gestión del agua y la adaptación al cambio climático, esto implica revisar mapas de riesgo, dimensionar de otra forma drenajes urbanos, diques y embalses y tener en cuenta que el episodio “excepcional” de hoy puede convertirse en algo más frecuente en las próximas décadas.
Incertidumbres y próximos pasos
Henny y Kim recuerdan que sus resultados dependen de cómo se detectan los ríos atmosféricos y de la calidad de los propios reanálisis. Hay indicios de que algunos de estos conjuntos de datos no representan bien la humedad atmosférica en los primeros años del periodo estudiado, lo que podría estar incluso subestimando la expansión y la intensificación reales de estos sistemas.
Aun con estas cautelas, diferentes métodos de detección y bases de datos convergen en la misma señal general. Ríos atmosféricos más frecuentes, más extensos y más húmedos en un planeta que se calienta.
En otras palabras, el clima en buena parte del mundo ya se organiza alrededor de ríos en el cielo que han cambiado con nosotros. Y ese cambio se nota en la factura de los daños por inundaciones, en las sequías que se rompen de golpe y en esa sensación de que los temporales “de toda la vida” ya no son exactamente los mismos.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Journal of Climate.







