La Luna vuelve a estar en la agenda, pero con otro guion. NASA ha confirmado que el primer alunizaje del programa Artemis se retrasa hasta 2028 y que, antes, añadirá una misión de prueba en órbita baja en 2027.
En la práctica esto significa que Artemis II seguirá siendo el vuelo de prueba tripulado que rodeará la Luna sin aterrizar, ahora con una fecha objetivo que no será antes de abril de 2026, tras los problemas de helio detectados en la etapa superior del cohete.
El gran cambio llega con Artemis III. Lo que iba a ser el regreso de astronautas a la superficie lunar por primera vez desde 1972 pasa a convertirse en un “ensayo general” en la órbita terrestre. Allí la tripulación practicará el acoplamiento con los módulos de alunizaje comerciales de SpaceX y Blue Origin, además de probar los nuevos trajes extravehiculares y sistemas de soporte vital.
La idea de fondo es sencilla aunque el calendario sea complejo. La agencia quiere lanzar con más frecuencia y con menos “primeras veces” por misión. El nuevo plan fija un vuelo de prueba en 2027 en órbita baja y, a partir de 2028, al menos un aterrizaje lunar tripulado al año, empezando con Artemis IV. La propia NASA deja la puerta abierta a un segundo intento ese mismo año con Artemis V si la tecnología y el presupuesto acompañan.
Para sostener ese ritmo, la agencia abandona la idea de introducir una versión nueva del cohete SLS entre misiones y apuesta por mantener la configuración “Block 1” siempre que sea posible. Los responsables recuerdan la estrategia de Apolo, donde cada vuelo añadía un paso más pero sin reinventar el cohete cada vez. Según explicó el administrador asociado Amit Amit Kshatriya, cambiar el diseño a mitad de camino dejaría “demasiado aprendizaje sobre la mesa” y añadiría riesgo innecesario.
El nuevo administrador, Jared Isaacman, fue directo. En sus palabras, la NASA debe “estandarizar su forma de trabajar, aumentar el ritmo de vuelo de forma segura y cumplir los objetivos de la política espacial nacional” en un contexto de competencia creciente con potencias como China, que también aspira a alunizar antes de 2030.
Detrás de los titulares hay un detalle más mundano. Lanzar cada diez meses en lugar de cada tres años exige una plantilla técnica mucho más estable, desde el Centro Espacial Kennedy hasta los centros de montaje. La propia NASA reconoce que necesita “reconstruir competencias” internas y trabajar más codo con codo con la industria en lugar de externalizar tantos procesos.
Y todo esto, ¿qué tiene que ver con el medio ambiente y la sostenibilidad, que preocupan a cualquiera que mira la factura de la luz o la ola de calor del próximo verano? Más lanzamientos implican más emisiones y más partículas en la alta atmósfera. Varios estudios recientes advierten de que los cohetes liberan dióxido de carbono, vapor de agua y hollín directamente en capas donde estos compuestos pueden calentar el clima y afectar al ozono, un efecto pequeño en volumen global pero muy intenso por kilogramo emitido.
Al mismo tiempo, gran parte de la tecnología que se prueba en estas misiones termina volviendo a la Tierra en forma de soluciones que usamos cada día. Un ejemplo concreto son los sensores de imagen CMOS desarrollados inicialmente para sondas espaciales, que hoy están en miles de millones de móviles y en satélites como OCO 3, dedicados a vigilar la distribución del dióxido de carbono en la atmósfera terrestre.
En el fondo, la reordenación de Artemis coloca una pregunta sobre la mesa. ¿Queremos llegar antes o llegar mejor? La NASA ha optado, al menos en buena parte, por la segunda opción, con más pruebas intermedias y menos apuestas a todo o nada en un solo vuelo. Para la ciudadanía, el mensaje práctico es que el regreso de seres humanos al suelo lunar se aleja un poco en el calendario, pero se acerca en términos de realismo y seguridad. Y eso, en misiones de este tamaño, no es poca cosa.
La nota de prensa oficial con todos los detalles del nuevo calendario de Artemis se ha publicado en la web de la NASA.







