Las últimas muestras del asteroide Bennu, el mismo del que ya hemos hablado cuando se le señaló como posible pieza clave en el origen de la vida, acaban de obligar a la ciencia a revisar su guion. Un nuevo estudio revela que algunos aminoácidos no se formaron en aguas templadas, sino en hielos extremadamente fríos bañados por radiación en los confines del sistema solar temprano.
La clave está en unos pocos granos de polvo recogidos por la misión OSIRIS REx de la NASA. La nave tocó la superficie de Bennu y trajo a la Tierra material prácticamente intacto, con una edad cercana a los cuatro mil seiscientos millones de años. Es la materia prima con la que se formaron los planetas y, quizá, los ingredientes de la biología.
Un equipo liderado por la geocientífica Allison Baczynski, de la Universidad Estatal de Pensilvania, ha analizado ese polvo con técnicas capaces de medir trazas diminutas de carbono y nitrógeno dentro de los aminoácidos. Lo que han visto en la glicina y en otros compuestos no encaja con el modelo clásico de química prebiótica que se enseña desde hace décadas. Entonces, ¿qué nos está diciendo exactamente Bennu?
Un asteroide que enfría la historia de los aminoácidos
Hasta ahora, muchos modelos suponían que aminoácidos sencillos, como la glicina, se formaban sobre todo mediante reacciones tipo Strecker en presencia de agua líquida y temperaturas moderadas. Esa imagen encajaba bien con meteoritos ricos en carbono y con experimentos de laboratorio. Además, NASA ya había mostrado que las rocas de Bennu guardan catorce de los veinte aminoácidos que utilizan los seres vivos y las cinco bases del ADN y del ARN, un catálogo que suena a menú completo de química de la vida.
El nuevo trabajo va un paso más allá. No se limita a contar moléculas, sino que reconstruye cómo y dónde se fabricaron. Los patrones de isótopos en la glicina apuntan a que, en Bennu, gran parte de ese aminoácido se formó en hielos muy fríos irradiados, lejos del Sol, y no en charcos templados. Es coherente con otros estudios que han descrito en las muestras compuestos orgánicos complejos y compuestos orgánicos prebióticos, así como azúcares esenciales y una curiosa goma espacial rica en nitrógeno y oxígeno que se habría formado cuando el cuerpo progenitor de Bennu empezó a calentarse.
Qué revelan los isótopos frente a meteoritos clásicos
Para interpretar estas señales, el equipo comparó las muestras de Bennu con aminoácidos procedentes del meteorito de Murchison, una roca caída en Australia en mil novecientos sesenta y nueve y convertida en referencia para estudiar química orgánica extraterrestre. En Murchison, la firma isotópica encaja bastante bien con una formación en presencia de agua líquida en un entorno más templado. En Bennu, en cambio, los átomos pesados de carbono y nitrógeno están distribuidos de forma muy distinta, lo que indica un origen en hielos irradiados antes de que el asteroide sufriera procesos acuosos posteriores.
Los investigadores también midieron el nitrógeno en las dos versiones especulares del ácido glutámico y encontraron diferencias claras entre ambas. Ese detalle técnico tiene una consecuencia incómoda para la teoría, porque se asumía que los pares en espejo compartían prácticamente la misma firma isotópica. Otros trabajos sobre aminoácidos meteóricos y su diversidad ya habían avisado de que la historia química de cada cuerpo puede ser muy distinta, pero Bennu añade ahora un caso extremo a la lista.
Un sistema solar lleno de caminos químicos
En conjunto, los resultados pintan un sistema solar primitivo mucho más creativo de lo que pensábamos. En el mismo asteroide conviven aminoácidos formados en hielos casi interestelares, compuestos que delatan interacción con agua líquida y restos de núcleobases y azúcares. No prueba que la vida surgiera fuera de la Tierra y viajara en rocas, pero sí refuerza la idea de que los ingredientes se fabrican en muchos rincones del espacio y pueden llegar pegados a asteroides y a cometas oscuros que cruzan nuestra órbita.
Para quien mira todo esto desde la Tierra, la pregunta práctica es sencilla. ¿Importa realmente que la glicina de un asteroide se haya formado en hielo o en agua templada? Importa porque nos dice que las rutas que llevan desde moléculas simples a moléculas biológicas son más variadas de lo que creíamos. Si hoy nos preocupa cómo proteger el planeta de impactos, también interesa saber qué traen esos visitantes, igual que ya hemos visto con pequeñas cuasi lunas que quedan atrapadas temporalmente por nuestra gravedad.
Implicaciones para el origen de la vida en la Tierra
La Tierra primitiva no era un laboratorio aislado. Recibía impactos de asteroides cargados de agua, hielo y compuestos orgánicos, además de material procedente de cometas y de otros cuerpos que viajaban por el vecindario cósmico. Si hoy seguimos detectando señales que llegan desde el espacio profundo, es precisamente porque esos mensajeros guardan información sobre las condiciones en las que se forman y evolucionan los ingredientes de la vida.
Un primer vistazo a un archivo cósmico que aún se está abriendo
Los autores del estudio insisten en que se trata de un primer paso. Solo se ha analizado una pequeña fracción del material disponible y ya han aparecido señales sorprendentes, como la diferencia de nitrógeno entre las dos versiones en espejo del ácido glutámico. A medida que se estudien más fragmentos de Bennu y se comparen con otros meteoritos, como los procedentes de antiguos cometas o de asteroides con más agua, será posible saber si este patrón frío es común o si Bennu es una rareza.
En el fondo, lo que emerge es una imagen del sistema solar primitivo llena de idas y venidas. Polvo que nace en regiones heladas, se compacta en asteroides, se calienta, se rompe y vuelve a ensamblarse antes de terminar cayendo sobre planetas como el nuestro. Las futuras misiones a otros asteroides y a visitantes como el cometa interestelar 3I ATLAS ayudarán a comprobar si Bennu es una pieza aislada o parte de un patrón más amplio.
Para quienes siguen de cerca el origen de la vida, la moraleja es clara en buena medida. No basta con un único escenario cómodo en una Tierra joven, hay que pensar en un mosaico de entornos fríos y calientes conectados por impactos repetidos durante millones de años.
El estudio oficial ha sido publicado en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences PNAS.
Foto: NASA










