La psicología sugiere que las personas que crecieron en las décadas de 1960 y 1970 no son más fuertes mentalmente, simplemente no piden ayuda porque les educaron para ser fuertes y no quejarse

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Publicado el: 29 de mayo de 2026 a las 20:09
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Hombre mayor pensativo representando a la generación de los años 60 y 70 y el silencio emocional

Quienes crecieron en las décadas de 1960 y 1970 aprendieron muchas cosas muy pronto. A volver solos del colegio, a pasar la tarde en la calle, a no quejarse demasiado y a resolver los problemas como se pudiera. En muchos hogares, las emociones no se nombraban. Se tragaban.

Ahora, con más distancia, la psicología ayuda a entender una parte de ese patrón. No se trata de decir que toda una generación sea igual, ni de convertir la infancia de nadie en un diagnóstico. Pero varios estudios sobre salud mental, estigma y búsqueda de apoyo señalan algo importante. Cuando una persona aprende durante años que pedir ayuda es molestar, fallar o parecer débil, luego no siempre sabe hacerlo cuando realmente lo necesita. Una revisión publicada en BMC Geriatrics recoge que las personas mayores suelen preferir apoyos informales antes que ayuda profesional, y que el estigma y las creencias negativas sobre los servicios de salud mental figuran entre las barreras más habituales.

Una infancia hecha de aguante

La España de los años 60 y 70 no se parecía mucho a la actual. Había menos conversación emocional, menos recursos psicológicos y una educación más rígida en muchos hogares y colegios. La frase «no llores» era más común que «cuéntame qué te pasa».

Eso marcó una forma de crecer. Muchos niños aprendieron a gestionar el miedo, la vergüenza o el enfado sin demasiada explicación adulta. A veces funcionaba. Otras veces solo enseñaba a esconder lo que dolía.

¿El resultado? Una generación con mucha capacidad para resistir, pero con dificultades para parar y decir «no puedo más». No es poca cosa.

Cuando pedir ayuda parecía una debilidad

Durante años, pedir apoyo psicológico no era una opción normalizada para muchas familias. Los problemas se hablaban con un amigo, con un hermano, con el médico de cabecera o directamente no se hablaban. «Hay que tirar para adelante» era casi una norma no escrita.

La psicología explica que ese aprendizaje puede quedarse dentro durante décadas. Si una persona ha asociado la fortaleza con no necesitar a nadie, pedir ayuda puede sentirse como una pérdida de control. Incluso cuando sabe, racionalmente, que no lo es.

Aquí aparece una de las claves. El estigma no siempre llega en forma de insulto o rechazo abierto. A veces llega en frases pequeñas, repetidas durante años. «Eso son tonterías», «no hagas un drama», «otros están peor». Y eso se queda.

El estigma sigue pesando

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos explican que el estigma en salud mental puede retrasar o impedir que una persona busque atención. También puede hacer que abandone un tratamiento antes de tiempo.

En la práctica, esto significa que alguien puede estar pasando ansiedad, tristeza, duelo o agotamiento y aun así convencerse de que «ya se le pasará». No porque no sufra, sino porque ha aprendido a no darle espacio a ese sufrimiento.

Esto se ve mucho en personas que rondan ahora entre los 50 y los 70 años. No siempre usan palabras como ansiedad o depresión. Pueden hablar de nervios, cansancio, insomnio, presión en el pecho o falta de ganas. El cuerpo acaba diciendo lo que la boca no se atreve.

La autosuficiencia tiene dos caras

Ser autosuficiente no es malo. Al contrario, puede ser una herramienta muy valiosa. Ayuda a organizarse, a tomar decisiones y a no venirse abajo ante el primer obstáculo.

El problema aparece cuando esa autosuficiencia se convierte en una cárcel. Cuando nadie puede ayudar porque «yo puedo solo». Cuando delegar parece una derrota. Cuando hablar de lo que pasa por dentro da más vergüenza que seguir cargando con todo.

Un estudio publicado en Rural and Remote Health analizó la relación entre estoicismo, actitudes hacia los profesionales de salud mental e intención de pedir ayuda. Sus resultados apuntan a que el estoicismo y las actitudes hacia los servicios psicológicos influyen en la disposición a buscar apoyo profesional. El trabajo se hizo en Australia, así que no se puede trasladar sin matices a España, pero ayuda a entender el mecanismo. Aguantar mucho no siempre significa estar bien.

La salud mental ya no se mira igual

España también ha cambiado mucho. La salud mental empezó a integrarse de forma más clara en el sistema sanitario general con la Ley General de Sanidad de 1986, que recogió la atención comunitaria, la hospitalización en hospitales generales y la coordinación con servicios sociales para los problemas de salud mental.

Ese cambio institucional no borró de golpe las creencias familiares ni el pudor social. Pero abrió otra etapa. Poco a poco, ir al psicólogo dejó de verse solo como algo extremo y empezó a entenderse como una forma de cuidado.

Aun así, el camino no está terminado. El Barómetro Sanitario 2025 del Ministerio de Sanidad señala que el 19,9 % de la población adulta manifestó haber necesitado consultar a un profesional sanitario en el último año por un problema de salud mental o malestar psicológico o emocional. Entre quienes fueron atendidos en la sanidad pública, una parte importante pasó por el médico de familia, psiquiatría o psicología.

Aprender a pedir apoyo también es madurar

Para muchas personas de esta generación, el gran reto no es hacerse fuertes. Eso ya lo hicieron. El reto ahora es permitirse ser vulnerables sin sentir culpa.

Pedir ayuda no borra la historia personal. No quita mérito a todo lo que alguien ha superado. Más bien permite vivir con menos peso encima. Como quien por fin deja una bolsa en el suelo después de cargarla durante kilómetros.

También cambia la forma de relacionarse con los hijos y los nietos. Cuando un adulto reconoce que está cansado, triste o sobrepasado, transmite algo poderoso. Enseña que la fortaleza no consiste en callarlo todo, sino en saber cuándo apoyarse en alguien.

No todo se arregla aguantando

La psicología insiste en una idea sencilla. No hace falta tocar fondo para pedir ayuda. Se puede hablar antes, consultar antes y compartir antes. Igual que nadie espera a no poder andar para mirar una lesión, tampoco habría que esperar a romperse por dentro para cuidar la salud mental.

Esto no significa convertir cualquier mal día en una enfermedad. Significa distinguir entre una mala racha normal y un malestar que se alarga, limita la vida o hace que una persona deje de disfrutar, dormir, comer bien o relacionarse como antes.

Muchos de quienes crecieron en los 60 y 70 aprendieron a sobrevivir con pocos recursos emocionales. Ahora tienen la oportunidad de aprender otra cosa. Vivir sin sentir que tienen que poder siempre con todo.

La revisión científica completa sobre barreras y facilitadores para que las personas mayores busquen ayuda profesional en salud mental ha sido publicada en BMC Geriatrics.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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