Algo en los confines del sistema solar está tirando de los hilos de la gravedad. Esa es la conclusión a la que apunta un nuevo estudio presentado a la Royal Astronomical Society y publicado en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society: Letters, donde un equipo de astrónomos propone que podría existir un planeta invisible, apodado de forma provisional “Planeta Y”, más allá de Neptuno.
Qué han visto en el cinturón de Kuiper
La imagen clásica del sistema solar es la de un disco bastante plano, con los planetas, asteroides y cometas moviéndose más o menos sobre el mismo plano. Pero al analizar el plano medio del Cinturón de Kuiper, esa gran región de objetos helados más allá de Neptuno, los investigadores han encontrado una desviación clara respecto al plano “invariante” que se consideraba de referencia.
Un equipo de la Universidad de Princeton encabezado por el astrofísico Amir Siraj ha desarrollado un método nuevo para medir ese plano medio reduciendo al máximo los sesgos de observación. En lugar de limitarse a promediar órbitas, han construido un modelo estadístico que tiene en cuenta cómo y dónde se observan realmente esos cuerpos. Aplicado a un conjunto de 154 objetos transneptunianos no resonantes, el análisis revela un “warp” o deformación del plano entre unas 80 y 400 unidades astronómicas, con una confianza estadística cercana al 98 %.
En distancias más cercanas, entre 50 y 80 unidades astronómicas, el plano se comporta como se esperaba. Es decir, donde manda la gravedad de los planetas conocidos todo encaja bastante bien. El problema empieza más lejos, donde la curvatura deja de cuadrar con lo que deberían producir solo Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
Un retrato preliminar del “Planeta Y”
Si esa deformación no es una casualidad estadística, algo tiene que estar manteniéndola durante miles de millones de años. Las simulaciones numéricas del equipo prueban distintos escenarios y convergen en un candidato bastante concreto. Hablamos de un mundo de masa intermedia, entre la de Mercurio y la de la Tierra, probablemente rocoso o helado, que orbitaría el Sol en el rango de 100 a 200 unidades astronómicas.
A esa distancia el Sol no se ve como un disco brillante, sino como una estrella más en un cielo negro y frío. Allí fuera, el “Planeta Y” actuaría como un pastor gravitatorio invisible, forzando poco a poco la inclinación media de los pequeños bloques de hielo y roca del cinturón de Kuiper. El resultado es ese plano ligeramente torcido que los astrónomos han medido ahora con más precisión.
Conviene no mezclar este candidato con el famoso Planeta Nueve o Planeta X. Ese otro mundo hipotético sería mucho más masivo y se situaría bastante más lejos. En el trabajo de Siraj y sus colegas, el planeta que mejor encaja para explicar la deformación del cinturón es más pequeño y más cercano, lo que encajaría bien con un cuerpo que hasta ahora haya pasado desapercibido en los sondeos tradicionales.
Aún no es “nuevo planeta”, es una pista fuerte
¿Significa esto que ya tenemos otro planeta en el barrio y que solo falta apuntar el telescopio adecuado para verlo? Todavía no. Los propios autores subrayan que el “warp” podría diluirse cuando se descubran muchos más objetos lejanos, igual que ocurrió con deformaciones anteriores que parecían muy sólidas con catálogos pequeños. La señal es estadísticamente significativa, pero sigue siendo moderada y podría deberse, en parte, a que la muestra aún es limitada.
Además, hay un detalle importante. Para que la deformación se mantenga durante la vida del sistema solar, hace falta una especie de “pastoreo” gravitatorio continuo. Las simulaciones muestran que un planeta con semieje mayor entre 100 y 200 unidades astronómicas e inclinaciones de órbita superiores a unos 10 grados reproduce bien el efecto sin desordenar otras zonas del cinturón. Pero también dejan abierta la puerta a cuerpos menos masivos, tipo Plutón, que en algunos casos pueden generar algo parecido.
El papel del Observatorio Vera C. Rubin
La gran esperanza para salir de dudas se llama Observatorio Vera C. Rubin. Su cartografiado del cielo, conocido como Legacy Survey of Space and Time, barrerá una y otra vez las mismas zonas durante años, descubriendo miles de nuevos objetos en el cinturón de Kuiper y más allá. El propio estudio apunta a que estos datos permitirán confirmar o descartar la deformación del plano y, con suerte, delatar al planeta responsable si realmente existe.
Para el lector de a pie, la pregunta lógica es si este posible planeta supone algún riesgo para la Tierra. Todo indica que no. Estamos hablando de órbitas lejanas, muy estables en escalas de tiempo humanas. Lo que sí está en juego es algo diferente. Saber si el sistema solar es tan plano y ordenado como pensábamos o si, en realidad, oculta todavía vecinos silenciosos en sus arrabales helados. Y eso, para la ciencia, no es poca cosa.
El estudio científico en el que se describen estas conclusiones ha sido publicado en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society.









