La idea parecía una rareza matemática durante décadas, incluso para su autor. Sin embargo, en apenas una generación la astrofísica ha pasado de discutir si los agujeros negros “podían” existir a medir su entorno con una precisión inédita. Se han fotografiado sus sombras, se han “escuchado” sus fusiones en forma de ondas gravitacionales y se observa su actividad en el infrarrojo con telescopios como el James Webb. El balance es paradójico. Cuanto más cerca se mira, más nítida aparece la frontera del fenómeno y más opaca sigue la pregunta central sobre qué ocurre más allá.
De una ecuación a una imagen real
Albert Einstein publicó en 1939 un trabajo en el que defendía que ciertos colapsos no llegarían a formar singularidades físicas, con una frase que quedó como síntoma de su escepticismo ante las consecuencias extremas de sus propias ecuaciones. «El resultado esencial de esta investigación es una comprensión clara de por qué las “singularidades de Schwarzschild” no existen en la realidad física».
La historia tomó otro camino. En 2019, la colaboración del Event Horizon Telescope (EHT) publicó la primera imagen de la “sombra” de un agujero negro, M87, en el centro de la galaxia Messier 87. Después, en mayo de 2022, el mismo consorcio presentó la imagen de Sagitario A, el agujero negro supermasivo del centro de la Vía Láctea, un objetivo especialmente complejo por su variabilidad y por estar “a la vuelta de la esquina” en términos astronómicos.
Lo importante de estas fotografías no es que “muestren” el agujero negro en sí mismo, sino el contorno luminoso del gas caliente que cae y se acelera alrededor del horizonte de sucesos. Es un logro técnico, pero también una comprobación experimental. La geometría observada encaja con lo que la relatividad general predice para objetos extremadamente compactos.
El nuevo oído del cosmos
Si el EHT ha dado una imagen, los interferómetros de ondas gravitacionales han aportado un sentido distinto. La primera detección directa de ondas gravitacionales (señal GW150914) se registró el 14 de septiembre de 2015 y se anunció el 11 de febrero de 2016. La señal correspondía a la fusión de dos agujeros negros y abrió una nueva ventana para estudiar fenómenos que no dependen de la luz.
Diez años después, el catálogo ya no es anecdótico. La colaboración LIGO Virgo KAGRA ha acumulado del orden de cientos de fusiones de agujeros negros, y ese volumen empieza a permitir pruebas cada vez más finas sobre la física de estos sistemas, incluida evidencia observacional relevante para teoremas clásicos de la relatividad sobre el área de los agujeros negros.
Esta “astronomía gravitacional” no sustituye a la observación electromagnética, la completa. Permite medir masas y espines, reconstruir poblaciones de objetos compactos y poner límites a escenarios de formación. También obliga a reescribir intuiciones. Los agujeros negros dejan de ser únicamente “devoradores” y pasan a ser piezas centrales de una historia más amplia sobre cómo crecen las galaxias, cómo se reorganiza la materia y qué papel juega la gravedad cuando opera al límite.
Lo que aún no sabemos
En el núcleo del problema persiste un hecho sencillo. Nadie observa directamente el interior. Y ahí es donde chocan las dos grandes descripciones de la naturaleza, la relatividad general y la mecánica cuántica. La radiación de Hawking, propuesta en 1974, es una de las ideas que promete tender un puente, pero sigue sin detección directa en condiciones astrofísicas.
El debate sobre la información que cae en un agujero negro es otro eje de fricción. En 2004, Stephen Hawking concedió públicamente una apuesta con el físico John Preskill sobre este asunto, un episodio que se convirtió en símbolo de una discusión técnica que sigue viva. Y el propio Hawking dejó formulado el problema con una mezcla de divulgación y provocación científica al señalar que los agujeros negros “no son prisiones eternas”.
Mientras tanto, el trabajo empírico continúa alrededor del borde. El James Webb ha permitido seguir con más detalle la actividad de Sagitario A, con variabilidad y destellos que ayudan a modelar cómo se organiza el gas bajo campos gravitatorios y magnéticos extremos. La frontera se ilumina. El interior, por ahora, permanece como la región donde las ecuaciones más exitosas de la física dejan de hablar el mismo idioma.








