Los aviones comerciales modernos no llevan el combustible “metido” en un gran bidón dentro del fuselaje. Lo habitual es que el propio ala funcione como depósito integrado, un diseño que reduce peso, mejora el equilibrio del avión y disminuye esfuerzos estructurales. Esa arquitectura está regulada con requisitos estrictos de certificación y de prevención de riesgos en el sistema de combustible.
Depósitos integrales en las alas (integral fuel tanks) y ahorro de peso
La primera razón es simple y muy poco glamurosa (peso). Si el ala ya es una gran estructura hueca, convertir parte de esa “caja” en depósito evita instalar tanques independientes, con sus soportes, carcasas y refuerzos. Ese ahorro se convierte en eficiencia operativa, porque cada kilo que no se sube al avión es un kilo menos que hay que sostener en el aire.
En la industria, este concepto se conoce como depósitos integrales y está ligado a guías técnicas sobre cómo sellar y mantener estructuras que contienen combustible.
La física que manda (alivio de flexión y fatiga del ala)
En vuelo, la sustentación “empuja” el ala hacia arriba. Si el combustible está dentro del ala, su peso actúa hacia abajo y compensa parte de esa flexión. El efecto práctico es que se reduce el esfuerzo en la raíz del ala (la zona donde el ala se une al fuselaje), lo que ayuda a controlar la fatiga estructural con el paso de los ciclos de vuelo.
Este razonamiento no sustituye al diseño estructural, pero sí explica por qué, a igualdad de alcance, distribuir masa en las alas suele ser más amable con el avión que concentrarla en el fuselaje.
Centro de gravedad y estabilidad (por qué no conviene “subir” el combustible al fuselaje)
El combustible no solo pesa, también se mueve. Guardarlo principalmente en el fuselaje complicaría el control del centro de gravedad a medida que se consume, y exigiría más tuberías, bombas y gestión para llevarlo hasta los motores. En cambio, el ala está cerca de donde el combustible se usa, lo que simplifica parte del sistema y ayuda a mantener el equilibrio lateral, siempre que ambos lados se mantengan parejos.
Las normas de certificación obligan, además, a que el sistema garantice flujo y seguridad en múltiples condiciones de operación, con requisitos específicos para prevenir riesgos de ignición en tanques y líneas.
Secuenciación del combustible (por qué suele gastarse antes el tanque central)
Cuando un avión incorpora tanque central en el fuselaje, lo común es consumir ese combustible primero y conservar el de las alas más tiempo. La lógica vuelve a ser estructural y de equilibrio. Mantener combustible en el ala aporta alivio de flexión y estabilidad, mientras que vaciar el tanque central reduce masa total sin “desarmar” ese contrapeso natural del ala.
Esa gestión se hace de forma automatizada o con procedimientos operativos, vigilando dos cosas (balance lateral y centro de gravedad) para que la diferencia entre alas no obligue a volar con correcciones aerodinámicas que añaden resistencia.
El combustible también enfría sistemas (y por eso no puede apurarse sin más)
En ciertos diseños, el combustible cumple un papel térmico, actuando como sumidero de calor en intercambiadores para mantener temperaturas dentro de márgenes. Por eso, la operación real no consiste en “vaciar todo lo que se pueda” lo antes posible, sino en cumplir límites de seguridad, rendimiento y certificación.
De la ingeniería al debate climático (queroseno, SAF y regulación)
Esta arquitectura explica dónde se guarda el combustible, no qué combustible debería usarse en el futuro. Ese debate se está desplazando hacia los combustibles sostenibles de aviación, con presión regulatoria europea y planes industriales para aumentar su producción.
En ese terreno, la discusión sobre el SAF se ha convertido en un eje de la transición del sector, con mensajes sobre criterios de sostenibilidad y despliegue. También se han publicado análisis sobre cómo acelerar la descarbonización de la aviación, con el foco puesto en las emisiones. Y, en paralelo, Bruselas ha puesto sobre la mesa planes para ampliar la oferta de combustibles sostenibles en los próximos años, con especial atención a los e-fuels.
En resumen, el combustible va en las alas porque ahí “trabaja” a favor del avión. Ahorra peso de diseño, reduce esfuerzos estructurales, ayuda a mantener el equilibrio y simplifica el sistema, siempre bajo reglas de certificación muy estrictas de organismos como la FAA y la EASA, en un sector que además explora vías como la electrificación.
El documento oficial ha sido publicado en eCFR.








