El animal, identificado como Panagrolaimus kolymaensis, recuperó la actividad en laboratorio y su genoma apunta a mecanismos de resistencia compartidos con especies modelo
Un gusano microscópico hallado en el permafrost de Siberia ha vuelto a moverse tras pasar unos 46.000 años en un estado de latencia extrema, un episodio que obliga a matizar lo que entendemos por “vida en pausa” y, sobre todo, qué condiciones permiten que un organismo llegue entero al presente. El trabajo, publicado en PLOS Genetics, describe a este nematodo como una especie nueva para la ciencia, bautizada Panagrolaimus kolymaensis.
El hallazgo no consiste en “descongelar” un animal como quien activa un interruptor, sino en documentar que una población de estos gusanos permaneció en criptobiosis durante decenas de milenios, con el metabolismo reducido a un mínimo funcional, y que tras el descongelado controlado reanudó su actividad. La datación por radiocarbono, aplicada a material asociado a la muestra, sitúa esa latencia en el Pleistoceno tardío, un detalle clave para separar el asombro del titular fácil.
La investigación también aporta un elemento menos llamativo pero más importante para la biología. La comparación genética sugiere que este nematodo comparte “herramientas” de supervivencia con Caenorhabditis elegans, el organismo de referencia en miles de laboratorios, lo que abre la puerta a estudiar con precisión qué moléculas protegen células y tejidos cuando falta el agua, baja la temperatura o escasea el oxígeno.
El equipo de la Universidad de Colonia, implicado en el análisis genómico, subraya que el reto no fue solo medir la edad del material, sino demostrar que se trataba de una especie distinta y describirla con rigor. Esa parte, más lenta, es la que convierte una anécdota viral en conocimiento acumulable, y evita que el fenómeno quede reducido a una curiosidad de laboratorio.
La historia, además, se cruza con una cuestión de fondo que va mucho más allá de la zoología. El permafrost funciona como archivo del clima y de la vida, y su degradación por el calentamiento global está alterando ese equilibrio. No es lo mismo “revivir” un nematodo en condiciones controladas que liberar organismos y procesos biogeoquímicos en un ecosistema que se descongela a mayor ritmo, con impactos potenciales sobre emisiones de carbono y estabilidad del suelo.
Queda también por conocer qué componentes concretos sostienen esa resistencia durante tanto tiempo, qué parte del proceso es extrapolable a otras especies y cuáles son los límites reales. La investigación apunta aplicaciones plausibles en crioconservación, desde la preservación de muestras biológicas hasta mejoras en el almacenamiento de tejidos, aunque ese salto tecnológico todavía requiere años de verificación y pruebas.
En este punto, el caso de Panagrolaimus kolymaensis sirve también como recordatorio de que los suelos helados no solo conservan organismos, sino que condicionan procesos que pueden aflorar cuando el terreno pierde estabilidad, como han mostrado estudios y observaciones recientes en Siberia.







