Un estudio con 25 000 adolescentes cuestiona que las redes sociales sean la causa principal de su mala salud mental
En muchos hogares la escena se repite, discusiones por las horas frente a la pantalla. Durante años se ha instalado la idea de que TikTok, Instagram o los videojuegos están detrás de la ola de ansiedad y depresión entre los adolescentes. ¿De verdad son las redes sociales el origen de todos los males? Un nuevo estudio longitudinal realizado en el Reino Unido, con 25 629 estudiantes, no ha encontrado pruebas de que pasar más tiempo en redes o jugar más provoque por sí solo más síntomas de malestar emocional un año después.
La investigación, liderada por la Universidad de Mánchester dentro del proyecto #BeeWell, se ha centrado en lo que la psicología llama síntomas internalizantes, sentimientos de tristeza, preocupación o ansiedad que pesan en el día a día. El equipo ha analizado cómo se relacionan a lo largo del tiempo esos síntomas con el uso de redes sociales y con la frecuencia de los videojuegos.
Cómo se ha hecho el estudio
Durante tres cursos escolares, miles de estudiantes del Gran Mánchester completaron cuestionarios anónimos en sus centros. Indicaron cuánto tiempo dedicaban a redes sociales, con qué frecuencia jugaban a videojuegos y hasta qué punto se sentían preocupados, tristes o nerviosos. Con estos datos, el equipo aplicó un modelo estadístico que separa las diferencias estables entre jóvenes de los cambios dentro de cada persona de un año a otro.
Qué han encontrado
Los resultados principales son claros. Ni en chicas ni en chicos se observó que dedicar más tiempo a redes sociales en un curso se tradujera en más síntomas de ansiedad o depresión al año siguiente. Tampoco que jugar más a videojuegos pronosticara un empeoramiento posterior del estado emocional. Sí aparecieron asociaciones pequeñas en un mismo momento, jóvenes que ya se sentían peor tendían a usar un poco más las redes, pero sin que esto cambiara su trayectoria un año después.
El análisis mostró además diferencias por género. Entre las chicas, jugar con más frecuencia en el segundo año se relacionó con dedicar menos tiempo a redes sociales en el tercero, señal de que juegos y redes compiten por el poco tiempo libre. En los chicos ocurrió otra cosa, quienes presentaban más síntomas de malestar en el segundo año fueron después quienes dijeron jugar menos, algo que encaja con la pérdida de interés típica de la depresión.
El equipo probó también a separar uso activo de redes, como chatear o publicar, y uso pasivo, como deslizarse sin parar por el muro. La foto general apenas cambió, ni el uso activo ni el pasivo se comportaron como un gran factor de riesgo por sí mismos. Solo aparecieron efectos pequeños, ligeras variaciones posteriores en el tiempo de juego o en el uso pasivo en algunos grupos, sin un patrón claro.
Qué significa para familias y escuelas
Para madres, padres y profesorado este trabajo lanza un mensaje matizado. No basta con contar horas de pantalla ni tiene sentido convertir el móvil en el “chivo expiatorio” de todos los problemas. La discusión sobre si se apagan las pantallas antes de cenar seguirá existiendo, pero los datos sugieren que la tecnología digital, al menos en promedio, no es la causa principal de las dificultades de salud mental en la adolescencia temprana.
Eso no significa que todo valga ni que se pueda bajar la guardia. El estudio se basa en cuestionarios y en mediciones anuales, de modo que no captura los altibajos del día a día ni permite identificar qué videojuegos o qué plataformas sociales pueden resultar más problemáticos. Una noche entera leyendo comentarios hirientes o una racha de insomnio por quedarse hasta tarde con el chat pueden hacer daño aunque no aparezcan reflejados en promedios anuales.
En la práctica, el mensaje es sencillo, más que demonizar las pantallas, merece la pena acompañar a los adolescentes, hablar de cómo se sienten en redes, pactar límites razonables a horas de uso nocturno y cuidar otros pilares de su salud como el sueño, la actividad física y las relaciones presenciales. El debate sobre tecnología y salud mental seguirá presente, pero conviene que se apoye en la mejor evidencia disponible y no solo en el miedo.
El estudio completo se ha publicado en la revista Journal of Public Health.







