No fue Google ni OpenAI: el barrio chileno que respondió más de 25 mil preguntas del mundo sin usar inteligencia artificial ni gastar agua

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Por HoyECO
Publicado el: 18 de febrero de 2026 a las 07:54
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Vecinos de Quilicura sostienen ordenadores dentro del agua durante la acción Quili.AI contra el consumo hídrico de la IA.

Más de medio centenar de vecinos respondieron unas 25.000 consultas llegadas de decenas de países en una acción impulsada por la Corporación NGEN, en un territorio marcado por la sequía y la expansión de los centros de datos

La comuna chilena de Quilicura, al norte de Santiago, ensayó esta semana una imagen pensada para incomodar a la época. Durante una jornada, la comunidad “apagó” simbólicamente la inteligencia artificial y la reemplazó por un “servidor humano” bautizado como Quili.ai. La operación, impulsada por la Corporación NGEN, movilizó a más de 50 vecinos que atendieron miles de preguntas en tiempo real, desde dudas domésticas hasta consultas emocionales o peticiones de dibujos, con el objetivo de visibilizar un coste poco visible del auge digital: el agua necesaria para refrigerar los centros de datos.

Según el balance difundido por los organizadores y recogido por medios locales e internacionales, el “chatbot humano” procesó alrededor de 25.000 interacciones procedentes de 68 países. En la mayoría de los relatos, la dinámica se parece más a una conversación lenta que a la respuesta instantánea de un asistente automatizado. La iniciativa subraya, precisamente, esa diferencia. Si la IA se mide por velocidad y escala, Quili.ai buscó deliberadamente lo contrario: fricción, contexto y un recordatorio de que lo “gratis” en internet suele pagarse en otra parte.

La premisa que sostiene el gesto es polémica y, a la vez, eficaz para abrir debate. NGEN y varias crónicas atribuyen a cada consulta a un chatbot un consumo de entre 0,5 y 2 litros de agua, ligado sobre todo a la refrigeración de los centros de datos. Es un rango que circula desde hace meses en artículos divulgativos y notas periodísticas, a menudo apoyado en estimaciones académicas que traducen consumo agregado a una cifra por interacción (como el trabajo “Making AI Less ‘Thirsty’” en arXiv). La comparación es llamativa, pero conviene enmarcarla. Otras aproximaciones públicas, incluida una afirmación del consejero delegado de OpenAI, Sam Altman, han defendido órdenes de magnitud mucho menores para una consulta promedio (según su entrada en blog). La falta de transparencia homogénea y la dependencia del lugar (no es igual enfriar con aire seco que con agua en zonas de estrés hídrico) alimentan esa dispersión.

En Quilicura, el debate no es abstracto. La comuna se ha convertido en un símbolo de la tensión entre la economía digital y los recursos locales. Chile lleva más de una década arrastrando una sequía prolongada, y el área metropolitana de Santiago ha visto crecer la conversación pública sobre infraestructuras intensivas en energía y agua. En ese contexto, la acción vecinal apunta a un cambio de foco. No se trata de demonizar la tecnología, insistió la organización a varios medios, sino de poner números y territorio a un impacto que suele quedar fuera de pantalla.

La vocera de la actividad, Lorena Antimán, resumió el mensaje en una frase que los organizadores han repetido: “la invitación no es ir en contra de la tecnología”, sino comprender “la huella hídrica detrás de cada clic”. La campaña combinó esa advertencia con un elemento comunitario que explica parte de su eco mediático. Entre los participantes había perfiles diversos (enfermeras, traductoras, aficionados al fútbol, adolescentes encargados de redes sociales, adultos mayores con recetas familiares), un reparto pensado para reivindicar algo que los promotores presentan como irremplazable por un modelo estadístico: la experiencia situada y la empatía.

La elección de Quilicura también funciona como relato sobre la globalización de una conversación local. Las preguntas, según la convocatoria, llegaron desde países tan distintos como Japón, Emiratos Árabes Unidos, Finlandia o Estados Unidos. La paradoja es evidente. Una comunidad periférica, con problemas propios de abastecimiento y desigualdad urbana, se conecta durante unas horas con una audiencia global para explicar que la digitalización no flota en la nube, sino que descansa en infraestructuras físicas que consumen recursos del mundo real.

La discusión sobre el agua de la IA no tiene una cifra única y, en parte, por eso estas acciones ganan terreno. Las estimaciones por consulta dependen del modelo, del tipo de tarea, del diseño del centro de datos y de su sistema de refrigeración. También dependen de cómo se reparte el consumo total entre usuarios y operaciones, un cálculo que exige datos internos que las compañías rara vez publican de forma comparable. Lo que sí es estable es la tendencia. El crecimiento de la demanda computacional y la construcción de centros de datos, unido a episodios de estrés hídrico en distintas regiones, ha empujado a universidades y analistas a pedir más transparencia y métricas estandarizadas (como han sintetizado publicaciones académicas y de divulgación técnica en la ACM).

En ese escenario, Quili.ai opera menos como sustituto real y más como protesta pedagógica. Un “apagón” de ocho o doce horas (según la fuente) no cambia la curva tecnológica, pero sí puede alterar una conversación pública. La iniciativa plantea una pregunta incómoda, formulada en clave doméstica. Si lo que se busca es una receta de queque, una recomendación turística o una duda menor, ¿tiene sentido disparar una cadena industrial de servidores a miles de kilómetros, o basta con preguntar al lado? Y si la IA se usa, ¿debería exigirse que su coste ambiental sea medible, auditable y discutido con la misma naturalidad con la que se compara su rendimiento?

Ese cambio de escala, del clic al territorio, es el núcleo de la operación. Lo demás, el componente viral, la rareza del “chatbot humano”, la avalancha de consultas internacionales, es el envoltorio. En tiempos de automatización acelerada, Quilicura ha encontrado una forma sencilla de introducir una idea compleja en el debate público sin tecnicismos. Y lo ha hecho recurriendo a un principio periodístico elemental, también defendido en los manuales de estilo: llamar a las cosas por su nombre y explicar el contexto que la nota de prensa tiende a ocultar.

El estudio/comunicado oficial/ nota de prensa/o lo que encaje mejor/ ha sido publicado en The Clinic.

Foto: The Clinic


HoyECO

Equipo editorial de ECOticias.com (El Periódico Verde), integrado por periodistas especializados en información ambiental: naturaleza y biodiversidad, energías renovables, emisiones de CO₂, cambio climático, sostenibilidad, gestión de residuos y reciclaje, alimentación ecológica y hábitos de vida saludable.

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