Bajo la nieve perpetua de la Antártida hay algo que no da miedo por “misterioso”, sino por lo que implica para nuestras costas. Un equipo internacional ha logrado el mapa más completo hasta ahora del relieve que se esconde bajo kilómetros de hielo y lo que aparece no es un bloque uniforme, sino un continente con cordilleras, llanuras, canales y cañones tan variados como los de cualquier otra gran masa terrestre.
La clave está en un método llamado IFPA (Ice Flow Perturbation Analysis). En lugar de perforar a ciegas, “lee” pequeñas ondulaciones y cambios en el movimiento del hielo desde satélite y, con física del flujo glaciar, infiere si debajo hay un valle suave, una cresta o una cuenca profunda (como deducir lo que hay bajo una manta mirando sus pliegues). El resultado es una cartografía más continua del continente completo, especialmente valiosa donde antes había vacíos de datos por lo caro y difícil que es medir allí con campañas aerotransportadas.
¿Por qué esto importa más que una “curiosidad” geográfica? Porque el relieve subglacial funciona como el carril guía del hielo. Un lecho con montañas y escalones puede frenar y estabilizar zonas, mientras que una cuenca ancha, lisa y que se inclina hacia el interior puede facilitar que el océano penetre y acelere el retroceso de la línea de apoyo (grounding line). En otras palabras, la forma del suelo oculto ayuda a decidir qué tan rápido podría contribuir la Antártida al aumento del nivel del mar.
El mapa también pone cifras a extremos que ya intuíamos, pero ahora se contextualizan mejor. Bajo el glaciar Denman se localiza un cañón que llega a unos 3.500 metros por debajo del nivel del mar (uno de los puntos “en tierra” más profundos del planeta, aunque cubierto por hielo). En la Antártida Occidental destaca la fosa o trinchera subglacial de Bentley, con cotas alrededor de 2.500 metros bajo el nivel del mar.
Lo inquietante no es que existan “abismos” bajo el hielo, sino que muchos de estos sectores están por debajo del nivel del mar y pueden conectarse con agua relativamente más cálida si el sistema pierde su equilibrio. Eso vuelve más realista el escenario de retrocesos rápidos en algunos glaciares, aunque el detalle fino siempre dependerá de modelos, de la fricción del lecho, de la temperatura del océano y de cómo respondan plataformas de hielo que actúan como freno.
En resumen, este descubrimiento “asusta” porque reduce la incertidumbre justo en la dirección que más nos afecta. Cuanto mejor se conoce el terreno que canaliza el hielo, mejor se puede estimar qué regiones son más vulnerables, qué ritmos de pérdida de masa son plausibles y con qué ventanas temporales deberían trabajar ciudades costeras y planes de adaptación.











