La transición ecológica tiene un problema silencioso, dónde guardar la energía de los parques solares y eólicos sin disparar la factura de la luz. Un equipo de la City University of Hong Kong y de la Southern University of Science and Technology de Shenzhen ha presentado una batería de agua con electrolitos neutros y no tóxicos que ha soportado más de 120.000 ciclos de carga y descarga en laboratorio. El líquido interno usa sales de magnesio y calcio en agua con pH 7, tan inocua que los investigadores la comparan con la salmuera del tofu.
La novedad está en esa química suave. La mayoría de baterías acuosas trabajan con soluciones muy ácidas o muy alcalinas que corroen los electrodos y generan reacciones indeseadas al usarlas y al tirarlas. Aquí la mezcla neutra se combina con un electrodo negativo hecho de un polímero orgánico especial, un plástico conductor capaz de almacenar y liberar iones sin romperse con facilidad. En palabras del equipo, “la mayoría de las baterías acuosas usan electrolitos ácidos o alcalinos”, precisamente lo que este diseño quiere dejar atrás.
Según los resultados publicados en la revista Nature Communications, el prototipo mantiene prácticamente su capacidad tras 120.000 ciclos a corrientes muy elevadas, una resistencia muy por encima de las baterías de ion de litio comerciales, que suelen degradarse entre los 1.000 y los 3.000 ciclos de carga. La energía que ofrece por kilo es suficiente para almacenamiento estacionario, aunque menor que la de las mejores celdas de litio. A cambio, el sistema no es inflamable, utiliza materiales abundantes y el propio artículo indica que las celdas pueden desecharse cumpliendo normas ambientales como ISO 14001 y otras regulaciones de gestión de residuos.
¿Qué implica todo esto para quien mira de reojo la factura de la luz o piensa en un coche eléctrico? A corto plazo, poco, porque sigue siendo un prototipo de laboratorio con dudas sobre coste, producción masiva y rendimiento fuera de condiciones controladas. Pero si tecnologías como esta llegan a escalar, pueden ayudar a que la electricidad renovable no se pierda cuando hace sol o viento, a reducir la dependencia de centrales de gas de respaldo y, en consecuencia, las emisiones de CO2. Y eso no es poca cosa.
El estudio completo se ha publicado en la revista Nature Communications.











