Rusia está renovando una parte clave de su industria armamentística con maquinaria fabricada en Europa y Asia oriental. Y lo hace en plena guerra en Ucrania, con una economía cada vez más volcada en producir tanques, obuses y millones de proyectiles. ¿Qué tiene que ver esto con el medio ambiente y el clima? Bastante más de lo que parece a primera vista.
Según un análisis de Frontelligence Insight, la Fábrica Nº 9 situada en Ekaterimburgo, dentro del complejo industrial de Uralmash, está siendo modernizada con al menos 22 grandes máquinas procedentes de Italia, Alemania, Taiwán y Reino Unido. Se trata de centros de mecanizado, fresadoras, rectificadoras y máquinas de tallado de engranajes de alta precisión, no de pequeños componentes fáciles de esconder.
Esta planta fabrica cañones para los carros T 90, los obuses autopropulsados Koalitsiya y Msta, así como piezas para tanques modernizados T 62 y T 72. Es, en la práctica, uno de los corazones metálicos de la artillería rusa en la guerra de agresión contra Ucrania.
Máquinas europeas en una fábrica sancionada
Los documentos internos obtenidos por Frontelligence muestran que la modernización de la Fábrica Nº 9 se ha planificado desde al menos 2016 y que ha seguido adelante a pesar de las sanciones de la Unión Europea, Estados Unidos, Japón y otros países.
En la lista aparecen equipos de empresas de Taiwán, Italia, Alemania y Reino Unido. Entre ellos se incluyen centros de mecanizado de cinco ejes, tornos CNC de gran tamaño y máquinas de tallado de engranajes, todos pensados para trabajar acero de alta resistencia con tolerancias muy finas. Es la clase de maquinaria que se usa también en sectores civiles avanzados, desde la automoción hasta la eólica, pero que en este caso termina fabricando cañones y piezas de sistemas de artillería.
Los autores del informe concluyen que casi todas las fases críticas de producción en la planta dependen hoy de este tipo de equipos occidentales. Y eso, en el cuarto año de guerra, lanza un mensaje incómodo para Europa, que presume de liderazgo climático y al mismo tiempo intenta cortar el flujo de tecnología hacia la industria bélica rusa.
Una economía en modo guerra
Mientras tanto, la producción de munición y armamento pesado en Rusia no deja de crecer. Un testimonio presentado ante el Senado de Estados Unidos detalla que el complejo militar ruso está en condiciones de sacar en 2025 alrededor de mil quinientos tanques, tres mil vehículos blindados y unos doscientos misiles balísticos y de crucero Iskander. Además, se calcula que puede producir en torno a doscientas cincuenta mil granadas de artillería al mes, lo que le permitiría acumular un arsenal tres veces mayor que el de Estados Unidos y Europa juntos.
Aun así, esa producción no ha sido suficiente por sí sola. Investigaciones recientes muestran que Rusia importó en 2024 alrededor de dos millones de proyectiles y está construyendo una nueva planta de explosivos en Biysk, Siberia, capaz de fabricar unas seis mil toneladas de explosivos al año, suficiente para rellenar más de un millón de granadas adicionales. El proyecto ya se ha topado con problemas de permisos ambientales, lo que da una idea del volumen y la peligrosidad de la producción prevista.
En paralelo, Corea del Norte y Irán se han convertido en proveedores clave. Diversos informes de inteligencia apuntan a millones de proyectiles norcoreanos y alrededor de cuatrocientos misiles balísticos iraníes enviados a Rusia desde 2023, aunque con problemas serios de calidad y compatibilidad en parte de ese material.
Todo esto encaja con la idea de una economía en “modo guerra”, volcada en sostener un consumo de munición que sigue siendo enorme pese al auge de los drones en el campo de batalla.
El coste climático de una fábrica de cañones
La parte que a menudo queda fuera del debate es el impacto climático y ambiental de esta carrera armamentística. La Iniciativa sobre la Contabilización de GEI de la Guerra Iniciativa sobre la Contabilización de GEI de la Guerra estima que, en solo cuatro años de guerra, las emisiones asociadas a la invasión rusa de Ucrania alcanzan ya unos trescientos once millones de toneladas de CO₂ equivalente. Es una cifra comparable a las emisiones anuales de un país grande europeo y convierte al conflicto en la mayor fuente de gases de efecto invernadero dentro de Ucrania.
Según estos análisis, alrededor de un tercio de las emisiones procede directamente de la actividad militar (combustible de tanques, camiones, aviones), otro porcentaje importante viene de los incendios de cultivos y bosques provocados por los combates, y el resto se reparte entre la destrucción de infraestructuras energéticas, la reconstrucción forzosa y los desplazamientos masivos de población.
A eso hay que sumar incidentes concretos de enorme impacto ecológico, como la voladura de la presa de Kajovka, que liberó decenas de miles de toneladas de metales pesados atrapados en los sedimentos y dejó una “bomba tóxica” pendiente de filtrarse hacia ríos y ecosistemas durante años.
Cada nuevo cañón fabricado en la Fábrica Nº 9 y cada planta de explosivos ampliada alimentan, en buena medida, este círculo vicioso de destrucción física y climática.
Sanciones, corrupción y responsabilidad europea
El ex jefe de inteligencia del Estado Mayor finlandés y hoy eurodiputado Pekka Toveri lo resumía de forma cruda al hablar de las fuerzas armadas rusas en una entrevista reciente. En sus palabras, “las fuerzas armadas rusas son las más corruptas del mundo” y gran parte del dinero invertido en defensa durante dos décadas habría acabado desviado. Esa corrupción explica en buena parte por qué Moscú ha tenido que rescatar tanques de los años sesenta y setenta, repararlos solo lo justo y enviarlos al frente ucraniano.
Pero la otra cara del problema está en casa. Investigaciones de medios europeos han encontrado componentes británicos, europeos y asiáticos en drones kamikaze Geran 2, derivados de los Shahed iraníes, utilizados de forma masiva contra ciudades ucranianas. Pese a las sanciones, los fabricantes de electrónica y maquinaria ven sus productos reaparecer en equipos militares rusos a través de intermediarios y reexportaciones desde terceros países.
En el fondo, lo que muestran casos como la Fábrica Nº 9 es que las lagunas en el control de exportaciones no son un asunto abstracto. Pueden traducirse en más cañones, más explosivos y más emisiones de CO₂, con efectos muy concretos sobre la calidad del aire, los suelos contaminados o el clima global.
Y eso nos acaba alcanzando también cuando miramos la factura de la luz o sufrimos veranos cada vez más extremos en Europa. Mientras la Unión Europea intenta avanzar hacia renovables y eficiencia energética, parte de su tejido industrial sigue, directa o indirectamente, alimentando una guerra altamente intensiva en carbono.
Al cierre, el análisis más completo y reciente sobre la ampliación de la capacidad militar rusa y su impacto estratégico se recoge en el testimonio “NATO Summit 2025: An assessment of transatlantic security cooperation”, publicado por el Senado de Estados Unidos.













