En una cantera del sur de Alemania, una losa de pizarra se ha roto y ha dejado al descubierto un fósil que parece recién pulido. Es un ammonite del Jurásico temprano, con unos 183 millones de años, que brilla con tonos dorados. Un equipo de la Universidad de Texas en Austin ha demostrado que ese resplandor no es oro ni siquiera pirita, sino la huella de un proceso de fosilización mucho más complejo.
El fósil procede de la formación Posidonia Shale, famosa por conservar ammonites, peces e ictiosaurios con un detalle excepcional. Para entender por qué algunos ejemplares parecen bañados en metal, los científicos analizaron cerca de 70 fósiles con microscopios electrónicos y técnicas que permiten ver de qué minerales está hecha cada zona.
Durante años se asumió que todo el recubrimiento brillante era pirita, el llamado oro de los tontos. El nuevo trabajo muestra otra cosa, el interior de los fósiles está dominado por fosfatos y calcita amarilla, mientras que la pirita se concentra sobre todo en la pizarra negra que los rodea.
Esa pirita externa aparece en forma de framboides, minúsculos racimos de cristales que recuerdan a una frambuesa. La investigadora Sinjini Sinha relata que, en algunos ejemplares, contó cientos de framboides en la roca matriz frente a solo unos pocos sobre la concha del ammonite. El efecto dorado viene en buena parte de esa “purpurina” mineral del entorno.
Los minerales también cuentan cómo era el mar donde vivieron estos animales. El fondo estaba casi sin oxígeno, lo que frenó la descomposición. Más tarde llegó un pulso de agua oxigenada que disparó la formación de fosfatos y selló los tejidos en cuestión de semanas o meses. Esa combinación de anoxia inicial y oxígeno puntual explica tanto la conservación excepcional como el brillo.
Todo esto ocurrió durante el evento anóxico oceánico del Toarciense, una crisis en la que grandes zonas del océano perdieron oxígeno, subió la temperatura y se alteró el ciclo del carbono, probablemente por un fuerte aumento de dióxido de carbono ligado al volcanismo. Los fósiles dorados de Posidonia son un archivo directo de cómo respondieron los ecosistemas marinos a aquel calentón.
¿Qué significa esto para quien solo ve un fósil bonito en una vitrina? Que ese brillo no es un simple capricho estético. Resume la historia de un mar asfixiado, de cambios bruscos en la química del agua y de reacciones que, casi doscientos millones de años después, siguen ayudando a entender cómo se comportan hoy los océanos ante el cambio climático.
El estudio científico que describe estos “fósiles dorados” se ha publicado en la revista Earth-Science Reviews.







