Durante años, los libros contaban una historia bastante clara. Los primeros dinosaurios habrían nacido en el hemisferio sur y se habrían quedado allí durante millones de años, atrapados por un cinturón de desiertos abrasadores cerca del ecuador. Ahora, un pequeño dinosaurio del tamaño de una gallina, hallado en Wyoming, obliga a reescribir ese relato y sugiere que estos animales encontraron un “atajo climático” hacia el hemisferio norte mucho antes de lo que pensábamos.
Un mundo ahogado en CO2
Cuando los dinosaurios aparecieron por primera vez, hace unos 240 millones de años, la atmósfera de la Tierra contenía en torno a cinco veces más dióxido de carbono que hoy. Era un auténtico invernadero planetario. Gran parte de los continentes sufría un calor extremo y enormes desiertos se extendían cientos de kilómetros al norte y al sur del ecuador.
Varios estudios habían apuntado que estas franjas áridas actuaban como un muro climático. En la práctica, impedían que los primeros dinosaurios salieran de una “esquina” relativamente más suave de Gondwana, la parte sur del supercontinente Pangea.
La idea encajaba bien con los fósiles conocidos, concentrados en regiones como Argentina, Brasil o Zimbabue, a latitudes medias del hemisferio sur. Pero esa visión era, en buena parte, una reconstrucción basada en piezas sueltas del puzle. Y faltaban muchas.
Ahvaytum bahndooiveche, el “dinosaurio de hace mucho tiempo”
Ahí entra en escena Ahvaytum bahndooiveche, un dinosaurio descrito por un equipo de la Universidad de Wisconsin en rocas del Triásico tardío de la Formación Popo Agie, en el actual Wyoming. En aquella época, esa zona estaba cerca del ecuador, en la mitad norte de Pangea, la llamada Laurasia.
Las dataciones radiométricas sitúan al animal en torno a los 230 millones de años, una edad comparable a la de los dinosaurios más antiguos conocidos en el hemisferio sur. Es decir, mientras los primeros dinosaurios prosperaban en Gondwana, otro linaje ya caminaba por un entorno ecuatorial en el norte.
No era un gigante. Dave Lovelace, responsable del estudio, lo describe como “básicamente del tamaño de una gallina, pero con una cola muy larga”. Los huesos de las patas indican que se trataba de un pariente muy temprano de los grandes saurópodos, aunque este adulto apenas superaría los treinta centímetros de altura y unos noventa de longitud.
El fósil aparece justo por encima de las capas donde el mismo equipo había identificado un anfibio y en un contexto climático especial, el llamado episodio pluvial del Carniense, un intervalo en el que las lluvias aumentaron y parte de esos desiertos se volvieron más húmedos y habitables.
En palabras del propio Lovelace, este hallazgo “rellena parte de la historia” y aporta “una pieza de evidencia que muestra que los dinosaurios ya estaban en el hemisferio norte mucho antes de lo que creíamos”.
Modelos que mueven el foco al trópico
En paralelo, un estudio liderado por la University College London ha utilizado modelos que combinan fósiles, árboles evolutivos y mapas del Triásico para responder a una pregunta incómoda. ¿Dónde surgieron realmente los primeros dinosaurios si los restos más antiguos ya parecen demasiado “evolucionados”?
El trabajo concluye que el origen probable se encuentra en una zona de Gondwana de baja latitud, hoy equivalente a la Amazonia, el Congo y el Sahara. Un entorno mucho más cálido y seco de lo que se suponía, dominado por paisajes tipo sabana y desierto.
El autor principal, Joel Heath, lo resume así. “Los dinosaurios están muy estudiados, pero todavía no sabemos bien de dónde vinieron. Nuestro modelo sugiere que pudieron nacer en un Gondwana de baja latitud, caliente y árido, y desde allí extenderse hacia el sur y hacia Laurasia”.
Si ponemos juntas ambas piezas, el cuadro cambia. Ya no se trata de animales tímidamente confinados en el sur que tardan millones de años en romper el muro del desierto, sino de pequeños dinosaurios capaces de aprovechar ventanas climáticas húmedas cerca del ecuador para expandirse mucho antes. En la práctica, un atajo climático hacia el éxito global.
Lo que nos dice sobre clima y biodiversidad
Este tipo de estudios no solo reordenan fechas en un calendario lejano. También recuerdan algo muy actual. Cuando el CO2 sube o baja, no solo cambia la temperatura media, cambian las fronteras invisibles que separan hábitats. Lo que hoy es una barrera para muchas especies mañana puede convertirse en un corredor y al revés.
En el Triásico, esos cambios ocurrieron a lo largo de millones de años. Las plantas, los dinosaurios y sus parientes tuvieron tiempo de adaptarse, moverse y aprovechar esos nuevos corredores verdes sobre Pangea. Hoy, el aumento de CO2 está ocurriendo en pocas décadas, una velocidad para la que la mayoría de los ecosistemas no está preparada. Esa es la gran diferencia y no es poca cosa.
Al final, la historia de Ahvaytum bahndooiveche es la historia de cómo el clima abre y cierra puertas. Un pequeño dinosaurio ecuatorial, en un planeta abrasado por el CO2, encontró su camino hacia el norte cuando las lluvias aflojaron el desierto. Entender esos mecanismos ayuda a prever qué puede ocurrir cuando volvemos a forzar la atmósfera, aunque esta vez el experimento lo estamos acelerando nosotros.
El estudio que describe a Ahvaytum bahndooiveche y replantea la expansión temprana de los dinosaurios se ha publicado en la revista Zoological Journal of the Linnean Society.









