Un estudio descubre que el ADN humano está tan extendido que ya se encuentra en playas ríos y hasta en partículas suspendidas en el ambiente

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Publicado el: 19 de febrero de 2026 a las 18:44
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Huella en la arena de una playa como símbolo del rastro de ADN humano en el medio ambiente.

Cada vez que respiras, hablas o dejas una huella en la arena, vas dejando rastro. No solo huellas visibles, también fragmentos microscópicos de tu material genético. Un equipo de la Universidad de Florida ha demostrado que el ADN humano aparece en el aire, el agua y el suelo en casi cualquier lugar donde haya actividad humana, desde playas y ríos hasta el interior de una clínica veterinaria. El hallazgo abre una ventana muy potente para estudiar ecosistemas y salud pública, pero también enciende las alarmas sobre la privacidad genética. 

El trabajo, publicado en la revista Nature Ecology and Evolution, nació casi por casualidad. El grupo de David Duffy llevaba años usando ADN ambiental, conocido como eDNA, para seguir a tortugas marinas y los virus que las afectan. Cuando revisaron esas muestras pensadas para fauna, descubrieron que iban cargadas de ADN humano de alta calidad, suficiente incluso para reconstruir partes del genoma de personas anónimas que habían pasado por allí.

Qué han encontrado exactamente

El equipo tomó muestras de agua, arena y aire en Florida y en Irlanda. Recorrieron ríos que atraviesan pueblos y zonas costeras, pozos aislados, playas muy transitadas y otras casi vírgenes. También filtraron el aire de un hospital veterinario en habitaciones con personal dentro y en salas vacías.

El patrón fue claro. Allí donde hay personas aparece su ADN. En ríos que cruzan zonas habitadas las señales genéticas humanas aumentan a medida que el agua se acerca al centro urbano, mientras que en tramos remotos apenas se detectan restos. En playas muy visitadas bastó recoger arena de huellas recientes para recuperar abundante ADN humano, mientras que la arena de una isla con acceso restringido apenas mostraba rastro humano hasta que llegaron los propios científicos. En el aire ocurrió algo parecido, con filtros de salas ocupadas llenos de secuencias humanas y salas vacías casi sin señal.

Cómo llega nuestro ADN al medio ambiente

La explicación es mucho más cotidiana de lo que suena. Nuestro cuerpo suelta células y fragmentos de ADN todo el tiempo. Piel que se descama, gotas diminutas de saliva cuando hablamos, microgotas de sudor, pelos que se caen, restos que se van por el desagüe al ducharnos o lavarnos los dientes. Esos restos se mezclan con el agua y el aire y viajan por tuberías, ríos o corrientes de viento hasta acabar en playas, estuarios o filtros de ventilación.

Lo sorprendente del estudio no es solo que ese ADN exista en el entorno, sino que se conserve tan bien. Según explica el propio equipo, en muchos casos la calidad de las secuencias recuperadas se aproxima a la de una muestra tomada directamente de una persona. En algunos puntos consiguieron cubrir cientos de veces las regiones más relevantes del genoma humano, lo bastante como para estudiar ascendencia genética o mutaciones ligadas a determinadas enfermedades.

El concepto de eDNA | Vídeo: NOAA_AOML

Una herramienta poderosa para la ciencia ambiental

Desde el punto de vista ecológico, las posibilidades son enormes. El mismo método que permite detectar ADN humano sirve para seguir especies protegidas sin molestarlas, vigilar invasoras antes de que se descontrolen o monitorizar patógenos y alérgenos que se desplazan por el agua y el aire. Durante la pandemia de covid, técnicas similares ya se usaron para vigilar el virus en aguas residuales y hoy se exploran para otros patógenos de interés y para evaluar la biodiversidad en grandes áreas sin necesidad de capturar animales.

En la práctica esto significa que, con unas pocas botellas de agua o un simple filtro de aire, los científicos pueden tomar el pulso a un ecosistema entero, desde microbios y polen hasta vertebrados como tortugas, peces, aves, mamíferos y humanos. Es una forma rápida y relativamente barata de entender cómo nos movemos y cómo impactamos en nuestro entorno sin seguir persona a persona o animal a animal. Y eso, en plena crisis de biodiversidad, no es poca cosa.

El lado oscuro, la privacidad genética

Ahí es donde empiezan las dudas. El estudio muestra que, con las técnicas actuales de secuenciación, se pueden recuperar del medio ambiente fragmentos de ADN humano lo bastante largos como para reconstruir marcadores de origen geográfico, posibles parentescos e incluso variantes relacionadas con riesgo de enfermedades como diabetes o algunos tipos de cáncer.

En otras palabras, nuestros genes ya no están solo en hospitales y laboratorios. También flotan en el aire de las ciudades, se concentran en los colectores de aguas residuales y se acumulan en la arena de las playas. Cualquiera con acceso a esa tecnología podría, en teoría, analizar ese material sin que la persona afectada llegue a saberlo. Los autores hablan de una verdadera “pesca accidental” de genomas humanos dentro de estudios pensados para fauna silvestre y advierten de que es necesario abrir un debate amplio sobre consentimiento, vigilancia y propiedad de los datos genéticos.

Qué viene ahora

La gran pregunta es cómo aprovechar esta herramienta para la conservación de la naturaleza y la salud pública sin abrir la puerta a abusos. Varios expertos plantean que los proyectos de eDNA se evalúen con criterios similares a los de los estudios médicos con personas, aunque el muestreo sea solo agua o aire, y que se anonimice y destruya de forma sistemática cualquier dato humano que no sea imprescindible.

Mientras tanto, la investigación en ADN ambiental avanza rápido y ya hay trabajos que exploran cómo usar el aire urbano para vigilar a la vez fauna, alérgenos, virus e incluso restos de drogas ilegales, lo que muestra hasta qué punto la huella genética de nuestras actividades se ha vuelto ubicua.

El estudio original que ha disparado este debate global sobre el ADN humano en el medio ambiente se ha publicado en la revista Nature Ecology and Evolution.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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