Groenlandia concentra minerales críticos y potencial energético en el nuevo pulso geopolítico de Trump. La isla bajo soberanía danesa reúne tierras raras, grafito, oro y posibles hidrocarburos, pero su explotación choca con costes, clima y normas ambientales
La riqueza del subsuelo de Groenlandia vuelve al primer plano por una combinación incómoda de transición energética y seguridad. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reactivado esta semana su presión sobre la isla con el argumento de que Washington “necesita” Groenlandia por motivos de defensa nacional, en un momento en el que el Ártico gana valor estratégico y económico por el deshielo.
El interés no se limita a los mapas militares. Groenlandia reúne varias de las materias primas que hoy sostienen la electrificación y la industria de defensa, desde elementos de tierras raras hasta grafito, además de yacimientos metálicos y un potencial petrolero y gasista que sigue, en gran medida, bajo evaluación. Esa mezcla explica que el debate ya no sea solo “qué hay”, sino “quién decide” y “a qué precio ambiental”.
Un inventario que mezcla transición verde y metales tradicionales
Los minerales llamados críticos (litio, grafito, cobalto y, sobre todo, tierras raras) son el núcleo del interés industrial. Las tierras raras no son un único mineral, sino un grupo de elementos esenciales para imanes permanentes (motores eléctricos), aerogeneradores, electrónica avanzada y parte del equipamiento militar. Groenlandia cuenta con depósitos relevantes, según la documentación técnica del Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia (GEUS), que resume el potencial de varios proyectos en distintas zonas del territorio.
Junto a ese “paquete” aparecen minerales más clásicos, como hierro, zinc, cobre y plomo, además de oro y gemas en ciertos contextos geológicos. La dificultad es que la geología no se transforma automáticamente en producción. La extracción exige infraestructura, puertos, energía, mano de obra especializada y, sobre todo, licencias ambientales y sociales en un territorio con condiciones extremas y un calendario operativo corto.
Hidrocarburos bajo el hielo y en la costa noreste
En el campo energético, el dato más repetido procede de una evaluación del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) sobre la provincia de las cuencas de rift del este de Groenlandia. El organismo estimó una media de unos 31.400 millones de barriles equivalentes de petróleo de recursos convencionales no descubiertos (petróleo, gas y líquidos del gas natural) en el noreste, incluyendo áreas cubiertas por hielo.
Ese volumen (es una estimación geológica de recursos no descubiertos, no reservas probadas) se ha convertido en cifra de referencia para medir el atractivo potencial. Pero la propia historia reciente de exploración ha sido irregular. Groenlandia cerró en 2021 su apuesta petrolera tras décadas sin éxito comercial sostenido, un movimiento que ilustra la brecha entre potencial y rentabilidad.
La política minera como frontera de soberanía
Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, con competencias amplias en materias internas. La actividad extractiva se rige por un marco legal propio y una autoridad especializada. El Gobierno groenlandés mantiene un portal oficial para licencias y normativa minera, que subraya que la legislación es el marco para exploración y explotación tanto de minerales como de hidrocarburos.
Esa arquitectura institucional pesa ahora tanto como el catálogo de recursos. La presión externa puede empujar a acelerar permisos o a redefinir condiciones, pero el precedente de los últimos años apunta a una sociedad dividida sobre el coste ambiental. En 2021, el Parlamento groenlandés aprobó una prohibición vinculada al uranio que frenó el proyecto de Kuannersuit (Kvanefjeld), uno de los depósitos con tierras raras asociados a materiales radiactivos, una decisión que situó el dilema en primer plano.
El dilema ártico, recursos para la transición y un territorio que se derrite
La paradoja es evidente. El deshielo abre ventanas logísticas y facilita acceso a zonas antes impracticables, pero al mismo tiempo intensifica el riesgo ambiental global y local. En paralelo, la presión geopolítica aumenta por el valor del Ártico como corredor y como zona de vigilancia y defensa, un argumento que Trump ha usado abiertamente al insistir en que la anexión de Groenlandia es “inaceptable” que se descarte y al vincularlo a planes de seguridad.
En la práctica, la isla se ha convertido en una especie de prueba de estrés de la transición energética. Los minerales críticos son necesarios para reducir emisiones en otros lugares, pero extraerlos en el Ártico puede implicar impactos locales severos, conflictos sociales y una huella ambiental que erosione el propio argumento climático.











