Un radiotelescopio casero en Países Bajos logró lo que parecía imposible: detectó una señal de Voyager 1 a más de 25.000 millones de km

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Publicado el: 18 de febrero de 2026 a las 18:50
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Ilustración de la sonda Voyager 1 emitiendo señal en el espacio profundo.

La detección, lograda con el radiotelescopio de Dwingeloo (Países Bajos), confirma que la sonda sigue emitiendo aunque la comunicación real depende de la Red del Espacio Profundo de la NASA

La proeza técnica no cambia el equilibrio de fuerzas en el espacio profundo, pero sí ilumina un hecho cada vez más valioso. Voyager 1 sigue “ahí fuera”, emitiendo. Y esa constatación, obtenida esta vez fuera de los grandes centros profesionales, tiene una carga simbólica evidente en una misión que entra en su tramo más frágil, con menos energía disponible y más instrumentos apagados para estirar la vida útil del sistema.

Un grupo de radioastrónomos aficionados ha logrado recibir desde los Países Bajos una señal extremadamente débil procedente de la sonda, hoy situada a unas 171 unidades astronómicas, más de 25.000 millones de kilómetros de la Tierra. La recepción se realizó con el radiotelescopio de Dwingeloo, un plato de 25 metros restaurado y operado por voluntarios, que se ha convertido en una rara excepción dentro de la corta lista de antenas capaces de “escuchar” a la nave en su frecuencia de telemetría.

El detalle técnico importa porque explica el mérito y, a la vez, sus límites. El equipo detectó la portadora de la señal en banda X (en torno a 8,4 GHz), una frecuencia para la que el instrumento no fue concebido originalmente. Para conseguirlo, tuvieron que adaptar el sistema con equipamiento específico y, sobre todo, afinar el procesamiento de la señal para separarla del ruido de fondo. En esa distancia, el mensaje llega a la Tierra con una potencia casi imperceptible, y cualquier desajuste en la cadena de recepción arruina la captura. (8,4 GHz)

La verificación no se resolvió con entusiasmo, sino con física. Al tratarse de una sonda en fuga constante, la frecuencia aparente se desplaza por el efecto Doppler y hay que corregir el movimiento relativo entre la nave y el observador. Los aficionados aplicaron ese cálculo para confirmar que lo recibido coincidía con lo esperado para Voyager 1, un paso esencial en un terreno donde el “parece” no basta.

Conviene, sin embargo, poner la hazaña en su escala real. Dwingeloo puede “escuchar” a Voyager 1, pero no puede “hablarle”. La comunicación efectiva (órdenes a la nave y recepción estable de datos) sigue dependiendo de la Red del Espacio Profundo (DSN) de la NASA, con grandes antenas distribuidas en puntos estratégicos como Goldstone (Estados Unidos), Canberra (Australia) y Madrid (España).

Ahí está el matiz más interesante de esta historia, más allá de la épica. La captura amateur funciona como demostración de sensibilidad instrumental y de conocimiento acumulado, y sugiere una idea útil para un futuro de recursos escasos. En un contexto en el que las ventanas de seguimiento profesional son limitadas y la misión obliga a tomar decisiones de ahorro energético, la capacidad de confirmar la presencia de una portadora desde instalaciones más pequeñas puede servir como apoyo puntual, educativo o incluso como verificación independiente en episodios de anomalías. No sustituye al DSN, pero añade redundancia social, una capa de observación distribuida que hace dos décadas habría parecido inverosímil.

La propia Voyager 1 es, hoy, un ejercicio de administración del desgaste. Lanzada en 1977, se ha mantenido operativa gracias a tres generadores termoeléctricos de radioisótopos cuya potencia decae con el tiempo. La NASA ha ido apagando instrumentos y priorizando sistemas esenciales para mantener la orientación, la comunicación y la transmisión mínima de datos científicos. En los últimos años, la sonda también ha atravesado problemas de transmisión y fallos internos que han exigido correcciones complejas desde la Tierra, con tiempos de ida y vuelta que ya son de muchas horas.

Por eso, cada señal recibida tiene doble lectura. La primera es práctica, confirma que el emisor sigue activo. La segunda es cultural, recuerda que el proyecto Voyager ya no es solo un programa científico, sino un símbolo de persistencia tecnológica y de paciencia humana. Que esa confirmación llegue desde un radiotelescopio histórico, resucitado por voluntarios, añade un contraste revelador. En el espacio profundo, la vanguardia no siempre consiste en la máquina más nueva, sino en la comunidad que aprende a exprimir lo que tiene.

El comunicado oficial ha sido publicado en NASA.

Foto: NASA/JPL-Caltech


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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