Un robot industrial que buscaba gas natural en el fondo del Mediterráneo se ha topado con otra cosa muy distinta. A unos mil ochocientos metros de profundidad y a unos noventa kilómetros de la costa de Israel ha aparecido el cargamento intacto de un barco cananeo de hace unos tres mil trescientos años. Según la Autoridad de Antigüedades de Israel es el pecio más antiguo localizado en aguas profundas en todo el mundo.
Un mercante cananeo en plena oscuridad del mar
El hallazgo no llegó tras una campaña arqueológica clásica. Formaba parte de un estudio ambiental rutinario asociado a la exploración del campo de gas de Katlan, operado por la compañía Energean. Un vehículo submarino teledirigido cartografiaba el fondo cuando las cámaras mostraron algo que rompía el paisaje gris y uniforme del barro abisal, un montón de vasijas acumuladas en una pequeña loma.
Cuando las imágenes llegaron a la Autoridad de Antigüedades, los especialistas reconocieron de inmediato las siluetas de las ánforas cananeas, grandes recipientes cerámicos usados para transportar vino, aceite y otros productos agrícolas. Enseguida quedó claro que no eran unas pocas piezas sueltas, sino cientos de contenedores de la Edad del Bronce tardía, datados en torno al siglo XIII antes de Cristo.
A esa profundidad no llega la luz del sol y la presión aplastaría cualquier estructura que no estuviera diseñada para ello. El casco del barco no se ve a simple vista, probablemente porque quedó enterrado en los sedimentos, pero el patrón de dispersión de las ánforas apunta a una embarcación de unos doce a catorce metros de eslora que se hundió deprisa, sin tiempo para aligerar peso.
Navegar sin ver tierra
Hasta ahora la imagen aceptada era otra. Los manuales de arqueología naval repetían que los marinos de la Edad del Bronce evitaban alejarse de la costa. La idea era sencilla, si ves tierra reduces el riesgo de perderte y puedes refugiarte en un puerto cercano. Los dos grandes pecios conocidos de esa época, los de Cabo Gelidonya y Uluburun, se documentaron a poca distancia de la costa turca y reforzaron esa visión.
Este barco desafía esa comodidad intelectual. A noventa kilómetros de tierra firme ningún cabo ni isla asoma en el horizonte. Desde allí solo se ve agua en todas direcciones. Como resume Yaakov Sharvit, responsable de arqueología marítima de la Autoridad de Antigüedades, el hallazgo muestra unas capacidades de navegación que permitían cruzar el Mediterráneo sin contacto visual con la costa, probablemente guiándose por el sol y las estrellas.
En otras palabras, aquellos marinos ya practicaban una navegación de altura que exige experiencia, observación del cielo y transmisión de conocimientos entre generaciones. Nada que ver con una simple sucesión de saltos cortos de puerto en puerto.
Una cápsula del tiempo intacta en el Mediterráneo profundo
El fondo donde descansa el cargamento es casi un laboratorio natural. No hay redes de pesca, ni anclas modernas, ni buceadores que hayan removido el sedimento. Tampoco oleaje que reorganice las piezas con cada tormenta. Los arqueólogos insisten en que el contexto está prácticamente congelado desde el momento del naufragio, algo muy poco habitual en arqueología submarina.
Uno de los aspectos más fascinantes del hallazgo es su estado de conservación. A esa profundidad, el fondo marino permanece estable, sin corrientes intensas ni intervención humana. No hay redes de pesca, anclas modernas ni buceadores furtivos. El resultado es un contexto arqueológico prácticamente intacto, donde el tiempo parece haberse detenido en el momento exacto del naufragio.
Este tipo de conservación es excepcional. En aguas poco profundas, los restos suelen ser alterados por tormentas, actividad biológica o la acción humana. Aquí, en cambio, cada vasija se encuentra casi en la misma posición en la que cayó hace más de tres mil trescientos años. Para la arqueología, se trata de una oportunidad única de estudiar el comercio antiguo sin las distorsiones habituales.
Por ese motivo, solo se han recuperado dos ánforas, con extremo cuidado, para su análisis. El resto del yacimiento permanecerá, por ahora, en el fondo del mar, preservado para futuras generaciones y tecnologías más avanzadas.
Para la investigación del Mediterráneo antiguo el potencial es enorme. Saber qué llevaban exactamente esas vasijas ayudará a reconstruir qué productos se movían entre las ciudades cananeas, Chipre, Creta o el mundo micénico y en qué volúmenes. No eran regalos aislados, sino comercio a escala, rutas regulares que conectaban orillas lejanas mucho antes de la globalización moderna.
Cuando la industria energética se cruza con la historia
Hay un detalle incómodo que este descubrimiento pone sobre la mesa. El barco ha salido a la luz gracias a una empresa que busca gas natural, el mismo combustible fósil que alimenta muchas centrales eléctricas y sigue marcando la factura de la luz de millones de hogares. Esa actividad industrial puede alterar ecosistemas marinos sensibles, pero en este caso también ha permitido localizar y proteger un patrimonio que de otro modo seguiría oculto.
La colaboración entre la empresa y las autoridades israelíes ha sido clave. Se adaptó el robot para recuperar un mínimo de piezas y se decidió dejar intacto el resto del cargamento. Es un ejemplo de cómo la exploración de recursos y la conservación del medio marino y cultural pueden ir de la mano cuando se ponen límites claros y se prioriza la protección del fondo marino. No siempre ocurre así, y conviene recordarlo.
Este pequeño mercante cananeo, atrapado en la oscuridad a casi dos kilómetros bajo las olas, nos habla de dos Mediterráneos a la vez. El de hace tres milenios, ya lleno de rutas, intercambios y riesgos, y el de hoy, sometido a una presión creciente por recursos, transporte y cambio climático. Entender mejor el primero también puede ayudarnos a tomar decisiones más sensatas sobre el segundo.
El comunicado oficial sobre este hallazgo ha sido publicado en la web de la Autoridad de Antigüedades de Israel.









