El protagonista es el King’s Trough Complex, un sistema de fosas y cuencas que se extiende unos 500 kilómetros en el Atlántico Norte, aproximadamente a 1.000 kilómetros al oeste de Portugal. En su extremo oriental se encuentra Peake Deep, una de las zonas más profundas de todo el océano Atlántico.
A diferencia de los grandes cañones en tierra, que el agua va tallando poco a poco, en el fondo marino no hay ríos que puedan excavar valles de esa magnitud. Durante décadas se barajaron explicaciones distintas sobre esta depresión, desde simples estiramientos de la corteza hasta antiguas fronteras de placas. Incluso se llegó a estudiar la zona como posible lugar de almacenamiento de residuos radiactivos por considerarse muy estable.
La nueva investigación liderada por el centro GEOMAR Helmholtz Centre for Ocean Research Kiel reúne por primera vez pruebas sólidas de que la respuesta está en el interior profundo del planeta y en el modo en que se movieron las placas de Europa y África hace millones de años.
Una frontera de placas que se comportó como una cremallera
Según el estudio, entre unos 37 y 24 millones de años atrás una frontera de placas entre Europa y África atravesó de manera temporal esta parte del Atlántico Norte. A lo largo de esa línea la corteza oceánica se estiró y se rompió, “abriéndose” de este a oeste como si fuera una cremallera.
Lo llamativo es que la corteza de esa región ya era especial antes de que llegara la frontera de placas. Estaba engrosada y muy caliente por la subida de material desde el manto, una pluma mantélica relacionada con una fase temprana de la actividad actual bajo las Azores. En palabras de la autora principal, Antje Dürkefälden, los resultados “explican por primera vez por qué esta estructura se desarrolló precisamente en este lugar”.
El coautor Jörg Geldmacher apunta que esta corteza “engrosada y calentada” habría hecho la zona mecánicamente más débil, de modo que la frontera de placas tendió a desplazarse por ahí. Cuando esa frontera se movió más al sur, hacia la región de las Azores, el sistema dejó de crecer y quedó fosilizado en el fondo marino.
Sonar, rocas y un barco de investigación
Para reconstruir esta historia no basta con mirar un mapa. El equipo utilizó datos de la expedición M168 a bordo del buque de investigación METEOR, realizada en 2020. Allí cartografiaron el fondo con sonar de alta resolución y recuperaron muestras de rocas volcánicas mediante una “dredge” de cadena, un saco metálico que raspa el fondo marino a varios miles de metros de profundidad.
En laboratorio, estas rocas actúan como un archivo. Su composición química y su edad, determinadas en centros como la Universidad de Wisconsin Madison, permiten datar cuándo estuvieron activas las distintas fases volcánicas y relacionarlas con el momento en que se abrió la gran depresión. No es trabajo de un día, pero pieza a pieza el puzle encaja.
Por qué importa un cañón que no vemos
Tal vez te preguntes qué tiene que ver todo esto con la vida diaria, más allá de la curiosidad científica. En realidad, bastante. El King’s Trough muestra cómo los procesos profundos del manto condicionan dónde se deforman las placas y cómo evoluciona un océano entero, incluido el Atlántico que baña las costas de la península ibérica.
En la región de las Azores se está formando hoy un sistema de fosas similar, el denominado Terceira Rift, también sobre corteza oceánica engrosada. Comprender este “pariente antiguo” ayuda a interpretar mejor los riesgos geológicos presentes y a valorar con más cuidado cualquier proyecto que pretenda usar el fondo marino como vertedero de residuos o como nueva frontera para la minería.
En definitiva, bajo un tramo aparentemente tranquilo del Atlántico se esconde la huella de una Tierra muy activa. La ciencia empieza ahora a leer ese registro con más detalle, justo cuando el debate sobre cómo usamos los océanos se vuelve cada vez más urgente.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Geochemistry, Geophysics, Geosystems de laAmerican Geophysical Union.













