La idea de que África “se parte” y de que un nuevo océano está a punto de nacer tiene una base real, pero suele contarse con un truco que confunde al lector. El Sistema del Rift de África Oriental es una frontera tectónica en construcción donde la litosfera se estira y adelgaza mientras el continente se reorganiza en dos grandes bloques (Nubia al oeste y Somalia al este). Ese proceso es activo y medible. Lo que no es inminente es el mar. La apertura total que acabaría permitiendo la entrada estable de agua marina se mide en millones de años, no en décadas.
Lo que sí está ocurriendo “más rápido” en algunos tramos es la forma de romperse. En vez de un desgarro continuo y uniforme, el rift trabaja por pulsos. Durante años apenas se aprecia nada a simple vista, luego llega un episodio de fracturación y sismicidad que abre metros en días. El caso más citado es el de Afar (Etiopía) a partir de septiembre de 2005, cuando una intrusión de magma (un dique) abrió y deformó un segmento de decenas de kilómetros y disparó enjambres de terremotos. Para la geología es rápido. Para la cartografía cotidiana, apenas es el primer acto de una obra larga.
Esa doble escala explica por qué conviene desconfiar de los cronómetros milagrosos (un millón de años, medio millón). Los artículos divulgativos más prudentes hablan de un rango de millones. La incertidumbre no se debe a falta de física, sino a que el ritmo depende de varios motores a la vez. La extensión tectónica abre espacio, el magma lo rellena y debilita la corteza, y la fractura se organiza en ramas con microplacas y fallas que no siempre se comportan igual, como describen los estudios sobre la secuencia de intrusiones en Afar desde 2005.
Hay, además, un giro reciente que añade una capa incómoda al relato, el papel del clima. Un trabajo divulgado estos días apunta a que la pérdida de masa de agua en grandes lagos y el cambio de cargas sobre la corteza pueden facilitar el deslizamiento de fallas y sumar una aceleración pequeña pero mensurable, del orden de décimas de milímetro al año en zonas concretas, un matiz que convive con la narrativa popular de que África se está partiendo. Es un matiz importante porque no crea un océano “mañana”, pero sí ayuda a entender por qué algunas áreas pueden registrar más deformación y sismicidad que en el pasado reciente.
El impacto real, por tanto, no es una costa nueva para Zambia “a corto plazo”, sino algo más prosaico y más cercano. Más riesgo sísmico y volcánico en regiones ya vulnerables, infraestructuras que deben convivir con fallas activas, y una oportunidad energética en forma de geotermia asociada al calor del rift, en línea con los trabajos de síntesis sobre fallamiento e intrusión de magma. La foto de un continente que cambia de forma es cierta. El calendario, en cambio, exige paciencia geológica.
Hay, además, un giro reciente que añade una capa incómoda al relato, el papel del clima. Un trabajo divulgado estos días apunta a que la pérdida de masa de agua en grandes lagos y el cambio de cargas sobre la corteza pueden facilitar el deslizamiento de fallas y sumar una aceleración pequeña pero mensurable, del orden de décimas de milímetro al año en zonas concretas. Es un matiz importante porque no crea un océano “mañana”, pero sí ayuda a entender por qué algunas áreas pueden registrar más deformación y sismicidad que en el pasado reciente.











