La Casa Blanca difundió el 22 de septiembre de 2025 un comunicado en el que sostiene que “la evidencia sugiere” un vínculo entre el uso de acetaminofén (paracetamol) durante el embarazo y un mayor riesgo de autismo y trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) en la infancia. El mensaje, que llega en plena ofensiva política de la Administración Trump para explicar el aumento de diagnósticos de autismo, ha reactivado una polémica científica que, a día de hoy, no se salda con un consenso de causalidad.
El núcleo del debate es metodológico. Buena parte de los trabajos citados por la Casa Blanca son estudios observacionales que detectan asociaciones estadísticas, pero que no pueden aislar por completo factores de confusión. Entre ellos, uno de los más relevantes es la indicación clínica que motiva el fármaco. El paracetamol se utiliza con frecuencia para tratar fiebre o dolor, y la fiebre durante la gestación se considera un riesgo en sí mismo, lo que complica atribuir el efecto al medicamento y no al cuadro que se intenta controlar. Además, el debate público sobre el autismo suele irradiar a otros ámbitos sensibles, como ilustra el foco reciente en la pirotecnia y su impacto en personas con autismo y animales.
La tensión se refleja incluso dentro de la arquitectura institucional estadounidense. Ese mismo 22 de septiembre, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) anunció que iniciaba el proceso para modificar el etiquetado de los productos con acetaminofén ante la “posible asociación” con condiciones neurológicas como el autismo y el TDAH, y difundió una comunicación a los médicos para extremar la prudencia en embarazadas. La agencia, sin embargo, formuló el movimiento en términos de riesgo potencial, no como una relación demostrada.
En paralelo, las organizaciones clínicas han intentado contener el impacto de un mensaje que temen que se traduzca en decisiones sanitarias sin supervisión. El contexto informativo sobre neurodesarrollo se alimenta también de piezas divulgativas como la que recuerda que los cerebros pasan por cinco etapas en la vida, aunque ese tipo de contenidos no sustituye a la evidencia clínica. El Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos (ACOG) publicó ese día una guía clínica y un comunicado en el que reafirma que el acetaminofén “sigue siendo” la opción de primera línea más segura para el tratamiento del dolor y la fiebre durante el embarazo, y que las recomendaciones para la práctica no cambian.
La discusión se ha agudizado con la aparición de nuevas revisiones que rebajan la magnitud del posible efecto. Un análisis reciente divulgado en enero de 2026, a partir de una revisión amplia en The Lancet Obstetrics, Gynaecology, & Women’s Health, no encontró una asociación clínicamente relevante entre la exposición prenatal al paracetamol y el autismo, el TDAH o la discapacidad intelectual, al menos cuando se consideran los estudios con menor riesgo de sesgo. El resultado se ha interpretado como una señal de que, si existe un riesgo, no emerge con claridad en la mejor evidencia disponible.
La política, mientras tanto, empuja el debate hacia un terreno de certeza que la literatura científica no ofrece. Fundaciones y entidades de investigación sobre autismo han criticado la manera en que se presentó el asunto desde la Casa Blanca, al considerar que un marco de afirmaciones tajantes puede amplificar la ansiedad social y alimentar decisiones contraproducentes, como evitar un fármaco que, bien indicado, reduce riesgos asociados a la fiebre. En ese clima, proliferan también enfoques más amplios sobre salud y neurociencia (por ejemplo, el interés por la microbiota y el eje intestino cerebro), aunque su relación directa con esta controversia farmacológica no está establecida.
En este contexto, la recomendación práctica que comparten la mayoría de guías se resume en prudencia y criterio clínico. Usar la dosis efectiva más baja durante el menor tiempo posible, evitar la automedicación y decidir con el profesional sanitario cuando hay fiebre, dolor persistente o antecedentes que exigen un control estrecho. El debate científico sigue abierto, pero el salto de “asociación” a “causa” continúa siendo el punto más discutido.







