La muerte, vista desde el microscopio, no es un interruptor. Es, más bien, una avería en cadena. “Lo interesante de la muerte es que cuando morimos, la mayoría de nuestras células siguen vivas, por eso nuestros órganos pueden ser donados, pero ya no son capaces de funcionar como un todo, eso es la muerte”, sostiene Venki Ramakrishnan, premio Nobel de Química, en una reflexión que conecta biología básica, medicina y un debate social permanente sobre la donación.
Ramakrishnan (galardonado en 2009 junto con Thomas A. Steitz y Ada Yonath) construyó buena parte de su prestigio científico alrededor del ribosoma, la máquina celular que traduce la información genética en proteínas. Dicho de forma sencilla, el ribosoma permite que los aminoácidos se ensamblen para formar proteínas, que son las responsables de ejecutar gran parte de las funciones químicas de la vida (desde la estructura de los tejidos hasta la comunicación entre células).
Su idea central sobre el envejecimiento se apoya en un punto menos vistoso que las promesas de laboratorio y más cercano a la rutina diaria. “Una de las causas del envejecimiento es la acumulación de daños en los genes del ADN”, afirma, y remacha que la información más valiosa del genoma es “cómo producir proteínas”, porque a escala celular “las proteínas cargan miles de reacciones químicas que hacen posible la vida”. Ese enfoque traslada el foco desde la obsesión por un gen o una píldora milagro hacia un equilibrio sistémico (producir, plegar, reparar y degradar proteínas de forma ordenada).
En su explicación, el envejecimiento aparece como una erosión gradual de la capacidad del organismo para gestionar ese ciclo. “El envejecimiento tiene mucho que ver con la pérdida de capacidad de nuestro cuerpo de regular la producción y la destrucción de proteínas en las células”, resume. Es un diagnóstico que encaja con una intuición clave de la biología contemporánea (la vida depende menos de piezas sueltas que de la coordinación entre piezas). Cuando esa coordinación se degrada, el cuerpo puede seguir teniendo células vivas, pero cada vez le cuesta más mantener el conjunto funcionando con estabilidad.
Ahí enlaza su definición de muerte con un hecho médico muy concreto. La razón por la que la donación es posible es, justamente, que muchos tejidos no “mueren” al mismo tiempo. El organismo deja de operar como unidad y, sin embargo, parte de su material biológico mantiene viabilidad durante una ventana crítica. En España, ese matiz biológico sostiene un sistema sanitario que lleva años en máximos. En 2024 se realizaron 6.464 trasplantes de órganos, un 10% más que en 2023, según el balance oficial de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT).
La lectura práctica que propone Ramakrishnan incomoda a la industria del “antiaging” porque desplaza el protagonismo del producto hacia el hábito. “Comer bien, dormir bien y hacer ejercicio es más efectivo que cualquier medicina antiedad que haya en el mercado”, relata. Su mensaje no niega la investigación biomédica ni los avances en terapias, pero sí reordena prioridades (primero, lo que ya está demostrado y es replicable; después, lo que aún es promesa).
Su aportación, en todo caso, no es un eslogan de bienestar. Es una manera de mirar dos procesos que suelen contarse por separado (envejecer y morir) como fenómenos relacionados por una misma lógica. Si la vida depende de la coordinación de miles de procesos celulares, el envejecimiento puede entenderse como la pérdida de calidad en esa coordinación, y la muerte como el punto en que el sistema deja de poder sostenerse “como un todo”, aunque todavía queden células “encendidas”.











