Durante unos días ha circulado la idea de que la ciencia acaba de encontrar el camino para viajar más rápido que la luz. Suena a guion de ciencia ficción. La realidad es bastante más matizada. Un equipo liderado por el ingeniero Harold G. White ha presentado una nueva solución matemática para un motor de curvatura, publicada en una revista científica de primer nivel, que hace estos conceptos un poco menos “mortales” para los tripulantes. Pero otra cosa muy distinta es que podamos construir algo así en las próximas generaciones.
Qué propone el nuevo diseño de motor de curvatura
La idea básica del motor de curvatura viene de los años noventa, cuando el físico Miguel Alcubierre planteó una solución a las ecuaciones de Einstein en la que una nave no “rompe” la velocidad de la luz, sino que contrae el espacio delante y lo expande detrás, como si surfeara sobre una ola de espacio tiempo.
El problema de ese modelo es que pedía algo casi imposible. Había que repartir energía exótica en forma de anillo alrededor de la nave y eso generaba fuerzas gravitatorias tan extremas que cualquier tripulación quedaría destrozada. Además, las necesidades energéticas eran absurdas. El propio Alcubierre estimó que mover una burbuja de cien metros a velocidad luz exigiría una cantidad de energía negativa equivalente a una masa unas cien veces mayor que la de Júpiter.
El nuevo trabajo de White y su equipo, realizado desde la empresa Casimir, Inc., plantea otra arquitectura. En lugar de un anillo continuo de energía, el campo se divide en varios cilindros alrededor del casco, las llamadas “nacelles”, algo parecido a las góndolas de los motores de un avión repartidas en la estructura de la nave. El truco matemático es conseguir que el interior de la burbuja sea plano, lo que significa que dentro hay un espacio tranquilo donde los relojes y la biología se comportan de forma normal, mientras fuera el espacio tiempo se deforma con violencia.
Para describir esa burbuja segmentada, el equipo ha usado una herramienta de relatividad general llamada formalismo ADM 3+1. En la práctica, se trata de cortar el espacio tiempo en “láminas” tridimensionales que permiten calcular cómo se curva y dónde aparece la famosa energía exótica. El resultado es un modelo en el que esa energía se concentra en puntas cilíndricas, no en un donut uniforme, lo que abre la puerta a diseños más parecidos a una nave concreta y menos a un experimento puramente geométrico.
El muro de la energía y la “gasolina” imposible
Aquí llega la parte que interesa al lector que mira su factura de la luz y piensa en clima y energía. Que algo se pueda escribir en una ecuación no significa que podamos alimentarlo con tecnología actual.
El gran obstáculo sigue siendo de dónde sacar la energía necesaria y, sobre todo, cómo generar energía negativa de forma controlada. El astrofísico de Harvard Avi Loeb recuerda que la densidad de energía del vacío que deducimos de la expansión del universo es minúscula, del orden de 6,5 por diez elevado a menos treinta gramos por centímetro cúbico. Incluso si exprimimos toda la energía oscura contenida en un cubo de veinte kilómetros de lado, no mantendríamos encendida una bombilla de cien vatios durante un minuto.
Loeb lo resume de forma tajante cuando afirma que “ninguna rama de la física puede dar lugar a un objeto de masa negativa, hasta donde sabemos” y que sin masas negativas no conocemos ninguna forma de construir agujeros de gusano estables ni motores más rápidos que la luz.
Otros grupos han presentado propuestas de motores de curvatura “físicos” que funcionarían a velocidades inferiores a la de la luz y que respetan las condiciones de energía clásicas usando solo materia convencional. Son avances interesantes, pero siguen en el terreno del papel, diseñados con superordenadores y lápiz, no con reactores reales.
¿Cuándo podría verse algo así y qué pinta tiene esto en un medio ambiental?
La física Sabine Hossenfelder, muy crítica con los excesos de optimismo en este campo, opina que los conceptos de White no tendrán aplicaciones prácticas en mil años. Otros expertos son algo menos pesimistas y hablan de plazos de siglos, no de décadas. La única coincidencia real es que nadie sabe cuándo, ni siquiera si, veremos un prototipo funcional.
Para el lector preocupado por el clima, la conclusión es clara. Esta línea de investigación no cambia nada sobre las decisiones que tenemos que tomar hoy sobre energías renovables, movilidad eléctrica, reducción de CO2 o reciclaje. No vamos a sustituir cohetes químicos por motores de curvatura cuando aún estamos intentando que los aviones usen combustibles sostenibles y que las ciudades reduzcan el tráfico fósil.
Eso no significa que estos trabajos no tengan valor. Explorar los límites de la relatividad y del vacío cuántico puede generar herramientas matemáticas, tecnologías de materiales o sistemas de control que luego se filtren a la industria energética o espacial, igual que ocurrió con muchas tecnologías nacidas en programas espaciales clásicos. Pero conviene separar bien los sueños de largo plazo de las soluciones climáticas de corto plazo.
En resumen, la nueva “burbuja de curvatura” segmentada de White muestra que la teoría relativista da un poco más de margen para imaginar motores de curvatura que no destrocen a sus pasajeros y que encajan con diseños de nave más realistas. Sin embargo, la brecha entre esos modelos y nuestra capacidad energética actual sigue siendo abismal. Primero tendremos que resolver algo mucho más cercano y urgente que viajar a Próxima Centauri. Tendremos que aprender a alimentar nuestro propio planeta con energía limpia y abundante sin seguir calentando la atmósfera.
El estudio completo ha sido publicado en la revista científica Classical and Quantum Gravity.







