Quien mirara el cielo de Hungría el domingo 11 de enero de 2026 sobre las 17:30 se encontró con algo difícil de olvidar. Una espiral azulada, casi de ciencia ficción, se encendió en la oscuridad y cruzó el firmamento durante unos minutos. Más de uno pensó en un ovni, en un meteorito o en “algo raro” que nadie se atrevía a nombrar.
La explicación ha llegado rápido y no tiene nada de sobrenatural. Según el portal meteorológico húngaro Időkép, el responsable fue de nuevo un cohete Falcon 9 de SpaceX que acababa de despegar desde la base espacial de Vandenberg, en California, dentro de la misión “Twilight” (Crepúsculo). El vehículo llevaba a bordo más de 40 pequeños satélites, entre ellos el satélite Pandora de la NASA, dedicado al estudio de exoplanetas.
Qué vieron realmente quienes miraron al cielo
Lo que la gente vio no fue el cohete en sí, sino la estela de su segunda etapa cuando ya orbitaba a gran altura sobre Europa. Aunque el lanzamiento se produjo en California a primera hora de la mañana, la trayectoria del Falcon 9 hizo que el escenario más espectacular se diera al atardecer europeo.
A esa altura el cohete todavía estaba recibiendo luz del Sol, mientras que en tierra ya era de noche. El contraste hizo el resto. Cuando la segunda etapa empezó a maniobrar y a liberar combustible sobrante antes de su reentrada, el gas se congeló en miles de minúsculos cristales de hielo que reflejaron la luz solar. Vistos desde abajo, esos chorros de combustible girando se convierten en un dibujo en espiral que parece pintado sobre el cielo.
La meteoróloga Rita Nagy‑Kurunczi resumía el mensaje clave con una frase sencilla “no hay que asustarse”. No se trata de una explosión ni de una fuga peligrosa, sino de una maniobra de seguridad habitual para evitar que esa etapa se convierta en basura espacial.
La misión Twilight y el nuevo tráfico en órbita
Twilight es una misión “rideshare” de SpaceX. En lugar de lanzar un único satélite grande, el Falcon 9 coloca en órbita a decenas de pequeños satélites que comparten viaje. En este caso la carga incluía, además de Pandora, satélites de comunicaciones y observación de la Tierra de varias empresas y organismos públicos.
Para la ciencia es una buena noticia. Pandora, por ejemplo, estudiará las atmósferas de al menos una veintena de exoplanetas y sus estrellas, con el objetivo de detectar atmósferas ricas en agua o hidrógeno que puedan ser interesantes de cara a la búsqueda de vida en otros mundos.
La otra cara es que cada misión de este tipo añade más objetos al ya saturado entorno de la órbita baja terrestre y exige más lanzamientos al año. Y eso tiene implicaciones ambientales que empiezan a preocupar a los expertos.
Un espectáculo inocuo, pero con huella
Desde el punto de vista de la seguridad inmediata, la espiral azul sobre Hungría no supuso ningún riesgo para la población. El combustible expulsado se dispersa en la alta atmósfera y no llega al suelo en cantidades peligrosas.
Sin embargo, los investigadores llevan tiempo advirtiendo que el crecimiento del sector espacial puede dejar una huella apreciable en el clima y en la capa de ozono. Los cohetes que usan queroseno refinado, como el Falcon 9, emiten partículas de “black carbon” en la estratosfera, donde pueden calentar el aire y alterar la circulación de la atmósfera si las emisiones siguen aumentando en los próximos años. Varios estudios señalan que, si el ritmo de lanzamientos se dispara, el impacto podría llegar a ser comparable al de la aviación comercial en términos de calentamiento y de retraso en la recuperación del ozono.
A esto se suma el problema de los satélites en sí. Más satélites implica más reentradas y más material que se vaporiza al volver a entrar en la atmósfera. También implica más trazas luminosas que estropean las observaciones astronómicas y más luz reflejada en el cielo nocturno, algo que ya preocupa a la comunidad científica y a los defensores de los “cielos oscuros”.
Qué significa esto para quien mira al cielo desde Europa
Para quien vive en España o en cualquier otro país europeo, esta espiral sobre Hungría lanza un mensaje claro. El cielo que vemos encima de casa ya no es solo escenario de fenómenos naturales como las nubes, las estrellas fugaces o las auroras. Cada vez más, es también el escenario de un tráfico orbital intenso que une misiones científicas, negocios de telecomunicaciones y estrategias militares.
Nos beneficiamos de muchos de esos satélites en el día a día, desde el GPS del móvil hasta las previsiones meteorológicas o las comunicaciones en emergencias. Pero, igual que ocurre con la aviación o con el coche privado, la pregunta que viene detrás es inevitable. Cómo se puede reducir la huella climática y el impacto ambiental de esta nueva “movilidad espacial” que se asoma incluso en fotografías virales de una tarde tranquila en Hungría.
La explicación oficial del fenómeno, con imágenes y vídeos recopilados, ha sido publicada por el portal meteorológico húngaro Időkép en su artículo Újabb rejtélyes, kékes spirál tűnt fel az égen.









