El CERN prepara una parada larga a partir de julio de 2026 para instalar mejoras que multiplicarán las colisiones, mientras la física de átomos ultrafríos ensaya transportes de energía sin disipación
La misma tecnología que enfría los imanes superconductores del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) hasta temperaturas propias del límite del cero absoluto está alimentando otra revolución, más silenciosa y con potencial industrial. En el CERN, el ultrafrío es infraestructura para sostener un anillo de 27 kilómetros; en los laboratorios de átomos ultrafríos, es una palanca para explorar un tipo de transporte cuántico que, en condiciones muy controladas, parece esquivar la resistencia. Dos mundos distintos, unidos por una idea común: cuando la materia se acerca a los Kelvin, el comportamiento cotidiano deja de servir como brújula.
Física ultrafría en el CERN y el High-Luminosity LHC
El LHC funciona con imanes superconductores que se mantienen a 1,9 Kelvin (aproximadamente −271,3 grados Celsius) gracias a un circuito cerrado de helio líquido. Esa cifra es tan extrema que permite comparar el colisionador con la Nebulosa Boomerang, descrita como el lugar natural más frío observado hasta ahora, en torno a 1 Kelvin (aproximadamente −272 grados Celsius).
La necesidad de sostener ese ultrafrío no se limita al presente. La hoja de ruta del CERN sitúa el final del actual periodo de toma de datos (Run 3) a finales de junio de 2026, con el inicio de la tercera gran parada (Long Shutdown 3) en julio. Esa parada es el umbral del High-Luminosity LHC (HL-LHC), la actualización pensada para aumentar el rendimiento del acelerador y, con ello, la estadística de los experimentos. En la práctica, el propio CERN resume el objetivo con un dato comprensible: el HL-LHC está diseñado para entregar aproximadamente cinco veces más colisiones a los grandes detectores.
La física de partículas suele medirse en colisiones, pero el debate real es de ingeniería. Para aumentar la “luminosidad” (la tasa efectiva de choques) hay que apretar el haz, estabilizarlo y sostenerlo durante más tiempo, y eso obliga a que el frío deje de ser un adjetivo y se convierta en un sistema industrial. En paralelo, el ecosistema mediático de la divulgación científica vive su propio ruido, donde conviene separar avances contrastados de titulares hiperbólicos. En esa conversación pública, el LHC aparece a menudo como símbolo, aunque el trabajo real se juega en la suma de miles de decisiones técnicas.
Cable cuántico y átomos ultrafríos como laboratorio de transporte sin disipación
Mientras el colisionador exprime el ultrafrío para aumentar colisiones, la física de gases cuánticos lo usa para lo contrario: reducir la complejidad hasta un caso extremo. Un equipo de la Universidad Técnica de Viena (TU Wien) ha construido un “cable” cuántico a partir de un gas de rubidio ultrafrío confinado a una dimensión, un sistema en el que (según describen) masa y energía fluyen con una eficiencia perfecta incluso tras incontables colisiones entre átomos.
La comparación que emplean para explicarlo al público es clara: la perturbación se propaga como en un péndulo de Newton, viajando “limpia” y sin apagarse. En términos prácticos, no es un cable para sacar a la calle mañana, sino un banco de pruebas donde el transporte cuántico se deja medir con una precisión poco habitual. La pregunta que queda abierta es cómo traducir ese comportamiento a materiales y dispositivos que funcionen fuera del laboratorio.
En el mismo escaparate divulgativo, Ecoticias ha recogido en los últimos meses trabajos sobre fenómenos cuánticos en condiciones extremas, como la búsqueda de estados exóticos de la luz y la materia en plataformas experimentales avanzadas.
Relojes atómicos y metrología ultrafría
El ultrafrío no solo sirve para acelerar o para aislar gases cuánticos. También se ha convertido en la base de la nueva metrología del tiempo. En octubre de 2025, MIT informó de un método que dobla la precisión de un reloj atómico óptico, apoyándose en técnicas cuánticas para reducir ruido de medida.
Esa carrera por la precisión es relevante por una razón poco intuitiva: los relojes ópticos son sensores. Cuanto mejor “tictaquean”, mejor miden gravedad, campos y pequeñas variaciones que se traducen en navegación, geodesia o pruebas de física fundamental. En esa línea, Ecoticias ha publicado recientemente contenidos sobre relojes ópticos y su papel en una futura redefinición del segundo del Sistema Internacional, una discusión que se mueve entre laboratorios y organismos de estandarización. En esa frontera, también asoma la materia oscura como uno de los objetivos científicos que empujan la metrología.
Computación cuántica con átomos neutros y una industria que se calienta
La tercera pata del ultrafrío es la computación cuántica, donde conviven enfoques distintos. Los sistemas superconductores necesitan criogenia extrema, pero los ordenadores de átomos neutros se apoyan en láseres y cámaras de vacío que pueden operar con otra lógica de infraestructura. En el sector, el debate se desplaza poco a poco desde “cuántos cúbits” hacia “qué tipo de cúbits son útiles” y cómo se traducen en rendimiento verificable, una tendencia que el propio ecosistema empresarial ya enmarca como un año de prueba de escalabilidad y entrega.
En conjunto, el ultrafrío ha dejado de ser una rareza de laboratorio para convertirse en una infraestructura que sostiene (a la vez) grandes instalaciones científicas y prototipos cuánticos. La paradoja es aparente: enfriar a límites inhumanos es, en realidad, una forma de ordenar el caos y extraer información. En periodismo conviene contarlo sin deslumbrar y sin exagerar el salto entre el experimento y la aplicación, una prudencia que forma parte del oficio y de su manual de referencia, incluso cuando la temperatura parece convertirse en personaje.
El comunicado oficial ha sido publicado en TU.








