Hasta hace muy poco, cuando pensábamos en un tsunami, la mayoría imaginábamos una pared de agua gigante y uniforme avanzando por el océano. Era la idea que daban por buena incluso los modelos científicos más avanzados, pero la realidad acaba de darnos una sorpresa mayúscula. Gracias a una carambola del destino y a la tecnología espacial más puntera, hemos descubierto que estas olas son mucho más complejas (y «rebeldes») de lo que cualquier manual de geología explicaba hasta ayer mismo.
El pasado 29 de julio de 2025, un terremoto masivo de magnitud 8,8 sacudió la zona de subducción de Kuriles-Kamchatka. En ese preciso instante, el satélite SWOT (una colaboración entre la NASA y la agencia espacial francesa CNES) pasaba justo por encima del área. Fue un golpe de suerte científico sin precedentes que ha permitido captar las primeras imágenes de alta resolución desde el espacio de un tsunami de gran escala. Y lo que han visto los investigadores ha dejado a más de uno con la boca abierta.
El misterio de las olas trenzadas en los tsunamis
Lo que siempre se había asumido es que los tsunamis viajan como olas «no dispersivas», es decir, como un paquete de energía que mantiene su forma sin romperse en componentes separados mientras cruza el abismo marino. Sin embargo, el satélite SWOT ha revelado algo muy distinto, un patrón complejo de olas trenzadas que se extienden a lo largo de cientos de kilómetros.
¿Qué significa esto en la práctica? Pues que la energía de un tsunami no se distribuye de forma tan ordenada como pensábamos. Las imágenes muestran que la energía se dispersa en diferentes direcciones y ritmos. Como bien dice Angel Ruiz-Angulo, autor principal del estudio de la Universidad de Islandia, el satélite SWOT ha sido como ponerse «unas gafas nuevas» para mirar al mar. Y con ellas puestas, el panorama ha cambiado por completo.
¿Por qué fallaban nuestras predicciones?
El problema de fondo es que los modelos actuales de previsión suelen ignorar estos efectos de dispersión. Al creer que la ola principal viaja sola y uniforme, nos estábamos perdiendo el papel de las «olas secundarias» que van detrás. Los científicos sospechan ahora que estas olas rezagadas pueden «empujar» o modular a la ola principal justo cuando se acerca a la costa, lo que explicaría por qué a veces el agua llega con mucha más furia (o en momentos distintos) de lo que las alarmas habían calculado.
Antes de este hallazgo, dependíamos casi exclusivamente de las boyas DART, que son instrumentos muy precisos pero que están colocados en puntos fijos y muy separados en medio de la inmensidad del océano. Era como intentar adivinar la forma de un bosque mirando solo tres árboles. En cambio, el satélite SWOT puede mapear una franja de 120 kilómetros de ancho en una sola pasada, captando la altura del mar con una precisión de milímetros. No es poca cosa.
Tecnología para salvar vidas en la costa
Este descubrimiento no es solo una curiosidad para expertos en física. Es una herramienta que promete salvar muchas vidas en el futuro. Al incluir estos efectos dispersivos en las simulaciones, los resultados ahora encajan casi a la perfección con lo que el satélite observó en el mundo real.
Además, los datos de este evento obligaron a los investigadores a revisar lo que sabían sobre el propio terremoto inicial. Gracias al comportamiento de las olas, descubrieron que la ruptura de la falla fue mucho mayor de lo calculado inicialmente (pasando de un cálculo de 300 kilómetros a uno de 400 kilómetros). Es una muestra de cómo el océano puede «contarnos» lo que está pasando en las entrañas de la Tierra.
A partir de ahora, el reto es integrar estas observaciones espaciales en los sistemas de alerta en tiempo real. Si entendemos mejor cómo se mueve la energía mar adentro, podremos predecir con mucha más antelación y exactitud qué zonas de la costa están en riesgo real. Es el inicio de una nueva era para la seguridad marítima.








