Por primera vez, se ha confirmado que hace 60.000 años, en África, la gente ya cazaba con flechas envenenadas, y las pruebas se encontraron en pequeñas puntas de piedra

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Por HoyECO
Publicado el: 25 de enero de 2026 a las 12:31
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Puntas de flecha de cuarzo de 60.000 años con residuos de veneno vegetal halladas en Umhlatuzana, Sudáfrica

Hace unos 60 000 años, en lo que hoy es la provincia sudafricana de KwaZulu-Natal, un grupo de cazadores tallaba diminutas puntas de cuarzo y las recubría con un veneno vegetal muy potente. No eran simples herramientas de piedra. Eran flechas envenenadas. Y el hallazgo de sus restos químicos acaba de adelantar decenas de miles de años el origen de esta tecnología.

La investigación, liderada por Sven Isaksson y su equipo, ha analizado diez microlitos de cuarzo procedentes del abrigo rocoso de Umhlatuzana, en un nivel datado en unos 60 000 años. Sobre cinco de ellos han identificado restos de alcaloides tóxicos, buphanidrina y epibuphanisina, compuestos que solo aparecen en ciertas plantas de la familia de las amarilidáceas, nativas del sur de África.

La candidata más probable es una vieja conocida de los pueblos de la zona, la Boophone disticha, un bulbo al que en Sudáfrica se conoce como «gifbol» o «cebolla venenosa». Durante siglos, cazadores san han usado su jugo lechoso para impregnar puntas de flecha. Ahora sabemos que esa misma planta ya se explotaba con el mismo fin en pleno Pleistoceno.

Para llegar a esta conclusión, el equipo tomó pequeñas muestras de los residuos rojizos que aún se adhieren a las piezas, en zonas donde ya se había descrito la presencia de adhesivos mezclados con ocre. Después aplicaron técnicas de microquímica y cromatografía para buscar las huellas químicas del veneno, y las compararon con flechas envenenadas etnográficas del siglo XVIII y con material reciente de Boophone disticha. El patrón encajaba casi pieza por pieza.

Hasta ahora, la prueba directa más antigua de armas envenenadas se encontraba en puntas de hueso de un enterramiento egipcio de unos 4400 años y en flechas de la cueva de Kruger, en Sudáfrica, con unos 6700 años de antigüedad. Es decir, este nuevo trabajo empuja la evidencia unas cincuenta milenios hacia atrás. No es un pequeño ajuste de fechas, es un cambio de escala.

¿Qué significa esto en la práctica para entender a aquellos humanos y su relación con la naturaleza? En primer lugar, que conocían muy bien las plantas de su entorno. No basta con saber que un bulbo es tóxico. Hay que localizarlo en el paisaje, extraer su exudado sin intoxicarse, concentrarlo, conservarlo y aplicarlo de forma eficaz sobre la punta de una flecha diminuta. Y repetir el proceso muchas veces a lo largo de la vida.

En segundo lugar, el veneno exige una forma distinta de cazar. Estas flechas ligeras no estaban pensadas para abatir a un antílope de un solo impacto. Funcionaban mejor como una inyección. La punta de piedra, diseñada para desprenderse y quedarse bajo la piel, introducía el tóxico en la sangre. El animal seguía corriendo durante kilómetros mientras el veneno hacía efecto y los cazadores debían seguir su rastro durante horas, quizá durante todo el día.

Varios expertos subrayan que esto implica una capacidad de planificación y de razonamiento causa efecto muy avanzada. Como resume el arqueólogo Curtis Marean, el veneno fue en gran medida «una adaptación revolucionaria para los humanos». No se ve, no pesa, no empuja. Actúa a distancia y con retraso. Confiar en él requiere entender que algo invisible está ocurriendo dentro del cuerpo de la presa.

También hay un mensaje ecológico de fondo. Cuando pensamos en venenos solemos imaginar productos industriales modernos, pesticidas o desinfectantes bajo el fregadero. Sin embargo, algunos de los tóxicos más potentes que conocemos siguen saliendo de las plantas y han sido manejados durante milenios por comunidades que vivían de la caza y la recolección. Boophone disticha puede matar a un pequeño mamífero en cuestión de minutos si se usa en dosis altas, pero en cantidades muy bajas se ha empleado como remedio medicinal. Todo depende de la dosis, el contexto y el cuidado con el que se maneje.

Este equilibrio delicado entre aprovechar los recursos del entorno y no cruzar ciertas líneas nos resulta muy familiar hoy. La diferencia es que aquellos grupos del sur de África trabajaban con volúmenes minúsculos y cadenas ecológicas locales. En cambio, buena parte de los venenos actuales acaban viajando por el aire, el agua y los alimentos a escala global. La comparación no es perfecta, pero invita a una reflexión incómoda. Ellos ya dominaban sustancias peligrosas sin colapsar los ecosistemas de los que dependían. Nosotros no siempre podemos decir lo mismo.

El hallazgo de Umhlatuzana no solo añade un capítulo sorprendente a la historia de la tecnología humana. También recuerda que nuestra relación con los tóxicos, con la caza y con la biodiversidad es muy antigua. Y que entender cómo gestionaron esos recursos los primeros sapiens puede aportar pistas útiles en un momento en el que el uso de venenos modernos está bajo la lupa de la salud pública y de la conservación de la naturaleza.

El estudio oficial ha sido publicado en la revista Science Advances.


HoyECO

Equipo editorial de ECOticias.com (El Periódico Verde), integrado por periodistas especializados en información ambiental: naturaleza y biodiversidad, energías renovables, emisiones de CO₂, cambio climático, sostenibilidad, gestión de residuos y reciclaje, alimentación ecológica y hábitos de vida saludable.

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