Egipto conmemoró el 66 aniversario del inicio de la Presa Alta de Asuán, el proyecto cuya primera piedra colocó Gamal Abdel Nasser el 9 de enero de 1960. En el acto, el ministro de Recursos Hídricos e Irrigación, Hani Sweilem, volvió a colocar a la presa en el centro del relato de seguridad nacional al describirla como una “fortaleza de seguridad” frente a décadas de inundaciones y sequías.
La novedad no estuvo en la nostalgia, sino en la actualización tecnológica. Sweilem vinculó la preparación técnica de la Presa Alta y del embalse de Asuán con un plan que llama “Generation 2.0”, una capa de monitoreo y operación que se apoya en soluciones digitales y conocimiento local para ajustar la gestión del agua cuando cambian las condiciones hidrológicas.

El mensaje tiene una lectura geopolítica directa. Con la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD) en el Nilo Azul como telón de fondo, la estrategia egipcia busca reducir la incertidumbre operativa, detectar variaciones de caudal y responder con más rapidez en un sistema donde cada decisión aguas arriba se siente aguas abajo. La presa egipcia pasa de ser un simple dique a funcionar como un “centro de mando” que intenta anticiparse a escenarios de retención o liberación acelerada de agua.
Esa preocupación se entiende por una aritmética que Egipto considera existencial. El acuerdo bilateral de 1959 entre Egipto y Sudán fijó asignaciones ampliamente citadas de 55,5 mil millones de metros cúbicos anuales para Egipto y 18,5 para Sudán (con el debate regional abierto sobre su legitimidad para otros países ribereños).
La Presa Alta también dejó una huella fuera de la hidráulica. La creación del gran embalse impulsó una operación internacional de rescate patrimonial coordinada por la UNESCO, que en 1960 lanzó la campaña para salvar monumentos de Nubia, incluido el traslado de complejos como Abu Simbel y Philae.
Mientras el pulso diplomático por el Nilo continúa sin un acuerdo definitivo, la señal que envía El Cairo con “2.0” es clara. La infraestructura que reguló el siglo XX busca ahora operar con lógica de datos para sobrevivir al siglo XXI, cuando el agua ya no solo se almacena, también se interpreta.












