La idea suena potente a primera vista. Un nuevo informe preliminar sostiene que la Gran Pirámide de Guiza podría haberse construido en plena Edad de Piedra, decenas de miles de años antes de lo que aceptan los arqueólogos. El trabajo no ha pasado revisión por pares y choca de frente con décadas de excavaciones en el altiplano de Giza, de modo que la pregunta es inevitable. ¿Hasta qué punto hay que tomarlo en serio?
Qué propone el Método de Erosión Relativa
El autor del estudio es el ingeniero italiano Alberto Donini, vinculado a la Universidad de Bolonia. En su informe presenta el Método de Erosión Relativa, conocido como REM por sus siglas en inglés. La idea básica es sencilla de resumir aunque muy ambiciosa. Si se compara el desgaste de piedras que han estado expuestas al ambiente durante mucho tiempo con el de otras que solo llevan unos siglos a la intemperie, sería posible estimar cuánto tiempo tienen las primeras.
En la Gran Pirámide solo quedan algunos bloques del revestimiento original de caliza, retirado hace unos 675 años para reutilizar la piedra en mezquitas y edificios de El Cairo. Las losas que estuvieron cubiertas por esa “piel” lisa se habrían erosionado menos que las que estuvieron siempre al aire. Midiendo ambos desgastes sobre el mismo tipo de roca y bajo el mismo clima, Donini calcula una edad aproximada para el monumento.
El estudio trabaja con doce puntos de medida repartidos en la base de la pirámide. Los resultados individuales son muy dispares, con estimaciones que van desde algo más de cinco mil años hasta unos cincuenta y cuatro mil. Al promediar los datos y aplicar un tratamiento estadístico, el autor obtiene una fecha media de construcción en torno al 22.916 antes de Cristo y un intervalo probable en el que, según sus cálculos, habría un 68,2 % de probabilidad de que se construyera entre el 8.954 y el 36.878 antes de Cristo.
Dicho de otra forma, el estudio sugiere que la Gran Pirámide podría ser casi veinte mil años más antigua de lo que aprendimos en el colegio. No es poca cosa.
El choque con la egiptología clásica
Todo esto encaja mal con el marco que manejan la mayoría de especialistas. El consenso sitúa la construcción de la pirámide en torno al 2.560 antes de Cristo, durante el reinado del faraón Keops, en plena IV Dinastía del Imperio Antiguo de Egipto.
Esa datación no se basa en un solo indicio aislado. Viene de toda una colección de pruebas coherentes. Cerámicas características de la época halladas en el complejo funerario. Inscripciones que relacionan directamente el monumento con el nombre de Keops. Restos de asentamientos de obreros. Y, sobre todo, análisis de radiocarbono en semillas, maderas y otros restos orgánicos procedentes de contextos bien documentados en Giza y en otras pirámides del mismo periodo.
El egiptólogo estadounidense Mark Lehner recordaba en una entrevista con la cadena pública PBS que las pirámides se datan por su lugar dentro de tres mil años de evolución de la arquitectura y la cultura material egipcia, no por un único fósil cronológico aislado.
En la misma línea, el especialista en datación por carbono 14 Thomas Higham subrayó en declaraciones recuperadas por la BBC que distintos conjuntos de muestras apuntan de manera consistente al mismo horizonte temporal. Eso refuerza la datación tradicional en torno al siglo XXVI antes de Cristo.
Por eso muchos investigadores miran con cautela un modelo que empuja la construcción de la pirámide hasta el Paleolítico, una época en la que no hay rastro de ciudades, escritura ni estados organizados en el valle del Nilo.
Un método nuevo lleno de incertidumbres
El propio Donini reconoce en su informe que REM tiene muchas fuentes de incertidumbre. El clima de la región fue más húmedo en el pasado, lo que pudo acelerar la erosión hace miles de años. En cambio, la contaminación moderna y el turismo masivo podrían estar desgastando la piedra a un ritmo muy superior en los últimos siglos. También hubo periodos en los que la arena del desierto cubrió partes de la base, reduciendo la acción del viento y la lluvia.
Además, medir la erosión real en superficies muy irregulares no es sencillo. Pequeños cambios en la rugosidad de la roca o en la orientación de cada bloque pueden alterar bastante los resultados. Por eso el ingeniero insiste en que los números que ofrece son indicativos del orden de magnitud y no una fecha exacta. Y recalca que se trata de un informe preliminar que necesita más mediciones e incluso ajustes en el propio método antes de sacar conclusiones firmes.
Hay otro punto clave. El trabajo se ha difundido en servidores de preprints y en repositorios abiertos, pero todavía no ha pasado por la revisión de otros especialistas ni se ha publicado en una revista científica convencional. Eso no invalida automáticamente la idea, pero sí invita a tomar distancia frente a titulares muy llamativos.
Qué debe tener en cuenta quien lea estos titulares
Si en los próximos días vuelves a ver en redes que “la pirámide no la hicieron los egipcios” conviene mirar los matices. El estudio de Donini aporta algo interesante, que es el intento de crear una herramienta física más para datar estructuras de piedra. Usa datos reales de erosión y explica con bastante claridad sus supuestos y limitaciones.
Sin embargo, las cifras que propone se mueven en un rango tan amplio y con tantas incógnitas sobre el comportamiento de la roca, el clima antiguo y el impacto humano reciente, que de momento no desbancan la cronología establecida. La balanza sigue inclinada del lado de las excavaciones, las inscripciones y los análisis de laboratorio acumulados durante décadas.
En la práctica, si mañana visitas Giza la Gran Pirámide seguirá siendo, para la comunidad científica, una obra de la IV Dinastía. Lo que sí muestra esta polémica es que incluso los monumentos más estudiados del planeta pueden seguir generando preguntas nuevas sobre cómo los fechamos y qué sabemos realmente sobre su historia.
El informe preliminar de Donini ha sido publicado en Zenodo.










