Estudian el suelo de Stonehenge y descubren la verdad sobre las piedras: la prueba que desmonta lo que sabíamos

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Publicado el: 7 de febrero de 2026 a las 21:46
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Vista de Stonehenge en la llanura de Salisbury, cuyas piedras no llegaron por glaciares según un nuevo estudio geológico.

Un puñado de granos de arena acaba de dar un giro importante a la historia de Stonehenge. Un nuevo estudio geológico ha analizado sedimentos de los ríos que rodean la llanura de Salisbury Plain y concluye que los grandes bloques del monumento no llegaron arrastrados por el hielo de la última Edad de Hielo. Todo apunta a un traslado intencional por parte de comunidades humanas.

Durante décadas, parte de la comunidad científica defendió la llamada «teoría del transporte glaciar«. Según esta idea, los glaciares que cubrieron buena parte de Gran Bretaña habrían empujado bloques procedentes del oeste de Gales y del norte de Escocia hasta el sur de Inglaterra. Los constructores neolíticos habrían aprovechado piedras ya depositadas en la zona, con el hielo haciendo la parte más dura del trabajo.

El nuevo trabajo, liderado por geólogos de Curtin University, se planteó una pregunta muy sencilla. Si de verdad llegó hielo cargado de rocas desde tan lejos, debería quedar su huella en los ríos que drenan la llanura. Para comprobarlo recogieron arena de varios cursos de agua cercanos y analizaron al detalle unos quinientos cincuenta cristales de circón y unos doscientos cincuenta de apatito, más de setecientos granos en total. Estos minerales funcionan como un pequeño DNI geológico que conserva la edad y el origen de las rocas de las que proceden, algo así como cuando la factura de la luz delata cuánta energía has consumido en casa. En la práctica se pueden ver como «pistas microscópicas» que permiten reconstruir un paisaje muy distinto al actual.

Las dataciones de los cristales de circón abarcan casi media historia de la Tierra, pero la mayoría se concentra entre unos mil setecientos y mil cien millones de años. Ese patrón coincide con materiales sedimentarios antiguos del sur de Inglaterra y con formaciones como la cuenca de London Basin y la Formación Thanet Formation, cuyos sedimentos se reciclaron una y otra vez antes de acabar en los ríos actuales de la llanura.

Lo llamativo es lo que casi no aparece. A pesar de analizar cientos de granos, apenas se detectan edades que encajen con las rocas volcánicas de las colinas de Mynydd Preseli en el oeste de Gales ni con la procedencia escocesa propuesta para la Piedra del Altar. Si los glaciares hubieran arrastrado grandes bloques desde esas regiones, los ríos deberían estar llenos de esos mismos cristales, y no es el caso.

El apatito cuenta otra parte de la historia, pero va en la misma dirección. Todas las edades medidas se agrupan en torno a unos sesenta millones de años, una época en la que el sur de Inglaterra estaba cubierto por un mar poco profundo y sufría a distancia los efectos del levantamiento de los Alpes europeos. Esa señal apunta a un origen local de los minerales, no a un pulso de sedimentos recién llegados bajo un frente glaciar.

En conjunto, los autores concluyen que la llanura de Salisbury no estuvo cubierta por hielo durante las grandes glaciaciones pleistocenas. No aparecen tills, cantos erráticos claros ni otras marcas diagnósticas en superficie, y ahora tampoco se ve rastro de una firma mineral que delate el paso de un glaciar por la zona. La teoría del transporte glaciar pierde así casi todo su apoyo geológico.

Qué implica esto para la parte humana de la historia. En buena medida, que hay que tomarse muy en serio la capacidad técnica y organizativa de aquellas comunidades neolíticas. Las llamadas bluestones proceden de las colinas de Preseli, a unos doscientos veinticinco kilómetros, y la Piedra del Altar se vinculó en un estudio de 2024 con la cuenca de Orcadian Basin en el noreste de Escocia, a más de setecientos kilómetros del círculo de piedras. Todo ello encaja mejor con un traslado planificado que con un regalo del hielo. Como resumen los datos, la presencia de ciertos granos mínimos en los sedimentos actuales es consistente con reciclado de sedimentos antiguos, no con una llegada directa de bloques desde Gales o Escocia.

Más allá del icono arqueológico, el estudio recuerda hasta qué punto la geología y el clima del pasado siguen influyendo en el paisaje actual. Leer los granos de circón y apatito de un río permite reconstruir rutas de sedimento, antiguos mares someros y los límites reales de las capas de hielo que cubrieron Europa. Esa misma caja de herramientas se usa hoy para entender mejor la historia climática que ha moldeado nuestro entorno.

Queda la pregunta que todos nos hacemos. Si el hielo no hizo el trabajo, cómo llevaron entonces aquellos grupos humanos piedras de varias toneladas durante cientos de kilómetros. El nuevo artículo no entra en los detalles del transporte, pero refuerza la idea de un proyecto colectivo a largo plazo, con planificación, rutas preparadas y mucha mano de obra coordinada. No es poca cosa si pensamos en sociedades sin metal ni rueda tal como la conocemos.

El estudio científico completo, titulado en inglés «Detrital zircon apatite fingerprinting challenges glacial transport of Stonehenge’s megaliths», se ha publicado en la revista Communications Earth & Environment.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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