La memoria RAM de alta capacidad se ha convertido en la nueva “gallina de los huevos de oro” de la tecnología. La escena lo resume bien. Un ladrón entra en una oficina de diseño en Corea del Sur, ignora ordenadores completos y se lleva solo cuatro módulos de RAM Micron DDR5 de 32 GB valorados en torno a 1.500 dólares el conjunto. Nada de monitores, nada de periféricos. Solo memoria de alto rendimiento cuidadosamente extraída del interior de las torres. Un robo quirúrgico que medios especializados como TechRadar vinculan directamente con la escalada de precios de la DDR5 en los últimos meses.
No es un caso aislado ni una anécdota friki. Datos de analistas y plataformas de seguimiento de precios muestran que algunos kits de 64 GB DDR5-5600 han pasado en cuestión de meses de rondar los 180 o 200 dólares a superar los 700 e incluso 800, mientras que configuraciones similares DDR5-6000 se venden ya por encima de los 750. En 2025 el precio medio de muchos kits DDR5 prácticamente se duplicó y fabricantes como Samsung han aplicado subidas de contrato de más del 100 por ciento, con previsiones de tensión y escasez hasta 2027 impulsadas en buena parte por la alta demanda de la inteligencia artificial.
Todo esto suena muy de nicho informático, pero en realidad nos afecta más de lo que parece. Cada módulo de RAM es un trocito de la gigantesca industria mundial de semiconductores, una industria que consume mucha agua, mucha energía y que emite cantidades importantes de CO2. Un estudio de 2023 que analizó los informes de sostenibilidad de 28 grandes empresas del sector calcula que en 2021 el conjunto de la industria usó cerca de 789 millones de metros cúbicos de agua, unos 149.000 millones de kilovatios hora de energía y emitió más de 71,5 millones de toneladas de CO2 equivalente, en gran medida alrededor de un 50 por ciento más que en 2017.
En la práctica esto significa que cada chip extra que fabricamos y cada servidor de IA que llenamos de memoria empujan un poco más hacia arriba las curvas de consumo de agua, de electricidad y de emisiones. Centros de datos y granjas de entrenamiento de modelos dependen de memorias como esa DDR5 que ahora se paga a precio de oro. Y eso se nota.
La Agencia Internacional de la Energía (IEA) estima que el consumo eléctrico de los centros de datos podría aproximadamente duplicarse de aquí a 2030 y rondar los mil teravatios hora al año, algo menos del 3 por ciento de toda la electricidad mundial. Una parte importante de esa demanda estará ligada a servicios de IA que necesitan enormes cantidades de RAM de alto rendimiento para entrenar y servir modelos. Es decir, el “boom” de la memoria no solo se ve en la factura del PC, también pesa en la del sistema eléctrico global.
Cuando esa “fiebre del oro” digital pasa de moda llega otra factura. La del residuo electrónico. Según el informe Global E-waste Monitor 2024 de Naciones Unidas, el mundo generó un récord de 62 millones de toneladas de basura electrónica en 2022 y solo un 22 por ciento se recicló de forma documentada. Apenas alrededor del 1 por ciento de la demanda de elementos de tierras raras se cubre con material recuperado de esos residuos, lo que significa que seguimos extrayendo materias primas nuevas mientras enterramos las viejas en vertederos o las quemamos.
En la Unión Europea las cifras de recogida mejoran poco a poco, pero los datos oficiales muestran que el volumen de aparatos eléctricos y electrónicos puestos en el mercado crece mucho más rápido que la cantidad de residuos que se recoge y recicla. Solo unos pocos países alcanzan los objetivos de recogida marcados y, aun así, el “montón” de e‑residuos sigue aumentando año tras año. En el día a día esto se traduce en móviles, portátiles y también módulos de RAM que acaban en cajones, en contenedores equivocados o directamente en vertederos.
¿Qué podemos hacer en mitad de esta tormenta de precios y demanda? Para empresas y oficinas técnicas, proteger físicamente los equipos y evitar que los componentes más caros queden a la vista ya no es solo una cuestión de seguridad informática. También tiene sentido alargar la vida útil de los ordenadores ampliando memoria en lugar de renovarlos por completo cuando sea posible, apostar por equipos reacondicionados y asegurarse de que los viejos módulos de RAM salen por los canales oficiales de reciclaje y no por la bolsa de basura.
Como consumidores, elegir productos reparables, informarse sobre los puntos limpios municipales y favorecer marcas que ofrecen programas de retorno y reciclaje es una forma sencilla de reducir el impacto de ese “oro digital” que ya llevamos en casa. El problema es que el reloj climático corre más deprisa que la tecnología, por eso resulta clave que la industria de los chips avance hacia procesos menos intensivos en agua y energía y que las políticas públicas aceleren la recogida y el reciclaje de residuos electrónicos.
El estudio completo ha sido publicado en la revista “Water Cycle” y puede consultarse en la plataforma ScienceDirect.










