Un gigantesco asteroide impactará en la Luna y podrá ser visto desde la Tierra en 2032 y a plena luz del día

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Por HoyECO
Publicado el: 13 de febrero de 2026 a las 12:39
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Imagen del asteroide 2024 YR4 captado por el telescopio James Webb con instrumentos NIRCam y MIRI.

El asteroide 2024 YR4 tiene un 4,3% de opciones de chocar con la Luna en 2032 y dejar un destello visible desde la Tierra

Las agencias espaciales han descartado un impacto con nuestro planeta, pero mantienen bajo vigilancia un escenario improbable que podría generar una breve tormenta de meteoros y poner en aprietos a satélites y misiones lunares

El 22 de diciembre de 2032 figura ya en el calendario de la defensa planetaria como una fecha a seguir, aunque no por un riesgo directo para la población. La comunidad científica trabaja con un escenario que hoy sigue siendo minoritario, pero no despreciable en términos astronómicos: que el asteroide 2024 YR4, un objeto cercano a la Tierra de tamaño comparable a un edificio de 15 plantas, impacte contra la superficie lunar. La NASA ha actualizado la probabilidad de choque con la Luna hasta el 4,3% a partir de observaciones del telescopio espacial James Webb y de medidas desde tierra.

La noticia relevante no es solo el porcentaje (la cifra implica también un 95,7% de posibilidades de que no ocurra nada). Lo significativo es el tipo de evento que se asoma al horizonte: un impacto anunciado con años de antelación, algo excepcional en un cuerpo como la Luna y lo bastante energético como para producir un destello observable desde algunas zonas del planeta. Medios especializados han resumido el efecto visual previsto como un brillo comparable al de Venus durante unos minutos si el impacto se produce en la cara visible y en condiciones de oscuridad local en la Luna.

El asteroide fue descubierto el 27 de diciembre de 2024 y, durante unas semanas, llegó a preocupar por una probabilidad inicial de impacto terrestre que después quedó descartada conforme se afinó su órbita. Esa parte del episodio está cerrada para 2032: la propia NASA sostiene que el objeto no plantea un riesgo significativo de choque con la Tierra. El foco pasó entonces a una posibilidad distinta, la lunar, que se mantiene abierta precisamente porque el margen de incertidumbre es compatible con que la trayectoria cruce el disco de la Luna.

La ESA sitúa la situación con una idea clave: el asteroide se alejó hasta quedar demasiado lejos para seguir refinando su trayectoria con la misma precisión, de modo que el porcentaje actual permanecerá prácticamente congelado hasta que el objeto vuelva a ser observable con comodidad. Ese regreso a la “ventana” de observación está previsto para junio de 2028, salvo que se aproveche algún intervalo estrecho adicional con instrumentos como el Webb. Dicho de otro modo, el 4% no es una profecía, es una foto fija de lo que se puede calcular con los datos disponibles.

Si el impacto llegara a materializarse, la Luna actuaría como lo que es: un mundo sin atmósfera que amortigüe ni queme la mayor parte del material entrante. La energía excavaría un cráter nuevo y levantaría una nube de eyecciones. Ahí aparece el principal “pero” tecnológico. Una parte de esos fragmentos podría escapar de la gravedad lunar y cruzar el entorno de la Tierra, donde operan miles de satélites de comunicaciones, navegación y observación. Los autores de un estudio difundido en arXiv, con participación de Yifei Jiao (Universidad de California en Santa Cruz), simulan miles de escenarios para estimar ventanas de observación y consecuencias plausibles, incluida la posibilidad de que parte de los escombros alimente lluvias de meteoros días después.

Conviene subrayar el estado de esas cifras. ArXiv es un repositorio de prepublicaciones y no equivale por sí mismo a una revisión por pares. El propio enfoque de ESA insiste en que nadie puede anticipar con exactitud cuánta masa saldría despedida, ni si una fracción apreciable alcanzaría el vecindario terrestre. La parte más sólida del relato, por tanto, es la que se apoya en medidas observacionales y dinámica orbital (tamaño aproximado, fecha de máximo acercamiento, probabilidad de impacto lunar) y en física de impactos en términos generales, no en el detalle fino de “cuántos kilos” llegarían o en el número de meteoros por hora.

La oportunidad científica, sin embargo, es real incluso con la incertidumbre. Un impacto predecible permitiría coordinar telescopios ópticos e infrarrojos, estaciones de radio y (si los hubiera entonces) instrumentos sobre la superficie lunar para registrar desde el destello inicial hasta la evolución térmica del material eyectado. Para quienes diseñan estrategias de defensa planetaria, el caso ofrece además un banco de pruebas indirecto: mejora de alertas tempranas, comunicación del riesgo y planificación de observaciones con años de margen. La ESA utiliza este episodio para defender la necesidad de misiones de vigilancia infrarroja como NEOMIR, pensadas para detectar objetos en la región cercana al Sol donde los telescopios terrestres lo tienen más difícil.

El resumen, a día de hoy, cabe en una frase sin dramatismo: no hay amenaza para la Tierra en 2032, sí existe una posibilidad pequeña de impacto lunar, y el grado de certeza mejorará cuando el asteroide vuelva a estar a tiro de los instrumentos. El resto (el brillo exacto, el tamaño final del cráter, la magnitud de los escombros y el riesgo para satélites) seguirá siendo un abanico de escenarios hasta que la geometría orbital deje de ser una mancha y pase a ser una línea.

En ciencia planetaria, un 4% es una invitación a mirar, no un veredicto. Y si algo enseña 2024 YR4 es que la vulnerabilidad contemporánea no se mide solo en términos de impacto directo, sino en la fragilidad de la infraestructura orbital de la que depende la vida cotidiana, desde el GPS hasta las telecomunicaciones.

El PDF ha sido publicado en ESA.

Foto: NASA


HoyECO

Equipo editorial de ECOticias.com (El Periódico Verde), integrado por periodistas especializados en información ambiental: naturaleza y biodiversidad, energías renovables, emisiones de CO₂, cambio climático, sostenibilidad, gestión de residuos y reciclaje, alimentación ecológica y hábitos de vida saludable.

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