Durante años se enseñó que la antigua placa de Farallón se había hundido por completo bajo el oeste de Norteamérica. Fin de la historia. Sin embargo, un nuevo estudio en la revista Science demuestra que una parte de esa placa sigue ahí abajo, pegada a la costa norte de California y todavía en movimiento. Y eso cambia la foto del peligro de terremotos en la zona.
¿Qué han encontrado exactamente los sismólogos? Bajo el llamado Mendocino Triple Junction se se esconde un bloque rocoso bautizado como Pioneer Fragment. Es un trozo fosilizado de la placa de Farallón que, en lugar de seguir hundiéndose, se ha quedado atrapado y hoy se mueve junto a la placa del Pacífico, rozando la base de la corteza norteamericana.
Hasta ahora se pensaba que en esta esquina del planeta solo interactuaban tres grandes piezas la placa del Pacífico, la de Norteamérica y la microplaca de Gorda, remanente también de Farallón. El nuevo modelo propone al menos cinco bloques que encajan como un rompecabezas complicado, con fragmentos ocultos que no se ven en la superficie pero que sí controlan dónde se liberan las tensiones.
Terremotos diminutos como linterna geológica
Para reconstruir este puzle, el equipo del Servicio Geológico de Estados Unidos y de la Universidad de California, Davis analizó miles de terremotos minúsculos, los llamados eventos de baja frecuencia. Son sacudidas tan débiles que nadie las nota en casa, pero que los sismómetros registran a profundidades entre unos 22 y 29 kilómetros.
Estos temblores se repiten cada pocos días en la misma zona, como si la falla se estuviera deslizando a pequeños empujones. Midiendo su dirección y viendo cómo responden a las mareas, los científicos han concluido que marcan el límite entre el Pioneer Fragment y otras placas, y que ese fragmento se mueve de forma lateral, no hundiéndose de forma clásica. En otras palabras, bajo la costa hay una especie de cinta transportadora oculta que empuja la corteza.
Qué implica para el riesgo de grandes seísmos
La existencia de este fragmento ayuda a explicar un viejo misterio. El terremoto de Cabo Mendocino de 1992, de magnitud cercana a 7,2, rompió a una profundidad mucho más superficial de lo que indicaban los modelos de entonces. El nuevo trabajo sugiere que la superficie de contacto entre placas está varios kilómetros más arriba de lo que se pensaba, precisamente donde se registró aquel seísmo.
Además, el estudio plantea que la falla que separa el Pioneer Fragment de la corteza norteamericana es casi horizontal y no aflora en ningún punto. Sería como una capa de crema en una tarta de varios pisos. Si esa superficie puede romperse de forma brusca, tendría capacidad de generar terremotos de gran magnitud que hoy no están incluidos en los modelos oficiales de peligro sísmico de Estados Unidos, pese a que en la zona la velocidad relativa entre la placa del Pacífico y la de Norteamérica ronda los 51 milímetros al año, una cifra elevada.
¿Significa esto que haya un megaterremoto inminente? No exactamente. Lo que muestra la investigación es que el sistema es más complejo de lo que se creía y que algunas fallas importantes ni siquiera estaban en el radar de los modelos. En la práctica, esto obliga a revisar los mapas de riesgo, los escenarios de tsunamis y la forma en que podrían encadenarse grandes rupturas entre la Falla de San Andrés y la Zona de subducción de Cascadia, dos de las fronteras de placas más vigiladas del planeta.
Para quienes viven en la costa del Pacífico esto se traduce en algo muy concreto. Mejor información sobre qué partes del subsuelo se mueven y cómo, significa planes de protección civil más ajustados, códigos de construcción más realistas y menos sorpresas cuando la tierra tiemble de verdad. Nadie puede evitar los terremotos, pero entender mejor qué hay bajo nuestros pies sí ayuda a que los daños y las víctimas sean menores.
El estudio científico en el que se describen el Pioneer Fragment y sus implicaciones para la región se ha publicado en la revista Science.







