Durante años, la gran pregunta sobre Marte ha sido sencilla de formular y difícil de responder. Si el planeta tuvo ríos, lagos e incluso quizá océanos, ¿dónde acabó toda esa agua? Un nuevo estudio internacional apunta a un sospechoso que hasta ahora pasaba casi desapercibido.
Un equipo coliderado por el Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) y la Universidad de Tokio ha demostrado que una tormenta de polvo intensa pero local, observada en el año marciano 37, fue capaz de impulsar vapor de agua hasta las capas altas de la atmósfera durante el verano del hemisferio norte. En una estación que se consideraba tranquila para la pérdida de agua, el planeta se comportó de forma mucho más activa de lo esperado.
Una tormenta pequeña con un efecto enorme
La tormenta se detectó en la región de Syrtis Major en agosto de 2023 y abarcó una superficie de alrededor de 1,2 millones de kilómetros cuadrados, algo así como dos veces España. No era una de esas tormentas globales que llegan a cubrir todo el planeta, pero sí lo bastante vigorosa como para reorganizar la atmósfera.
Combinando datos del orbitador ExoMarsTrace Gas Orbiter y su instrumento NOMAD, junto con observaciones de la Mars Reconnaissance Orbiter de la NASA y de la Emirates Mars Mission, el equipo vio cómo el vapor de agua se disparaba hasta alturas de entre 60 y 80 kilómetros. A esas altitudes la cantidad de agua llegó a ser hasta diez veces mayor de lo habitual y se extendió rápidamente alrededor del planeta, no se quedó en un simple “manchón” local.
Pocas semanas después, otro dato clave encendió las alarmas. En la exobase, la zona donde la atmósfera marciana se funde con el espacio, la cantidad de hidrógeno aumentó unas 2,5 veces respecto a años anteriores en la misma estación. Ese hidrógeno procede de la ruptura de moléculas de agua y, una vez allí arriba, escapar al espacio es cuestión de tiempo.
Qué nos dice esto sobre el agua perdida de Marte
Para estimar cuánta agua ha perdido Marte, los científicos miden precisamente ese hidrógeno que se escapa. Las cifras actuales indican que el planeta ha dejado ir suficiente agua como para cubrir gran parte de su superficie con una capa de cientos de metros de profundidad.
Hasta ahora, se pensaba que el gran “temporizador” de esa fuga eran los veranos del hemisferio sur, más cálidos y polvorientos, donde las tormentas globales levantan tanta atmósfera como para arrastrar el agua hacia arriba. Durante el verano del norte, en cambio, se asumía un escenario casi de calma, con el vapor de agua confinado en capas más bajas.
Este episodio rompe ese esquema. El estudio muestra que una tormenta regional, corta pero intensa, puede disparar el transporte vertical de agua incluso en una estación considerada tranquila. En palabras del coautor Adrián Brines, estos resultados “abren una nueva vía para entender cómo Marte perdió gran parte de su agua”. No es poca cosa.
En la práctica, esto significa que los modelos climáticos de Marte deben tener en cuenta no solo los grandes eventos espectaculares, sino también estos episodios puntuales, más discretos, que a lo largo de miles de millones de años pueden sumar una fracción nada despreciable de agua perdida.
Un rompecabezas planetario que todavía no está resuelto
La superficie marciana guarda huellas de un pasado mucho más húmedo. Los cauces secos, los minerales alterados por el agua y los depósitos de hielo que aún se observan apuntan a un planeta que se parecía poco al desierto helado actual. Parte de esa agua está hoy atrapada en el subsuelo y en los casquetes polares, pero otra parte simplemente ya no está.
Este trabajo no ofrece la respuesta definitiva, aunque añade una pieza importante. Muestra que incluso tormentas pequeñas pueden abrir “ventanas” temporales por las que el agua escapa con mucha más facilidad. Y obliga a revisar cómo de rápido pudo secarse Marte y en qué medida procesos parecidos podrían actuar en otros mundos.
El estudio científico completo ha sido publicado en la revista Communications Earth & Environment.







