Hace años que la presa de las Tres Gargantas en China dejó de ser solo un símbolo de ingeniería. El agua almacenada en su gigantesco embalse cambió muy ligeramente la rotación del planeta y alargó el día unas 0,06 millonésimas de segundo, además de desplazar el eje unos dos centímetros, según cálculos de científicos de la agencia estadounidense NASA.
Puede sonar a detalle friki, algo que no afecta a tu vida ni a la factura de la luz. Pero lo que viene ahora vuelve a poner sobre la mesa hasta dónde puede llegar el impacto físico de nuestras infraestructuras más extremas. Pekín ha arrancado la construcción de un nuevo complejo hidroeléctrico en el río Yarlung Tsangpo, en el Tíbet, diseñado para triplicar la producción de la propia Tres Gargantas.
La pregunta aparece sola. Si una mega presa ya fue capaz de dejar huella en la rotación, qué significa poner en marcha un proyecto todavía más ambicioso en una de las gargantas más profundas del planeta
Un megadique que bate todos los récords
El nuevo complejo se levanta en el tramo bajo del río Yarlung Tsangpo, que al entrar en India pasa a llamarse río Brahmaputra. Tendrá cinco centrales en cascada, apoyadas en un desnivel natural de unos dos mil metros concentrado en solo cincuenta kilómetros de cañón, algo excepcional en el mundo de la hidroeléctrica.
El gobierno de Pekín habla de una inversión cercana a 1,2 billones de yuanes y una producción anual estimada de trescientos mil millones de kilovatios hora, aproximadamente el consumo eléctrico de un país del tamaño del Reino Unido y unas tres veces más que la generación media de la presa de las Tres Gargantas según datos de medios oficiales y especializados.
Durante la ceremonia que marcó el inicio de las obras, el primer ministro Li Qiang definió el complejo sobre el Yarlung Tsangpo como “el proyecto del siglo” y reclamó el uso de tecnologías avanzadas y una atención especial a la conservación ecológica.
En la práctica, esa energía alimentará desde los hogares tibetanos hasta grandes polos industriales y centros de datos situados a miles de kilómetros, conectados mediante líneas de muy alta tensión.
Cuando las presas mueven relojes y ejes
¿De verdad puede una obra humana mover el eje de la Tierra, aunque sea un suspiro La respuesta corta es que sí, pero en una escala ridículamente pequeña para la vida diaria.
En el caso de Tres Gargantas, el simple hecho de concentrar más de treinta y nueve mil millones de metros cúbicos de agua en un embalse elevó la inercia del planeta. Es como cuando un patinador extiende los brazos y gira más despacio. Los cálculos de científicos vinculados a Harvard University y a la propia NASA apuntan a ese retraso de 0,06 microsegundos por día y al ligero desplazamiento del eje.
Un trabajo reciente en la revista Geophysical Research Letters va más allá y estima que la construcción de más de siete mil presas entre el siglo diecinueve y el veinte ha desplazado el polo norte unos noventa centímetros debido al movimiento de masas de agua por todo el planeta.
Si el nuevo complejo del Yarlung Tsangpo llegará a producir efectos comparables aún es materia de modelos y no de mediciones, pero los físicos coinciden en que cualquier cambio será, de nuevo, minúsculo frente a otros factores como el deshielo de los glaciares o los grandes terremotos. En términos de rotación no vamos a notar nada al mirar el reloj. Como recordatorio de la escala de nuestras obras, eso sí, impresiona. Y mucho.
Un gigante renovable con sombras ambientales
Aunque Pekín presenta el proyecto como una pieza clave de su transición energética y de su objetivo de neutralidad climática para mediados de siglo, sobre la mesa hay preocupaciones ambientales y geopolíticas difíciles de ignorar.
El complejo se sitúa en una zona de altísima biodiversidad, dentro del entorno del Gran Cañón del Yarlung Zangbo, y en un área con fuerte actividad sísmica y frecuentes deslizamientos de ladera. Ecólogos chinos e internacionales llevan años alertando de que un encadenado de grandes centrales puede alterar caudales ecológicos, sedimentación y hábitats de especies únicas de montaña y de ribera.
Aguas abajo, en India y Bangladés, el mismo río es un salvavidas para el regadío, el abastecimiento y la pesca. Gobiernos y expertos de la región temen tanto reducciones de caudal en épocas clave como crecidas más bruscas si la gestión del complejo favorece vaciados rápidos. Algunos informes hablan incluso de la imagen de una “bomba de agua” en caso de conflicto, aunque hidrólogos recuerdan que buena parte del caudal del Brahmaputra procede de las lluvias monzónicas al sur del Himalaya, lo que limita el margen de maniobra real de cualquier presa aguas arriba.
Pekín, por su parte, insiste en que se trata de un diseño de tipo flujo de río, con túneles que desvían el agua hacia las turbinas y la devuelven al cauce, y que no provocará impactos adversos en los países situados aguas abajo. “No tendrá efectos negativos”, afirmó recientemente un portavoz del Ministerio de Exteriores.
Energía limpia que no sale gratis
Desde el punto de vista climático, un complejo capaz de generar trescientos teravatios hora al año evita la quema de enormes cantidades de carbón, con la consiguiente reducción de emisiones de CO₂. En un país que aún obtiene alrededor de la mitad de su electricidad de centrales térmicas, eso se traduce en menos humo y menos dióxido de azufre en la atmósfera, además de un cierto alivio para la calidad del aire en las ciudades y para ese calor pegajoso que las olas de calor agravan verano tras verano.
El coste viene por otro lado. Desplazamiento de comunidades, transformación de paisajes fluviales únicos, mayor dependencia de infraestructuras críticas en zonas sísmicas y más tensión en cuencas compartidas que ya sufren estrés hídrico y presiones demográficas. Son impactos mucho menos espectaculares que “mover el eje de la Tierra”, pero que sí se notan en la vida diaria de millones de personas. Y durante décadas.
El debate de fondo es conocido. La humanidad necesita recortar emisiones con rapidez y la hidroeléctrica sigue siendo una pieza potente en el puzle renovable, pero cada vez resulta más evidente que los grandes proyectos en ríos intactos tienen un peaje ecológico y social muy alto. La alternativa pasa por combinar esta clase de megainfraestructuras con redes más distribuidas de solar y eólica y por reforzar la cooperación entre países que comparten cuencas. Por ahora, el megadique del Yarlung Tsangpo avanza y se ha convertido ya en el símbolo de una nueva fase de la transición energética china, mucho más apoyada en las montañas del Tíbet.
El comunicado oficial sobre la aprobación del proyecto y el inicio de obras se ha publicado en Chinese premier announces construction of Yarlung Zangbo hydropower project.












